Labán ocupa un lugar importante en nuestra memoria al grado que lo recordamos en la Hagadá de Pesaj cuando decimos que “un arameo a punto de perecer fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres, y allí creció y llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa” (Devarim 26:5). También lo nombramos en la confesión de las Primicias. 

No nos queda un buen recuerdo de este personaje al grado que lo relacionamos con otros enemigos de Israel como Bilam.

No en vano, la Agadá se detiene en el significado del nombre Labán, dando dos puntos de vista diametralmente opuestos. Bereshit Rabá (60:5) dice: “Rivka tenía un hermano que se llamaba Labán”. Rav Yitzjak dice que esto fue en su elogio. Rav Berajya dijo que fue en su descrédito: era estrictamente malvado. Labán estaba blanqueado (meluban) en maldad)”. Era ‘extremadamente blanco’. 

Según Rashí, la interpretación positiva de rav Yitzjak significaba que “él era un gobernante… y solía resolver disputas entre personas, haciendo que la justicia saliera a la luz”, es decir, resolviendo los casos a fondo y bien. (Comparemos la expresión en Bemidbar Rabá 12.4: “La Torá es melubenet, perfectamente clara, por sus palabras”.) La interpretación desfavorable de rav Berajya – “blanqueado por la maldad – Candente (calentado al blanco)” – significaba ‘rápido en el crimen’. Recordemos que el concepto viene de un cuerpo a temperatura alta —al rojo vivo— emite la mayor parte de su radiación en las zonas de baja frecuencia (rojo e infrarrojo); un cuerpo a temperatura más alta —al rojo blanco— emite proporcionalmente más radiación en frecuencias más altas (amarillo, verde o azul).

En resumen, estas interpretaciones no se relacionan con el color concreto de la piel de Labán, sino que interpretan su color como símbolo de sus acciones. Veamos cómo estas dos posiciones, “candente en la maldad” y “el que blanquea o aclara la ley” se reflejan en la vida y los hechos del hermano de Rivka, el arameo Labán.

En Parashat Vayetze la trama básica se repite con detalles similares (29:10-17), solo que esta vez no fue la hermana de Labán quien corrió a casa, sino su hija Rajel; y esta vez, al parecer, Labán entendió el motivo de la visita de Yaakov. Por tanto, “al oír la noticia de Yaakov, el hijo de su hermana, Labán corrió a saludarlo, lo abrazó, lo besó y lo llevó a su casa” (29:13). Sin embargo, a diferencia de Rivka cargada de regalos, Rajel llegó a casa sin ningún obsequio y Labán, en el calor de la emoción, presumiblemente no se dio cuenta de esto, sino que corrió hacia Yaakov; y nuevamente sufrió una dolorosa decepción. Eliezer había llegado a Aram con diez camellos cargados, mientras que Yaakov llegó completamente desamparado. 

En la historia de Eliezer y Rivka, Labán no tomó ninguna iniciativa, mientras que esta vez tomó la decisión en sus propias manos. Yaakov, sin embargo, sabía muy bien con quién tenía que tratar y estaba preparado para el enfrentamiento.

La Agadá se basa en las dos formulaciones que Yaakov usó para presentarse a Rajel: por un lado, “que era pariente de su padre [lit.: hermano]” [en realidad, hijo de la hermana de su padre], y por el otro, “que era hijo de Rivka” (v. 12). 

Bereshit Rabá 70.10 comenta: “Si Labán actuó con engaño, entonces él era ‘el pariente de su padre’, es decir, Yaakov podría ser igualmente engañoso, y si Labán actuara con rectitud, entonces ‘él era hijo de Rivka’. En otras palabras, Yaakov estaba a la altura de la tarea en cualquier caso (Cf. Meguilá 13b: “‘Que era pariente de su padre’. ¿Era de hecho hermano de su padre? ¿No era hijo de la hermana de su padre? soy su hermano en el engaño'”).

De aquí en adelante, la relación entre Yaakov y Labán procede a desarrollarse sobre una base contractual formal. En el primer contrato entre los dos, Yaakov redactó un acuerdo detallado con Labán para no ser defraudado: “Entonces él respondió: ‘Te serviré siete años por tu hija menor, Rajel'” (29:18). De acuerdo con Bereshit Rabá 7.14, “‘Por Rajel’ – y no por Lea. Por tu hija’ – para que no traigas a una mujer diferente llamada Rajel del mercado. ‘Tu menor’ – para que no cambies sus nombres”. Labán aceptó el contrato sin reservas, pero cuando su acto fraudulento salió a la luz “blanqueó (malbin) el caso”: “No es costumbre en nuestro lugar casar al menor antes que al mayor” (29:26).  

El contrato de Yaakov era válido de hecho, según la costumbre del lugar de donde vino Yaakov; sin embargo, no era válido en el lugar de residencia de Labán. Como comenta Radak: “Aunque preguntaste por la hija menor, lo cual es razonable ya que de donde vienes no son estrictos en estos asuntos, en nuestro lugar tal cosa es impensable, así que te daré las dos, pero solo apropiado para mí darte primero la mayor”. Labán transformó su engaño en una “ley claramente dilucidada (meluban)” en términos de la práctica legal local. Las precauciones de Yaakov no fueron suficientes y el engaño de Labán tuvo una “cobertura” formal, dejando a Yaakov en una situación inferior.

En el segundo acuerdo entre los dos, Yaakov volvió a establecer sus condiciones y Labán inmediatamente accedió con entusiasmo: “Y Labán dijo: ‘Muy bien, sea como tú dices'” (30:34). Esta vez, sin embargo, el vencedor fue Yaakov, “su hermano en el engaño”, y Labán, vencido en su propio territorio, se enoja: ” Miraba también Yaakov el semblante de Labán, y veía que no era para con él como había sido antes” (31:2). Por tanto, se acercaba el momento del fatídico enfrentamiento. La Providencia estaba del lado de Yaakov: “mas el Dios de mi padre ha estado conmigo” (v. 5). Labán, que aspiraba vengarse, quedó atrapado y tuvo que admitir: “Poder hay en mi mano para haceros mal; mas el Dios de tu padre me habló anoche diciendo: Guárdate que no hables a Yaakov descomedidamente” (31:29). Porque se levantó (kam) contra el pueblo del Señor” (Bereshit Rabá 57:4). 

El Zohar, siguiendo el Talmud de Babilonia, Sanedrín 105a, fortalece la conexión familiar entre Labán y Bilam, diciendo: “Labán el arameo… fue el padre de Beor, y Beor fue el padre de Bilam” (Vayishlaj), uniendo a los dos nefastos personajes que maniobraron para causarnos daño sin lograrlo.

Labán el arameo buscó nuestra destrucción pese a que fue miembro de nuestra propia familia. Tema para meditar en la mesa de Shabat.

 

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