El Covid-19, ha provocado un aumento de las ventas de juegos como el Playstation, Rainbow Loom o incluso de las populares peonzas japonesas Beyblades. Muchos niños privados de poder concurrir a los colegios invierten muchas horas en estos entretenimientos que pueden alcanzar precios poco accesibles para familias humildes.

Sin embargo, nosotros contamos con un juego de baja tecnología y de precio ínfimo que debería considerarse afortunado y nos acompaña particularmente en Janucá hace ya generaciones. Se trata del dreidel o sevivón, –la perinola, peonza, trompo- que ocupa un lugar destacado en el ritual no formal de Janucá. Sus letras, nun, guimel, he, y shin, son leídas como nes gadol haya sham, “Un gran milagro ocurrió allí (o con fei-po- aquí, cuando se juega en Israel)”. El dreidel se unió a las janukyiot, a las velas, a las monedas de chocolate y a las comidas llenas de aceite y calorías por cientos de años.

¿Cuál es la fuerza que lleva en sí para seguir manteniéndose con vida cuando tiene que competir con juegos mucho más sofisticados?  No hay duda, que en esas letras y su simbología los niños encontraron un significado que muchas frases y textos no podían dar y menos todavía ceremonias vistosas cuyo impacto dura pocos minutos.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

Recordemos que Moshé se para junto a la zarza ardiente y observa un milagro. El arbusto está en llamas y, sorprendentemente, las hojas y las ramas no se consumen. Y en ese momento exclama: “Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema” (Shemot 3: 3).

Frente a este suceso el rabino Yosef Soloveitchik pregunta: “¿Por qué Moshé no llamó a ese espectáculo un “nes”, un milagro? ¿Por qué simplemente lo tituló: “este extraño caso”, al ver semejante espectáculo contrario a toda lógica. Y responde que aunque Moshé sabía que estaba presenciando un milagro, eso no era lo que lo intrigaba. Más bien, lo que le cautivó fue el mensaje que escuchó. Fue una gran vista, no por su parafernalia sino porque Moshé respondió al llamado de Dios.

Simplemente ver algo sobrenatural no impresionó a Moshé. La zarza ardiente era “grande” en su mente y corazón porque en esa interacción extraordinaria, Moshé asumió un nuevo desafío y trazó un nuevo curso en su vida. El momento fue transformador. Moshé aceptó una nueva misión.

Me encanta citar al rabino Soloveitchik porque enseñó que: “No siempre es necesario que un evento sea milagroso para ser grandioso, y no todo evento milagroso es un gran evento”. Un evento es grandioso solo si ocurren las siguientes cosas: fomenta el cambio, impacta a la persona, marca el comienzo de una nueva era y produce grandes cosas. Si el evento fue milagroso o natural o no, no es crítico. No importa cuán milagroso sea un evento, es muy “pequeño” si se desperdicia. 

En nuestros días toda esta idea contradice lo que los pueblos se acostumbraron a apreciar por los gobiernos totalitarios y populistas y entraña una gran amenaza: “pan y circo” reemplazan a la reflexión más profunda.

Regresemos al milagro de Janucá, cuyos eventos produjeron una transformación del pueblo judío. Los judíos demostraron que no solo podían derrotar a un enemigo feroz en el campo de batalla, sino que también podían purificar la contaminación espiritual de toda una población, una nación que abrumadoramente se había hundido profundamente en la impureza del alma y la contaminación del espíritu.

Los eventos presenciados durante los días de Janucá inspiraron cambios. La vida no siguió igual que antes. Durante los días de Janucá, los judíos aprovecharon la nueva oportunidad que se les ofreció: un avivamiento espiritual y una nueva dedicación a los valores religiosos y a una vida comprometida, algo verdaderamente grandioso.

El pueblo judío se comprometió en una nueva dedicación nacional a la Torá y la tradición. “Rededicación” es el significado mismo de la palabra Janucá. Los Sabios esperaron un año completo antes de declarar festivo a Janucá. ¿Por qué no establecieron la festividad inmediatamente después de los grandes milagros de la batalla desproporcionada y la quema durante ocho días de un frasco de aceite puro en la Menorá?

Los Sabios deseaban comprobar si el cambio era duradero. ¿Había transformado verdaderamente el pueblo judío sus vidas? Solo entonces, cuando los Sabios vieron el impacto que cambió la vida, consideraron que esta historia era genial, digna de celebración para siempre.

El pueblo judío, en los días de Janucá, actuó heroicamente, no solo en el campo de batalla, sino también para renovar y fortalecer su lealtad a Dios y a la Torá.

Al celebrar estos eventos cada año, también deberíamos aspirar a emular este notable heroísmo en nuestras propias vidas. Lo hacen los niños mejor que los adultos. Ellos necesitan una peonza cuyo costo es ínfimo. Muchos adultos necesitan reforzar la parafernalia de sus festejos importante símbolos ajenos e igualmente no aprenden lección alguna.

Este año, volveremos a encender las velitas, insignificantes por su aporte a la iluminación de las casas pero gigantes para brindar un mensaje a propios y ajenos. No nos olvidemos de los obsequios a los niños y juguemos con ellos para recordar que “un gran milagro- un verdadero milagro-, sucedió allí”, cuando nos liberamos.

 

 

1 Comment

  • Carina, 10 diciembre, 2020 @ 10:16 am Reply

    Muyvlindo
    Gcias
    Jag sameaj!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *