LA DESTRUCCIÓN DE SODOMA Y GOMORRA ¿FUE MERECIDA?

Nuestro pensamiento se rebela a la aplicación de castigos colectivos. Nos trae evocaciones de un pasado que no queremos repetir.

Después de leer acerca del Diluvio Universal y la dispersión de los que intentaban erigir la Torre de Bavel en parashat Noaj, nos volvemos a encontrar con un castigo divino que es difícil de comprender y de aceptar: la desaparición de la faz de la historia de los poblares de Sdom, con la excepción de Lot y sus hijas.

La perversidad de sus habitantes no está relatada únicamente en el texto de la Torá sino que aparece comentada y ampliada entre los Sabios que hicieron la exégesis de los textos. Por un lado aprendemos acerca de su depravación e inmoralidad, con una connotación particularmente sexual, cuando la gente de Sdom exigió que Lot (el sobrino de Abraham y Sara) entregara a los extraños de su casa que eran los mensajeros de Dios enviados para informarle a Lot sobre la inminente destrucción, para que “los conozcamos”. Término bien conocido en el hebreo bíblico como una referencia sexual.  

Sin embargo,   es fácil notar que tras el deseo sexual y la lujuria, se ocultaba el deseo de abusar y humillar a otros seres humanos porque son extraños.

Los Sabios del midrash nos enseñan que solo los ricos eran bienvenidos como huéspedes. Los pobres debían ser expulsados o asesinados.

Querámoslo o no, es inevitable asociar esta interpretación con lo que sucede en tantas naciones desarrolladas en nuestros días cuando al rechazar a los refugiados que llegan a sus costas, los condenan irremediablemente a la muerte por hundimiento de sus frágiles barcazas o si tienen más suerte, regresan a su origen de miseria y hambre.  Esas mismas naciones entregan generosamente visas a quienes son inversores o profesionales de altos ingresos. Y ni que hablar de los negocios que hacen los gestores de pasaportes y de visas para esos países y de la trata y contrabando de mujeres.

En su comentario de la Torá Valores judíos en una sociedad abierta, el Dr. Meir Tamari director del Centro de Ética Empresarial y Responsabilidad Social en Jerusalén, describe el pecado de Sdom y Amorá como el tropiezo del “egoísmo económico”. Nos recuerda que, según nuestros Sabios, la codicia y el deseo de riqueza por parte de los residentes era insaciable. Cualquiera que se interpusiera en su camino, como una persona pobre que pudiera pedir algo de su dinero o comida, era eliminado. Esto incluso afectó a Lot quien, gracias a haber sido criado por Abraham y Sara, aún sabía ofrecer hospitalidad a los extraños. Sin embargo, todavía estaba dispuesto a entregar a sus hijas para satisfacer la lujuria de la gente en lugar de entregar a sus invitados.

Nuestros Sabios enseñaron que “es costumbre en el mundo que un hombre esté preparado para matar o ser asesinado para proteger a su esposa e hijas, sin embargo, este [Lot] está dispuesto a entregar a sus hijas al abuso sexual” (Midrash Tanjumá, Bereshit 36).

Incluso Lot había comenzado a adoptar las características de sus vecinos, por lo que necesitaba ser rescatado antes de que él y su familia se volvieran tan depravados como el resto de los residentes.

La insensibilidad de los residentes que era tan contagiosa, se basaba en este deseo de tener siempre más para uno mismo: más dinero, más tierras, más joyas, más sirvientes. A nadie le importaba ayudar a los menos afortunados. “Lo que es mío es mío y lo tuyo es tuyo”, fue la ética de Sdom y Amorá (Pirkei Avot 5:11). Al principio, esto parecería ser una ética sensata e inofensiva y, sin embargo, pone el énfasis en las posesiones individuales y las ganancias financieras e ignora la demanda de que nos preocupemos por toda la humanidad. Tamari nos recuerda que, a diferencia de la creencia talmúdica de que ciertos impulsos disminuyen cuando no se satisfacen y otros, como el hambre, aumentan cuando no se satisfacen, el impulso de ganancia monetaria y material aumenta cuando uno tiene menos y cuando uno acumula más si no se controla.

Se podría decir que esto último fue simplemente un correctivo que estaba destinado a suceder y que no tiene nada que ver con la codicia, y uno estaría en lo correcto.

El castigo se produjo no por los pecados de unos pocos individuos, sino por los de la sociedad enferma en su conjunto.

Ni siquiera diez personas justas, el mínimo para constituir una comunidad, se podían encontrar en las ciudades. Toda la comunidad se había vuelto egoísta y malvada, por lo que provocaron su propia destrucción.

Este parece ser el destino inevitable de quienes se entregan al egoísmo económico, y se olvidan de la solidaridad, el respeto al otro, la ayuda al prójimo, la aceptación del distinto, y el deseo irreprimible de considerar a las personas como objetos de los que se pueden usar y arrojar al canasto de los bártulos viejos.