La rápida sucesión de acontecimientos que narra Bereshit, nos dificulta seguir los cambios en la personalidad de Yaakov. Mientras que aprendemos que al igual al patriarca,  todos podemos llevar varias identidades aun cuando no las percibimos. Además y eso es lo importante, que podemos cambiar nuestras actitudes y nuestras vidas para enfrentarnos con las dificultades. También que esos cambios no necesariamente son definitivos ni irreversibles.

Cuando Yaakov se despertó de su sueño en Bet El, percibió que se había encontrado con lo divino y leímos la semana pasada como pasó por ser enamorado, esposo, padre, pastor y fugitivo de su suegro Labán. Y así quien había huido solo de su casa se había convertido en el líder de una multitud en camino de cerrar el círculo en una reunión con su hermano Esav.

Vayishlaj comienza con Yaakov aterrado por el miedo y tramando planes para salir vivo de este encuentro. Intenta comprar la ira de Esav con regalos de ganado (como tantos personajes que creen que con ofrendas pueden comprar la voluntad divina sin seguir sus normas). Divide a su gente y a sus rebaños en dos campamentos, de modo que si uno es destruido, el otro sobrevivirá. Y le recuerda a Dios la promesa de que si Yaakov regresa a su tierra natal, Dios lo tratará generosamente.

Y después de hacer todos estos preparativos, Yaakov vuelve a ser un hombre solo en la noche, con la esperanza de escapar de la ira de su hermano Esav. Y una vez más, tiene un encuentro en la lobreguez de la noche que le cambia la vida. Cuando despierta, ya no es Yaakov. Ahora es Israel. Yaakov se fue a dormir lleno de desasosiego, pero por la mañana es un nuevo hombre con un nombre nuevo: Israel, que sale al encuentro de su hermano.

Y, al encontrarse con su hermano Esav, se encuentra una vez más con Dios. Los momentos con Esav están llenos de generosidad por parte de ambos. Y Esav, el hombre que fue agraviado, es tan misericordioso que Yaakov se siente impulsado a decir: “No, te ruego que si ahora he hallado gracia ante tus ojos, tomes el presente de mi mano, porque veo tu rostro como uno ve el rostro de Dios, y favorablemente me has recibido” (Bereshit 33:10).

¿Quién es este hombre Yaakov? 

Llegó hasta aquí a través del robo de identidad. Despojó la identidad de Esav para robar su derecho de nacimiento. En unas semanas nos encontraremos con Tamar en Parashat Vayeshev, donde ella roba la identidad de Yehudá, cuando había asumido ella misma la identidad de una ramera. En el caso de Yehudá, ese robo de identidad lo convirtió en un mejor hombre.

¿Pero es ese el caso de Yaakov?

Lamentablemente no. 

En este momento de divino perdón y compasión, con el cuello humedecido por las lágrimas de su hermano y su propio llanto, Yaakov se aparta. 

En este momento, en ese espacio y tiempo, Yaakov rechazó el regalo que le ofreció su hermano: reunirse como hermanos, regresar a casa y sanar a esta familia rota. El temeroso y engañoso Yaakov vence al Israel que ha tocado lo divino.

Aprendemos que debemos ser cuidadosos cuando al fin podemos cambiar nuestro carácter y nuestras actitudes, porque esos cambios pueden ser a veces fugaces y perecederos. 

Y si regresamos a los vicios del pasado, tendremos que pagar un precio, que puede ser muy alto, por esta falta de valor, fe y visión.

En lugar de viajar con su hermano, Yaakov va a Shjem. 

Es allí donde se encuentra con el momento más vergonzoso de su vida cuando sus hijos Shimón y Leví: asesinan al violador y ahora pretendiente de su hija Dina y los hijos de Yaakov aniquilan a los padres e hijos de sus vecinos. Acción que no impide, pero que luego condenará.  

Luego, Yaakov perderá a su amado hijo Yosef como resultado de los celos de sus hijos. 

Al final de esta parashá, Yaakov regresa a Bet El para construir un altar en memoria de su primer encuentro con Dios y finalmente, finalmente, se reúne con su hermano Esav para enterrar a su padre Isaac. 

Demasiado tarde, para Yitzjak que ya no alcanzó a ver esta reunión de sus hijos y sus familias.

Desmedidamente tarde para Yaakov para decidir lo que sus hijos debieron zanjar: Ser hijos de Israel, de Yaakov o de ambos.

Esta es la tarea que nos corresponde hacer en todas las generaciones. A diferencia de Yaakov que no tuvo quién le enseñe, nosotros podemos aprender de él.

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