Al reflexionar sobre el compromiso de salvaguardar nuestro medio ambiente como una Mitzvá (mandamiento divino) en la tradición judía, me vienen a la mente algunos versículos fundamentales de la Torá:

En Bereshit 1:26-27: La humanidad es creada a imagen de Dios. Nuestro propósito en la tierra es actuar como socios de Dios en la mejora del mundo. Y pocos versículos más abajo en Bereshit 2:15: Que “.A. puso al hombre en el jardín de Edén para que se ocupara de él y lo custodiara”. En Vayikrá 25:23: “.A. dijo la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo”.

Si bien la humanidad es única entre toda la creación, en el análisis final, somos seres mortales y finitos. Venimos del polvo y volvemos al polvo. Debemos resistir la tentación de la arrogancia de que somos dueños del planeta y que por eso podemos hacer cualquier cosa con impunidad.
En Devarim 16:20: “Justicia, justicia perseguirás” nos debe significar hoy también, traer justicia y rectitud al mundo y luchar contra la injusticia que resulta de la inequidad humana debe ser una prioridad en nuestras acciones. La justicia ambiental nos pide que creemos un entorno justo y equitativo dondequiera que estemos.

Por otro lado, el midrash enseña que cuando .A. creó a los primeros seres humanos, los condujo al jardín del Edén y les dijo: “¡Miren mis obras! ¡Miren qué hermosas son, qué excelentes! Por vuestro bien, las creo. Procurad no estropear ni destruir Mi mundo; porque si lo hacéis, no habrá nadie más para repararlo”.

Me emociona la noción de “asombro radical” de Abraham Joshua Heschel que recuerda la chispa divina que se encuentra en toda la creación. Si más personas tuvieran una sensación de este asombro radical por la naturaleza, habría una mayor apreciación de las demarcaciones de la misma y los riesgos que plantea empujar a la naturaleza más allá de sus límites.

La diferenciación de Martin Buber entre las relaciones “Yo-Tú” y las relaciones “Yo-Eso” es fundamental para nuestra eco-espiritualidad. Cultivar un mayor sentido de la dignidad humana para las personas entre nosotros es vital para la administración ecológica integral.

El COVID-19 es una muestra de esa necesidad.

“Unetane Tokef” el poema litúrgico que decimos en muchas comunidades en Rosh Hashaná y Yom Kipur detalla los decretos a los que toda persona estará sujeta en el próximo año: Quién vivirá y quién morirá, quién por fuego y quién por agua. Y luego agrega: “Pero el arrepentimiento, la oración y la solidaridad pueden ayudar a que se dulcifique la dureza del decreto”.

Hay cosas malas que suceden en el mundo sobre las que no tenemos control: enfermedades, muerte, terremotos, huracanes, etc. No podemos evitarlas, pero está en nuestras manos quitarles el aguijón. No podemos prevenir terremotos, huracanes y tsunamis, pero podemos unirnos para ayudar a quienes sufren y podemos alterar nuestros hábitos de consumo para que las fuentes de energía no representen una amenaza para ciudades enteras. A ello debemos agregar la lucha contra el dios del consumo, y la divinidad del viernes negro. La cultura de consumo de nuestra sociedad desafía los valores de humildad y justicia de la Torá y promueve un espíritu de arrogancia e interés propio.

La sabiduría jasídica instruye a las personas a sostener en cada mano un trozo de papel: en uno debe estar escrito: “Para mí fue creado el mundo”. En el otro: “No soy más que polvo y ceniza”. Somos creados a imagen de .A., pero no somos Dios. La sabiduría y el poder incomparables de la humanidad deben ser atemperados por la humildad. Juntos, somos canalizados hacia una vida con propósito en la restauración de la justicia y la reparación del mundo.

La religión, en cuanto fe y enseñanza, debería unirse en “promover el amor hacia la transformación social” y, en cultivar el asombro y la compasión que nos impulsa a santificar nuestro lugar de residencia, el mundo creado, y a actuar colectivamente, para magnificar la Kedushá — santidad — dentro de ella.

Para ello, debemos desarraigar una serie de prejuicios antropocéntricos que llevan al privilegio de la humanidad sobre la naturaleza, y cultivar en su lugar brotes viejos y nuevos de un judaísmo biocéntrico, basado en una relación armoniosa con nuestro planeta y sus criaturas.

Para la construcción de la “ecoteología” y construir un judaísmo biocéntrico no podemos conformarnos con aforismos líricos que aparecen sobre árboles en las fuentes y en la literatura, sino buscar “intensificar en el pensar sobre Dios, el ser humano y el cosmos”,

Para desarrollar una nueva “teología constructiva” debemos deconstruir una serie de dicotomías que estructuran siglos de tradición heredada, particularmente desde el siglo VI al XI por el impacto de la filosofía medieval y la apologética de moda en los países en los que residimos, que llevó a una restricción de la imagen divina, el Tselem, a los estrechos confines de lo humano.

Ahora que después de 2,000 años regresamos a la tierra soberana debemos desenterrar hebras subversivas, que sugieren una cosmovisión alternativa acumulada en siglos de asimilación de las ideas de los otros, que consagraron a la humanidad como el telos del resto de la creación, concepto que degradó implícitamente a las criaturas no humanas y el mundo natural y hacer que la humanidad sea dominante sobre la naturaleza.

Para el judaísmo es más fácil reorientarnos hacia un judaísmo biocéntrico ahora que después de 2000 años de ajenidad, tenemos nuestro propio espacio y somos los dueños de poder manejarla según nuestras normas y cuando no teníamos ni espacio propio ni soberanía para influir en el contexto, ni cumplir con los preceptos que recibimos para cumplirlos en nuestra tierra.

Mientras permanecemos fieles a la tradición rabínica y nos basamos en ella, debemos articular una nueva visión de Tselem (imagen / forma) que se extienda más allá del mundo humano, para incluir en el abrazo de la imagen de Dios a todas las criaturas no humanas, el mundo natural, y de hecho toda la creación.

Muchos pasajes de la Torá que se prestan a una lectura antropocéntrica, “que creen que el humano es el dueño absoluto de la tierra y que todo debe subyugarse a sus deseos” deben leerse según el contexto del Bereshit como una mayordomía benevolente, siguiendo corrientes de pensamiento rabínico que expandieron el Tselem y sus análogos mucho más allá incluso del comentario midráshico anterior para abarcar plantas y animales, la tierra, el cosmos y, en última instancia, la materia y sustancia de la creación misma.

Debemos reinterpretar la terminología de Tselem sin contradecir directamente las lecturas antropocéntricas anteriores expuestas en la Torá y el Talmud, sino “de una manera alusiva… a través de pistas y significados ocultos”.

Es nuestra obligación efectuar un Tikún, una reparación del mundo más que humano en sí mismo al ofrecer un recurso valioso y duradero para el trabajo urgente de ‘letaken olam bemaljut Shaday’, reparar el mundo bajo la soberanía de .A., de rectificar el daño hecho a nuestro mundo demasiado destrozado, y su red de vida interconectada.

Así cumpliremos con el deseo divino expresado con tanta claridad en el principio que nos obliga cuidar la tierra.

Cuidar la Tierra es en nuestro tiempo una Mitzvá fundamental.

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