“Yosef era el señor de la tierra, quien le vendía trigo a todo el mundo. Cuando llegaron los hermanos de Yosef, se inclinaron a él rostro en tierra. Yosef reconoció a sus hermanos en cuanto los vio; pero hizo como que no los conocía, y hablándoles ásperamente les dijo: – ¿De dónde han venido? -Ellos respondieron: –De la tierra de Canaán, para comprar alimentos. Reconoció, pues, Yosef a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron.” Bereshit 42:6-8

La crisis de la familia de nuestro patriarca Yaakov, nos acompaña también en esta parashá, Miketz. Es la segunda parte de la dinámica en las relaciones de los hermanos de Yosef con él. Hay hambre en su tierra por lo que Yaakov envía a sus hijos a Egipto para lograr abastecimiento. Llegan a Egipto y allí se encuentran con la sorpresa más grande: Su hermano, a quien no reconocieron, pese a ser reconocidos por él. Ahora él, es el fuerte. De pronto uno de los sueños del soñador se cumple cabalmente, sus hermanos “se inclinaron a él rostro en tierra”, pero, pese a ellos no se identifica. ¿Se sentía perplejo y confuso y por ello no reaccionó? ¿Con su sabiduría entendió que fue H’ le había brindado pasar por tantas peripecias, para poder ayudar a su familia? – pregunta Abarbanel*. ¿Hay otras posibilidades? ¿Cuáles? ¿Cuál sería la respuesta correcta?

Todos los años en el invierno boreal los relatos de la vida de Yosef y sus hermanos y los sueños de Faraón se entremezclan con las velas de Janucá. Cuando encendemos las candelas oímos los sueños de Yosef y nos detenemos ante la simpleza y la belleza de esas visiones.

El texto bíblico nos describe la apropiación de Yosef, el bello, el preferido, diciendo “porque fui robado de la tierra de los hebreos y aquí nada he hecho para que me pusieran en la cárcel” nos dice en Bereshit 40:15. Le nacen dos hijos cuyos nombres relatan la historia. “Y le nacieron a Yosef dos hijos antes de que llegaran los años de hambre, los que le dio a luz Osnat, hija de Puti Fera, sacerdote de On. Y al primogénito Yosef le puso el nombre Menashé, porque dijo: D-os me ha hecho olvidar todo mi trabajo y toda la casa de mi padre. Y al segundo le puso el nombre Efraím, porque dijo: D-os me ha hecho fecundo en la tierra de mi aflicción” (Bereshit 41:50-52).

No hay como el capítulo 88 de Tehilim, que trata el “enigma” del sufrimiento humano y que es considerado como un salmo que plantea la lamentación más lacerante, para describir lo que Yosef pudo haber sentido en su prisión. Lo que tantos otros seres humanos, alejados de sus destinos sienten, lo que perciben los perseguidos, los alejados, los sufrientes. Lo que percibieron los macabeos cuando se lanzaron a su lucha desesperante ante un enemigo mucho más fuerte. “¡Llegue mi oración a tu presencia! ¡Inclina tu oído hacia mi clamor!, porque mi alma está hastiada de males y mi vida cercana al Sheol. Soy contado entre los que descienden al sepulcro; soy como un hombre sin fuerza, abandonado entre los muertos, como los pasados a espada que yacen en el sepulcro, de quienes no te acuerdas ya y que fueron arrebatados de tu mano. Me has puesto en el hoyo profundo, en tinieblas, en lugares profundos. Sobre mí reposa tu ira y me sumerges en todas tus olas. Has alejado de mí a mis conocidos; me has hecho repugnante para ellos; encerrado estoy sin poder escapar. Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción. Te he llamado, H’, cada día; he extendido a ti mis manos. ¿Manifestarás tus maravillas a los muertos? ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Será proclamada en el sepulcro tu misericordia o tu verdad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas tus maravillas y tu justicia en la tierra del olvido? Mas yo a ti he clamado, H’, y de mañana mi oración se presenta delante de ti. ¿Por qué, H’, desechas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro? Yo estoy afligido y menesteroso; desde la juventud he llevado tus terrores, he estado lleno de miedo. Sobre mí han pasado tus iras y me oprimen tus terrores. Me han rodeado como aguas continuamente; a una me han cercado. Has alejado de mí al amado y al compañero, y a mis conocidos has puesto en tinieblas”.

