Nuestra parashá, nos presenta el fin del diálogo sin intermediarios entre H’ y el pueblo de Israel, al establecer un espacio para el servicio, el mishcán. Como que nos encontramos con un retroceso en el nivel que nuestros antepasados habían alcanzado desde la revelación de Sinaí.

Por si eso fuera poco, el nuevo santuario se nos presenta descrito hasta el mínimo detalle “Conforme a todo lo que yo te mostraré, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo harán”, nos dice el versículo (25:9). No hay lugar a la improvisación, al diseño, ni a la creatividad. Inmediatamente surge la asociación necesaria con la descripción de la Menorá:“Haz un candelabro de oro puro labrado a martillo. Su base, su tallo y sus copas, cálices y flores, formarán una sola pieza. Seis de sus brazos se abrirán a los costados, tres de un lado y tres del otro. Cada uno de los seis brazos del candelabro tendrá tres copas en forma de flor de almendro, con cálices y pétalos. El candelabro mismo tendrá cuatro copas en forma de flor de almendro, con cálices y pétalos. Cada uno de los tres pares de brazos tendrá un vaso en la parte inferior, donde se unen con el tallo del candelabro. Los cálices y los brazos deben formar una sola pieza con el candelabro, y ser de oro puro labrado a martillo”. “Hazle también sus siete lámparas, y colócalas de tal modo que alumbren hacia el frente. Sus corta pabilos y braseros deben ser de oro puro.  Para hacer el candelabro y todos estos accesorios se usarán treinta y tres talentos de oro puro”. “Procura que todo esto sea una réplica exacta de lo que se te mostró en el monte. Harás además un candelero de oro puro; labrado a martillo se hará el candelero: su pie, y su caña, sus copas, sus manzanas, y sus flores, serán de lo mismo” (versículos 31-39).

Como vemos todo está definido, hasta los más pequeños detalles. Una de nuestras mayores preocupaciones espirituales individuales y colectivas, consiste en encontrar el marco para nuestro diálogo con H’ y poder determinar cuál es el espacio para nuestra autodeterminación y para la elección de nuestro lenguaje para lograr la elevación espiritual.  El post moderno se pregunta: ¿D-os necesita de un espacio para ubicar su presencia? ¿No se llama M’akom para indicarnos que es omnipresente? ¿Acaso nosotros no deberíamos decidir el formato de nuestra relación con D-os? ¿No sería más atractivo para los seres humanos que cada uno haga su propio diseño?  Es el midrash Tanjumá1, quien entre los comentaristas que se dedican a darnos respuesta a estas preguntas, es uno de los más categóricos y claros. Ilustrando el versículo 25:8: “Me erigirán un santuario, y habitaré entre ustedes”, nos dice que el mandato de construir el mishcán fue dado en Iom Kipur, pese a que en el orden del Libro, recién leeremos acerca del becerro de oro más adelante. De lo que se desprende que el mishcán tiene como objetivo purificar a los hijos de Israel del pecado del becerro. –Si no hubieran pecado cuando Moshé estaba en el Sinaí, no hubiera sido necesario el mishcán-. En Iom Kipur, les perdonan la falta, en Iom Kipur, ordenan la construcción del santuario. “Que traigan oro al mishcán para que absuelva las faltas cometidas usando el oro en la fundición del becerro”, como la Torá nos relata:

“Todos los hijos de Israel se quitaron los aretes de oro que llevaban puestos, y se los llevaron a Aharón, quien los recibió y los fundió; luego cinceló el oro fundido e hizo un ídolo en forma de becerro. Entonces exclamó el pueblo: «Israel, ¡aquí tienes a tu dios que te sacó de Egipto!» (32:3).

Como que existe una relación entre la falla y su reparación, como nos dice el profeta Yrmiahu (30:17): “Pero yo regeneraré y sanaré tus heridas…”.   Recordemos que:“Al ver el pueblo que Moshé tardaba en descender del monte, se acercaron a Aharón y le dijeron: –Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a Moshé, ese hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido (32:1).  D-os no podía tolerar esa corrupción, relatada en el versículo 4: Él los recibió de sus manos, le dio forma con un buril e hizo de ello un becerro de fundición. Entonces ellos dijeron: –¡Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto!

