¡No es de extrañar la revelación en el Sinaí tomara 40 días y 40 noches! Las instrucciones divinas que aparecen en nuestra parashá no podrían haber sido más explícitas, las mediciones más precisas, y los materiales prescritos con mayor detalle. Y todo ello es por llevar a cabo el plan de Dios con celo, arte, y precisión, con tal flujo de terumot. Esos cuidados tan detallados en el servicio, son los que hicieron que esa gentuza de antiguos esclavos se convirtiera por sí misma en una nación de sacerdotes. No es fácil explicar, aprender y aplicar estos principios. Sin embargo, no podemos renunciar a intentarlo. La menorá del Santuario descrita en la lectura de la Torá de esta semana, tenía la forma de un árbol de oro, cuyo tronco extendido en seis ramas, tres a cada lado, repletos de tallos y flores. Era un árbol, que arrojaba luz. El arca era el depositario de las tablas de piedra que contenían los Diez Mandamientos. Allí estaban los dos querubines a cada lado. Rashí cita al Midrash: “Tenían la forma de la cara de un bebé” (Talmud Sucá 5b) Los querubines se formaron mirando el uno al otro, y el Todopoderoso se comunicaba con Moshé entre los dos querubines. (Shemot 25: 10-30) Los Sabios describen las cualidades especiales de estos querubines y la forma en que quienes nos destruyeron vieron estas imágenes, Rav Katina Amorá babilónico del siglo III, dijo: “Cuando los israelitas ascendían a Yerushalayim durante las tres fiestas de peregrinación, los custodios (del templo) les mostraban los querubines, que estaban abrazándose. Ellos dirían a los peregrinos, “vuestro amor ante el Todopoderoso debe ser como el amor de un hombre por una mujer”, dijo Resh Lakish, “cuando se produjo la destrucción (del Templo), los gentiles entraron (el santuario sagrado) y dijeron: ‘Estos judíos, cuya bendición es una bendición y cuya maldición es una maldición, ¿están involucrados en una escultura de este tipo?’ Se burlaron de los hijos de Israel, citando el pasuk de Elijá 1:8, “Todos los que antes la honraban ahora la desprecian, porque vieron su desnudez y su humillación. Lo único que puede hacer es gemir y taparse la cara’. ¿Y cuál fue su desnudez? Los querubines, ¡abrazándose!” (Talmud Yomá 54a) ¿Por qué las esculturas del Templo Santo de los querubines-en-abrazo, permitió a los romanos que injuriaran a Israel acusándoles de adorar a su Dios a través de la pornografía? Hemos visto que la menorá tiene la forma de un árbol de oro, simbólicamente una reminiscencia del Árbol de la Vida en el Jardín del Edén. Con estos antecedentes intentaremos deducir el mensaje que la presencia de los querubines y del candelabro nos quieren brindar también en nuestros días en los que no contamos con el Templo. La primera pareja humana fue desterrada del primordial Jardín de la perfección, y la humanidad ya no pudo comer del árbol de la vida eterna, porque Adán y Eva pecaron por ingerir del fruto del conocimiento del bien y del mal. Rashí sugiere que el fruto prohibido inyecta dentro de la personalidad humana la lujuria y la pasión también en sus formas ilícitas.   Según la interpretación de Rashí, la conquista del amor verdadero, es una hazaña que sólo se puede lograr cuando se restaure la pureza en la relación en el comportamiento humano normativo. Es un desafío muy difícil para nuestra época y para nosotros todos. Alcanza con mirar a nuestro alrededor o leer la prensa diaria para comprobarlo. Los conquistadores romanos no pudieron comprender el simbolismo de los querubines. Nuestros Sabios enseñaron que “tenían la forma de la cara de un niño pequeño”, un símbolo de la pureza y de la inocencia. El abrazo físico de estos seres alados hombre-mujer -con los rostros puros de los niños – expresan la pureza del amor. El rabino Shimshón Rafael Hirsch explica que la madera se diferencia de los otros materiales porque tiene la virtud de crecer. El oro es duradero, eterno y perfecto, y por lo tanto representa a los valores de la Torá. La madera, por otro lado, nos representa como ente dinámico y creciente, a los seres humanos. Tenemos principios que no cambian, que son como el oro; pero tenemos que crecer y desarrollarnos con estos principios, representados por la dinámica de la madera. La Torá nos sostiene y nos da la vida, pero tenemos que crecer con ella y ser mejores personas, y no sólo permanecer donde estamos, porque ello significa que estamos retrocediendo en nuestros valores. El judaísmo no busca únicamente aferrarse al pasado, sino pide mirar hacia el futuro, buscar el crecimiento y el cambio para ser mejores personas. La Torá es una Torá viviente. Es por ello que una de las grandes expresiones judías es Lejaim “a la vida”. La Torá es un árbol de la vida, que nos da la vitalidad, la energía y la inspiración para cambiar y crecer. La familia disfuncional – Adán y Javá culpándose uno a otro por sus propias debilidades – produce el primer asesinato (Caín y Hevel). Pero la familia unida, – en la que los corazones de los padres están dirigidos a los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres – anunciará la redención nacional y mundial. La familia depravada es desterrada del Edén; la familia redimida nos volverá a Edén y al árbol de la vida. Los objetos sagrados del Santuario del desierto nos enseñan que el vehículo más importante para la transmisión de nuestra tradición es la familia. Sólo mediante el fomento de la pureza familiar y su unidad vamos a tener éxito en la protección de la Torá y la adecuada herramienta para perfeccionar a toda la sociedad. Es un desafío nada fácil.

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