Todas las personas pasan por los estados de dependencia hasta que adquieren su libertad. Primero dependen totalmente del Padre, y recién después y con mucho esfuerzo pueden comenzar a caminar solos. Pero, Padre responde cuando se lo busca, no siempre desea adelantarse al sufrir. De pronto el hijo debe gritar, pero, no todos los gritos se oyen. A veces forman parte de una multitud que los oculta. Otras, son sonidos no acompañados por la esencia. El grito no sólo es reacción por el dolor, puede ser por angustia. En la noche egipcia, silencio sepulcral. Como en las otras noches de los pueblos. No hay vida. Hay sueños. Pero, desde la prisión se oye el grito desgarrante. Grito de vida. Grito de valor. El miedoso no grita, dice nuestro rey David. Y Yosef se libera de la cárcel política. Allí había otros funcionarios que soñaban.

Y Yosef cambia su apariencia. La Torá recalca la nueva ropa de la misma forma como destacara la camisa a rayas. Yosef cambia sus indumentarias, pero sigue siendo la misma persona. Así logra enfrentarse a la nueva cultura, tal como nosotros aprendemos en Janucá a confrontarnos con la que nos rodea y es ajena. Que nos pide ropajes que llegan a confundirnos. Yosef debe ir cambiando de sombreros y de ropajes en el proceso de la búsqueda de su identidad. Como tantos también en nuestra época, en tantos países. De la adolescencia como pastor pasa a ser tan importante. En sus funciones no sólo cambia de ropaje sino que también le dan un nombre nuevo, le entregan una mujer, y un puesto. Pero, cuando llega el momento, exclama: “Yo soy Yosef”,… sigo siendo el mismo pese a mis puestos a mis ropajes a mi mujer a mis cargos. No he cambiado. “¿Vive nuestro padre?” – pregunta, porque en él vive. Y en ese momento, ya no le interesa el poder, el lujo, ni el palacio. Sólo regresar a su D-os y a su familia, pese a que la misma tanto lo maltrató. Su vida fragmentada y rota se rearma como un rompecabezas y alcanza la perfección. No más vida doble. No más falsas identidades. Y entonces, estamos ya en Janucá con un mensaje similar.

Yosef se encarga casi personalmente de alimentar a todos pero maltrata, a los extranjeros que llegan, a los miembros de su familia. Ajenos al medio. Cercanos al virrey. Sin embargo, Yosef no solo los acusa sino que les exige a sus hermanos. Entre sus alforjas coloca la copa que le servirá para retenerlo a su lado y desprenderse de sus hermanos a los que envía a sus hogares. Y, Yosef, pese a su poder, sigue temiendo a sus hermanos. Los temores infantiles no se van tan rápido. A esos bravucones que quisieron desprenderse de él y lo lograron. Necesita estar seguro que esta vez no volverán a intentar exterminarlo. Necesitaba saber también cómo se comportarían con Biniamin, si contra él iban a actuar de la misma manera que ya habían practicado con él o si ya cambiaron las relaciones y las reglas del juego. Por suerte para Yosef y para nuestra historia familiar, esta vez los hermanos se unen en defensa del otro hijo de Rajel.

Yosef, el perseguido y censurado aún por su padre, llega a ocupar un cargo importantísimo y a ejercerlo muy bien. El soñador se ha convertido en un pragmático. Y allí, en la ajenidad, recupera su nombre, recobra su identidad, regresa a su familia, que es la manera de regresar a su pueblo.

Ilustración; Marc Chagall

 

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