“Y no angustiarás al guer, porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto” (Shemot 23:9; ver también 22:20). Por guer, la Torá entiende a alguien que es un extranjero en el lugar donde vive, que no es miembro de la tribu o familia gobernante, que no es ciudadano y que, como tantas veces y en tantos lugares ocurre, es vulnerable a la explotación social y económica.

La Torá apela a nuestra memoria para intensificar nuestras obligaciones éticas: habiendo probado el sufrimiento y la degradación a los que puede conducir la vulnerabilidad, se nos pide que no oprimamos al extraño.

Debemos recordar lo que se siente al ser un extraño. La empatía debe animar e intensificar nuestro compromiso con la dignidad y el bienestar de los débiles y vulnerables. Y Dios nos hace responsables de esta obligación.

Estamos obligados, a recordar momentos en los que hemos sido explotados o abusados ​​por quienes tenían poder sobre nosotros en el transcurso de toda nuestra vida. De esas experiencias, nos dice la Torá, debemos aprender la compasión y la bondad.

La Torá nos ordena no oprimir al extraño en el segundo libro Éxodo-Shemot y vincula esa obligación a las formas en que la memoria puede ser aprovechada para producir empatía. En el tercero Levítico-Vaikrá va más allá, pasando de un mandamiento negativo (lo taasé) a uno positivo (asé): “Cuando el extranjero habite con vosotros en vuestra tierra, no lo oprimiréis. Como a uno de vosotros trataréis al extranjero que habite entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo, .A., vuestro Dios” (Vaikrá 19:33–34).

Con estas sorprendentes palabras, hemos recorrido una gran distancia; tenemos el mandato de amar activamente al extraño y a quien es distinto.

La Torá deja claro enérgicamente que los pobres y los oprimidos, los vulnerables y los dominados, los expuestos y los impotentes son todos nuestros vecinos. Estamos llamados a amar incluso a los que no son de nuestra familia, incluso a los que no comparten nuestro estatus socioeconómico, porque, después de todo, recordamos demasiado bien cómo se siente la vulnerabilidad.

Pero, no es suficiente. Por eso en Devarim, el quinto libro, llamado también Deuteronomio, introduce sutilmente otra dimensión más de nuestra obligación de amar al extraño. En el camino, ofrece una lección notablemente conmovedora: “Porque .A. tu Dios es Dios de dioses y Señor de señores. Es Dios grande, poderoso y temible, que no hace distinción de personas ni acepta soborno. Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y también ama al extranjero y le da pan y vestido. Por tanto, amarás al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto” (Devarim 10: 17-19). El texto comienza alabando a Dios como “grande, poderoso y temible”. ¿En qué consisten la grandeza, el poder y la maravilla de Dios? En la justicia (“que no muestra favor ni acepta sobornos”) y en que Dios defiende a los oprimidos y dominados.

Cada mañana de Shabat y días festivos recitamos: “Todos mis huesos dirán: .A., ¿quién como tú, que libras al afligido del más fuerte que él, y al pobre y menesteroso del que le despoja?” (Tehilim 35:10). Una vez más, no se trata de poder o fuerza bruta, sino de misericordia y cuidado por los vulnerables.

Creemos en un Dios que se preocupa por los afligidos y perseguidos. Así como Dios “ama al extraño” (Devarim 10:18), así también nosotros debemos hacerlo (10:19).

Si quieres amar a Dios, ama a aquellos a quienes Dios ama. Ama al huérfano, a la viuda, al huérfano y al extranjero.

Shemot nos enseña el requisito básico: no oprimir al extraño. Vaikrá magnifica la demanda: no solo no debemos oprimir al extraño, sino que debemos amarlo activamente. Y Devarim va más lejos todavía: amar al extraño es una forma transcendental de “andar en los caminos de Dios”.

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