«Cuando el río suena, aguas lleva» era el dicho que detestaba mi abuelo: «Eso refuerza las calumnias», decía iracundo. En esa época también había maledicencia, soterrada, con redes sociales de otro tipo que ya existían en el shtetl. Antes y ahora han existido esos grupos que, como Goebbels, tienen mentalidades autoritarias, simplistas, que en situaciones de crisis quieren imponer su rabia, odio y frustración con quienes son diferentes. Estos han sido y serán los sujetos y las víctimas de la mentira viral.

La sensación que domina hoy es que todo se puede decir y que además nada importa nada. La tienen, sobre todo, aquellos a los que no les afecta lo que se dice. A aquellos a quienes afecta la maledicencia están obligados a convivir con las mentiras como reos de una maraña que adquirió el nombre de redes sociales.

Un comentarista del periódico El País de España, escribió: “En ese espectáculo informe de falacias que se publican caemos todos, porque la maledicencia es un estiércol que huele mal tan solo cuando el estiércol nos afecta. Cuando no nos afecta, ese estiércol es desayuno, almuerzo y cena de los que se frotan las manos cuando escuchan o leen (o ven) que al otro lo están poniendo a caer de un burro”.

Pero… repito, la maledicencia no es algo nuevo.

Al comentar el comienzo de Parashat Metzorá, el Midrash Vayikrá Raba (16: 2) cuenta la historia del mercachifle que viajaba por varias ciudades anunciando que estaba vendiendo la “poción que da vida”. El rabino Yanái escuchó el anuncio desde el ático donde se encontraba estudiando, e invitó al comerciante a su casa para pedirle le muestre la valiosa mercancía que estaba anunciando. El buhonero abrió un Sefer Tehilim y señaló los versículos (34:13-15), “¿Quién es el hombre que apetece la vida, deseoso de días para gozar de bienes? Guarda del mal tu lengua, tus labios de decir mentira; apártate del mal y obra el bien, busca la paz y anda tras ella”… Al ver la “mercancía” del vendedor ambulante, el rabino Yanái exclamó: “Toda mi vida he leído este versículo, pero no sabía su significado, hasta que apareció este vendedor ambulante”.

Muchos estudiosos abordaron la cuestión de por qué la admonición de “guardar tu lengua del mal” es “poción que da vida”, y qué nueva visión del versículo le reveló este comerciante al rabino Yanái.

Rabí Yekutiel Yehudá Halberstam (1905 –1994) fundador de la dinastía jasídica de Sanz-Klasenburg explicó que la maledicencia, el  lashón hará -la lengua diabólica-, la calumnia, difamación, o engaño que permiten la difusión de información negativa sobre otras personas, ciega a quien la dice y le impide ver  sus propias faltas y defectos. Siempre que enfoquemos nuestra atención en las fallas de los demás, prestaremos poca o ninguna atención a nuestras propias fallas. Y así, la “poción que da vida”, el primer paso indispensable que debemos dar si buscamos vivir nuestras vidas correctamente, de acuerdo con la voluntad de Dios, es “guarda tu lengua del mal”. Debemos desviar nuestro enfoque y atención de las fallas de otras personas y dirigir nuestra mente hacia adentro, para mejorarnos a nosotros mismos.

Este es el significado más profundo de los versos que el rabino Yanái aprendió de este comerciante. Asimiló que evitar el discurso negativo sobre los demás es la cura para nuestra ceguera, nuestra incapacidad para ver nuestras propias faltas e identificar las áreas de nuestro comportamiento que requieren mejoras. Una vez que curamos este mal, estaremos en condiciones de encontrar nuestros otros males y tratarlos, de modo que podamos vivir el tipo de vida noble y significativa que estamos destinados a vivir.

Es un difícil pero posible ejercicio obligatorio en este tiempo de las noticias falsas, las “fake news”, el bulo que consiste en un contenido pseudoperiodístico difundido a través de portales de noticias, prensa escrita, radio, televisión y redes sociales y cuyo objetivo es la desinformación.

Quién apetece la vida, deseoso de días para gozar guarda del mal su lengua, y aguza el oído para no escuchar tanta contaminación.

 

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