No parece ser casual que en el desierto, los recién liberados, veneraran a un becerro tan parecido a Apis, que en la mitología egipcia es el dios solar de la fertilidad de los rebaños y posteriormente de los muertos, , que se representaba como un toro u hombre con cabeza de toro, con el disco solar, uraeus, entre sus cuernos y que se consideraba hijo de Isis, como vaca, fecundada por un rayo del Sol. No se habían liberado de la influencia cultural ni de la religión que veían tan cerca en Egipto. Su fe era sincrética, que es todo lo contrario a la fe en D-os Uno. Su caída fue tan grande que ese becerro les parecía equivalente de “los dioses” que los habían sacado de Egipto. El desvarío que tenían era tal que, “al día siguiente madrugaron, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz. Luego se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse” (32:6), posiblemente como parte del culto a ese ídolo. La sucesión de los versículos da a entender que el enojo divino surge después de esos banquetes. –No sólo adoraron a ídolos ajenos, sino que se relamieron en la comida-. Adorar lo ajeno y lo vacío les dio placer inconmensurable, regocijo sin fin. Esa alegría por lo indebido es no menos grave que el mismo hecho.

El culto de los egipcios es recordado por el autor del himno Maoz Tzur, que cantamos después del encendido de las velas de Janucá, que nos dice, en la magistral traducción de Yagubsky, “Ahíta esta hoy mi alma de males / De penas desfallecido esta mi vigor/ Cuando agobiado yo estuve de pesares / Bajo el mando de Apis y su vasallo/ Tu, con brazo esforzado sin par,/ Nos prestaste amparo y redención/ Arrojando a las aguerridas tropas faraónicas/ Al fondo de las aguas abismales”. La reparación del regreso a deidades insignificantes, debía ser radical y educativa. Las tropas de Faraón fueron hundidas en el mar, pero ese hecho no fue suficiente para que la fe de los hijos de Israel sea total. Por lo tanto, había que usar un mensaje más que claro. Tal como nos dice el midrash en Bemidbar Raba, 19, 4 relatando la parábola de boca del amoraíta R’ Ibó: “cuando el hijo de la sirvienta, hizo sus necesidades en el palacio real, el soberano dijo, que se presente su madre y limpie sus excrementos, así dijo el Santo bandito, que venga la vaca (roja) para hacer perdonar el pecado del becerro” (Dando una explicación al ritual de la vaca roja [pará adumá] que bien se puede aplicar también en este caso).El mishcán debe verse como parte de ese proceso de depuración. Quienes se hincaron ante el becerro y paladeaban las libaciones rituales y ofrecían holocaustos presentando ofrendas, no tienen capacidad de decidir el modelo de ritual para D-os Uno. Si no reconocen con totalidad a H’, no son capaces de determinar la forma de acercarse a Él.Ese grupo, debe aceptar que no tiene libertad para señalar el camino del diálogo. Deben depurarse y en el encuentro con la Divinidad respetar sus normas, como una forma de demostrar en definitiva que habían aprendido la lección.El mishcán, y esa es la gran diferencia, no se hace siguiendo el capricho de quienes hicieron el becerro y se creyeron como dioses o al hacerlo consciente o inconscientemente reproducían a uno de los ídolos que debieron haber dejado atrás.

Así como los estatutos, normas y edictos acerca de los que leímos en parashat Mishpatim, en cuanto a las relaciones entre las personas, son detallados, prolijos, estrictos y minuciosos, así es el santuario. Así como en el trato con el despojado y carenciado no podemos aplicar nuestras normas de justicia, porque serán acomodaticias a nuestros intereses y por lo tanto alejadas del Tzedek, así también necesitamos frente a H’, entender que no podemos hacer un dios de una sola pieza, que nos recuerde a otros, que sea sucedáneo o sustituto de la verdad, sino un tabernáculo compuesto con infinitos detalles que se desarman cada vez que el campamento va delante y se vuelven a ajustar cada vez que se detiene. Con una armonía que sólo quienes tienen fe verdadera pueden tener. Esa es la lección singular también para el post moderno que cree que todo puede ser acomodaticio, que todo es flexible, que su voluntad es la que prima, que el límite desaparece y que todo se permite, así más no sea para ganar a adictos. Que posee todo tipo de ídolos y de dioses falsos y complacientes. No más el oro del becerro, ni el becerro de oro, ahora llegó el tiempo del mishcán y de un modelo que viene dictado hasta el último detalle. En el mishcán no hay más espacio para improvisaciones ni contemporizaciones. De modas pasajeras y de aplicación de nuevos sistemas espirituales que son ajenos, aunque estén de moda. No más introducción de elementos exóticos así se presenten como propios.

En épocas de becerros de oro, el único perdón, llega con el mishcán.

 

Ilustración; Grace Nehmad

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