El séptimo día de Pesaj que este año acaecerá en Shabat, es una fiesta por sí misma.

La Torá nos narra que Faraón se arrepintió de dejar que los hijos de Israel salgan ya liberados de Egipto. Entonces, parte con su ejército para recuperar a sus esclavos que inmovilizados a orillas del Mar de Juncos entraron en pánico. La situación era terrible: el mar a un lado y el ejército egipcio al otro. “Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a .A.”. Y dijeron a Moshé: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto” (Shemot 14, 10-12) Con estas duras y amargas palabras, la nación expresó su creciente desesperación.

Nuestros sabios hablan de un hombre, Najshón ben Aminadav, que pese a la difícil situación   no fue atrapado en la desesperación. Cuando vio avanzar al ejército egipcio y vio el mar frente a él, saltó a las aguas tormentosas. Las aguas le llegaron al pecho y siguió su camino y el mar se partió, por lo que recién en ese momento el resto de los esclavos recién manumitidos se animó a seguirlo. Este tipo de coraje vive en lo profundo de nuestro corazón y surge en nuestros momentos más difíciles.

Bajo el liderazgo de Moshé, cruzaron el mar, el séptimo día de encontrarse fuera de Egipto.

Por lo tanto, el séptimo día de Pesaj, se narra la historia de la travesía en la sinagoga en la lectura de la Torá. El canto de la liberación del Mar es entonado triunfalmente ante la congregación que revive el evento. Sin embargo la alegría no es completa porque en el acontecimiento también murieron seres humanos que si bien eran nuestros enemigos, fueron creados a imagen y semejanza divinas.

Podemos preguntarnos qué sentido tiene tener otra jornada de festejo si ya hemos conmemorado el éxodo en el primer día de Pesaj. La respuesta parece ser muy clara. No fue suficiente salir de las rejas. Era necesario afirmar con gran valentía que pese al riesgo de tener que iniciar una nueva existencia llena de incertidumbre, sumidos en el miedo total, debíamos proceder al cruce del mar con sus procelosas aguas, y al mismo tiempo cruzar el océano psicológico del miedo a lo desconocido quizás más abismal que el del mar.

Prueba de ello es el reclamo a Dios y a Moshé: “Déjanos servir a los egipcios”… “Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto”. En otras palabras…, preferimos regresar inmediatamente a la tierra de Goshén, el espacio conocido al que nos habíamos acostumbrado totalmente. Allí teníamos amigos, costumbres sociales muy completas, alimento asegurado, horarios fijados sin que tengamos que tomar responsabilidades por lo que nos iba a suceder. Faraón se ocuparía que comamos bien para que produzcamos bien y mucho para su tesoro, antes que tener que enfrentarnos con el gran desafío de la libertad. Sí, criticábamos los excesos de Faraón cuchicheando entre nosotros, sin enfrentarlo, porque nos habíamos acostumbrado a bajar la cabeza. Así muchos renunciaron a la primera meta que fue llegar a Sinaí al espacio donde recibiríamos la ley ética que nos posibilitaría aspirar una vida de santidad, anulando o tratando de anular la ley impuesta por los opresores y su servicio pagano, condición sine qua non para llegar a la Tierra en la que estableceríamos la soberanía.

El ser humano tiende a temer las innovaciones de todo tipo. Sabe que los cambios en una dimensión se traducen en renovaciones en otra. Así prefiere ignorar que la recompensa de la justicia es larga vida; y a vivir en armonía con la bendición divina que produce prosperidad y fertilidad. Porque para lograrla hay que extirpar una mala muela de juicio, ya que el mal moral contamina y el desarrollo espiritual más completo tendrá lugar cuando la gente se sienta segura y arraigada en la tierra. Pero llegar a morar bajo los propios árboles y vides en paz y armonía tiene un costo que no todos pueden pagar. Se necesita el valor de Najshón ben Aminadav, para superar también rivalidades entre hermanos al tiempo de conquistar a la tierra de leche y miel, de lluvia y manantiales de montaña, una tierra en la que los ojos del Señor tu Dios están siempre sobre ella, desde el principio hasta el fin del año (Devarim 11:12).

Pesaj es a la vez fiesta de primavera, el análogo de la naturaleza a la redención. Con el florecer de la vida, rompiendo las garras de la muerte del invierno, da credibilidad al anhelo humano de liberación. El paradigma del Éxodo sugiere que el resultado de la historia sea ​​una eterna primavera. El Éxodo de un viaje histórico a uno profundamente personal y espiritual simboliza la lucha del espíritu para salir de la esclavitud del cuerpo. Egipto en hebreo, se deletrea ‘mtzrm‘, pronunciado Mitzraim, es la misma raíz de la palabra como ‘mitzarim‘, que significa   estrechez. Estas son las estrecheces espirituales que el alma debe superar para no naufragar en su viaje a la tierra prometida de la salvación espiritual.

Por ello festejamos el séptimo día de Pesaj, para inspirarnos en Najshón y salir de nuestras estrecheces e inspirarnos para arribar triunfales a nuestro objetivo.

Jag Sameaj!

 

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