La sidrá de esta semana, Vayeshev, narra la historia de Yehuda y la de Tamar su nuera. Después de la muerte del hijo mayor de Yehuda, que dejó a Tamar viuda y sin hijos, Yehuda hizo que su segundo hijo, Onán, cumpliera con su obligación de levirato y se casara con ella, práctica que conocemos con el nombre de levirato.  

Después de que Onán también muriera sin hijos, Yehuda temió que Tamar se casara con su tercer hijo, y de esa manera perpetuó su viudez. Ante esa situación Tamar se hizo pasar por una prostituta sagrada y se ubicó en el camino por donde solía transitar Yehuda (Bereshit 38)

Ligada al culto de la fecundidad, la prostitución religiosa fue practicada en Canaán y en Babilonia en el templo de la diosa Ishtar por jóvenes muchachas educadas a tal efecto desde su más joven edad, iniciadas en música, canto y danza. Su actividad proveía a las necesidades del templo y les valía de estima y respeto. Era una actividad que conllevaba respeto y honor. Yehuda no reconoció a su nuera que llevaba el rostro cubierto, y solicitó sus servicios. Tamar quedó embarazada y fue condenada a la pena capital por haber violado su vínculo legal con el tercer hijo de Yehuda. “Y aconteció que cuando la sacaban, (para ejecutarla) ella envió a decir a su suegro: ‘Del hombre a quien pertenecen estas cosas estoy encinta’. Y añadió: ‘Te ruego que examines y veas de quién es este sello, este cordón y este báculo'” que eran los objetos que le había entregado después de su unión íntima. Yehuda, a su vez, valientemente, “reconoció su sello y la vara, dijo: —El culpable soy yo, y no ella, pues no quise darle a mi hijo   como esposo. Y nunca más Yehuda volvió a tener relaciones sexuales con Tamar. Y Tamar no fue castigada.

Varios comentaristas explican que la institución del yibum (levirato) tal como se practicaba antes de Matán Torá, permitía que cualquier miembro de la familia se casara con la viuda sin hijos, incluso con su suegro, por lo que la unión de Yehuda con Tamar era legítima según las normas que regían en ese tiempo.

 La guemará en Masejet Sotá (10b) hace una importante referencia con respecto a esta historia, señalando que Tamar arriesgó su vida al elegir no identificar a Yehuda directamente como al responsable de su embarazo, pese a que él fue quien con su actitud le empujó a actuar de esa manera, que a nuestros ojos parece insólita. 

Lo que la guemará destacar es que con el fin de evitar la vergüenza de Yehuda, Tamar encontró una manera discreta de informar a Yehuda que la había dejado embarazada, permitiéndole decidir si se presentaba públicamente o no y reconocía la paternidad de los mellizos. 

Sobre la base de esta historia, la guemará afirma que es preferible que una persona “se arroje en un horno de fuego” antes de humillar a otra persona.

Merece señalarse la importancia que la guemará señale específicamente a Tamar como modelo de abnegación e inmolación con el fin de evitar causar vergüenza a otra persona. Tamar tenía un agravio legítimo contra Yehuda, quien, como parece por la narración.

Yehuda, al menos en la mente de Tamar, tenía la responsabilidad de cuidar de su nuera viuda y sin hijos, al hacer que su tercer hijo se casara con ella, pero él no cumplió con su deber. Tamar se sintió obligada a recurrir a esta medida tan radical porque Yehuda la descuidó, y ella vio en su acción su única posibilidad de concebir y engendrar un hijo. Y, sin embargo, aunque responsabilizó a Yehuda de la situación que surgió, decidió no someterlo a la vergüenza. Tamar valientemente dejó que Yehuda decidiera si se presentaba o no a expensas de su honor para salvarla a ella y a los hijos que habían engendrado. 

El comentario de la guemará, nos enseña no solo qué tan lejos debemos llegar para evitar causar vergüenza a la gente, sino también que una queja legítima no nos da derecho a causar ignominia, infamia, degradación, o ruindad a alguien. La humillación pública no es un medio aceptable de venganza contra una persona que nos ha hecho daño. 

Sin duda su actuación fue tan meritoria que no en vano, el Rey David, desciende de ella. 

Su conducta nos recuerda de alguna manera a Nitzevet bat Adael, la madre del rey, que sentía la intensidad del dolor y el rechazo de su hijo menor como si fueran propios, pero desgarrada y angustiada se mantuvo al margen, mientras lloraba ríos de lágrimas, esperando el momento en que se hiciera justicia, sin poner en evidencia la conducta de su esposo. 

Son dos ejemplos, de los muchos, de los méritos, abnegación, y generosidad de las mujeres de nuestro pueblo.

1 Comment

  • Bruria, 15 diciembre, 2020 @ 9:12 am Reply

    Complicada historia de Tamar, su actitud valiente dentro del canon social del momento, no deja de ser espeluznante en el presente, de la misma forma que es reprochable la actitud de Tejida, también muy alejada a la ética y moral judía actual.
    Estudiar la Torah implica hacer un esfuerzo de empatía y entendimiento supremo, estás circunstancias, a primera lectura, me siguen provocando la misma angustia que la primera vez que la leí con detenimiento.
    No es ético ni se obtiene ningún beneficio de humillar al prójimo, ni siquiera cuando el prójimo nos ha violentado, pero que respuesta se le puede dar para preservar la identidad y el honor?

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