La Torá en Parashat Vayishlaj habla del rapto de Dina por Shjem y describe la reacción de sus hermanos al oír la tragedia: וַיִּתְעַצְּבוּ הָאֲנָשִׁים וַיִּחַר לָהֶם מְאֹד “vayitatzvu haanashim vaijar lahem meod” – “quedaron muy dolidos y, llenos de ira”.

Avraham ben Harambam, cita a su abuelo, rabenu Maimón, al señalar la distinción entre los dos verbos en esta frase: “vayitatzvu” y “vaijar”. Mientras que el segundo denota rabia y un deseo de venganza. “Vayitatzvu” significa que a los hijos de Yaakov les dolió la desgracia que le sucedió a su hermana, mientras que “vaijar” significa que se sentían inclinados a vengarse del autor y sus agresores.

El énfasis de rabenu Avraham en esta distinción quizás intente subrayar dos etapas de la reacción emocional de los hermanos frente a la noticia del rapto de su hermana: primero el dolor y luego la ira. Al notar la diferencia entre estas dos emociones, rabenu Avraham nos desea enseñar que no necesitan coexistir; Es posible sentir tristeza sin sentirse enojado. Demasiado a menudo, la ira fluye directamente del dolor. En nuestro frenético esfuerzo por aliviarnos del dolor emocional de la tristeza, nos enfadamos y buscamos atacar a la persona que nos causó el dolor.

En el caso de los hijos de Yaakov que reaccionan a la violación de su hermana, los sentimientos de venganza son comprensibles y tal vez incluso válidos. Sin embargo, este caso marca la excepción, en lugar de la regla.

Muy a menudo, la respuesta de “vaijar” es inapropiada. Incluso cuando experimentamos “vayitatzvu”. Cuando nos sentimos agraviados, desanimados o angustiados, deberíamos balancear antes de dejarnos llegar por “vaijar”. Somos capaces, y por lo general esperamos vivir con la incomodidad de la tristeza sin recurrir a la ira. Rara vez la venganza es la solución al dolor emocional. Debemos entrenarnos para lidiar con las frustraciones y desafíos de la vida sin enojo, reconociendo nuestra capacidad de manejar sentimientos difíciles, sin arrebatos de rabia, sin irritación y sin hostilidad. Es un aprendizaje muy difícil. Si no lo podemos hacer solos no nos debe avergonzar pedir ayuda. Por lo general ello es mejor que tomar la justicia en manos propias. Los episodios relatados en la Parashá nos permiten inferir también modelos que podemos aplicar en otros casos.

 ¿De quién es la culpa?

“Salió Dina, la hija de Lea que le había dado a luz a Jacob, a ver a las hijas del país. Y la vio Shjem hijo de Jamor, el jiveo, príncipe de aquella tierra; la tomó, yació con ella y la afligió” (Bereshit 34:1-2).

“Dijo R’ Berajiá en nombre de R’ Levi: Una persona tenía en su mano un trozo de carne, y cuando el ave de rapiña lo vio, voló hacia él y lo apresó. Así, cuando Dina hija de Lea, salió, la vio Shjem hijo de Jamor y la poseyó” Midrash Rabá.

Lo que sucedió entre Shjem y Dina y posteriormente entre los hijos de Yaakov y ese grupo, presentan un desafío gigante a nuestros jajamim que intentan explicarnos las razones más profundas de la conducta humana y las reacciones de nuestros patriarcas. También deben enfrentarse a muchas preguntas. ¿Hay culpables? ¿La víctima tiene la culpa? ¿La educación que recibió fue equivocada? ¿Las actitudes de la madre que imita inconscientemente no eran las mejores? ¿El violador puede reparar su acción cuando, enamorado desea tomar a la víctima como esposa? ¿Después de la acción, cuál debe ser la reacción del entorno familiar? ¿A qué se debió la inacción del padre?

La Torá identifica a Dina en este contexto como hija de Lea, quien junto a Yaakov, se mantuvo en silencio después del terrible incidente por el cual había pasado la joven. Rashí, basándose en el midrash Bereshit Rabá 81, nos explica que la referencia a la madre y no al padre en el versículo, se debe porque también Lea, solía salir, tal como leímos previamente (30:16) “Cuando Yaakov volvía del campo, Lea salió a su encuentro…”

Como podemos ver, ese midrash, culpa a Lea por la salida de Dina, porque ella misma, salía…, atribuyendo a la víctima y a su madre lo que le sucedió, en lugar de hacerlo al violador. Otros midrashim, adjudican el suceso a Yaakov, por haber escondido a su hija, cuando “aquella misma noche Yaakov se levantó, tomó a sus dos esposas, a sus dos esclavas y a sus once hijos, y cruzó el vado del río Yaboc” (32:22), para que no cayeran en manos de Esav, antes de su lucha con el ángel. Ya que el versículo habla de los 11 hijos, el midrash pregunta, ¿dónde está la hija que falta? Y contesta que “la colocó en una caja que cerró para evitar que el malvado Esav pusiera sus ojos en ella y la tome” (Bereshit Raba 76,9). ¿De qué se culpa a Yaakov? – de haber impedido que su hija se una a su propio hermano, cuando esa unión hubiera podido lograr modificar a Esav por la influencia de Dina y se hubiera producido, tal como comenzaba a ser tradición en la misma familia. Hasta aquí la culpa es del padre o es de la madre. No es de la hija. No es de Shjem. “Yaakov se enteró de que Shjem había violado a su hija Dina pero, como sus hijos estaban en el campo cuidando el ganado, no dijo nada hasta que ellos regresaron” (34:5). El padre que con valor había planeado hasta el último detalle su encuentro con su hermano y se había enfrentado durante largas horas luchando cuerpo a cuerpo con el ángel, de pronto queda silenciado. El midrash, nos trae la cita de Mishlé 11:12, que dice “el hombre de entendimiento se queda callado”, dándole un valor al silencio, que es el grito más fuerte y desgarrante del dolor. Yaakov no sabía aún que Shjem, “se enamoró de ella y trató de ganarse su afecto. Entonces le dijo a su padre: «Consígueme a esta muchacha para que sea mi esposa». Pero, parece que está dispuesto a aceptar a los habitantes de la tierra como parte de su familia. Pero, sus hijos, los hermanos de Dina no piensan así. “Al tercer día, cuando los varones todavía estaban muy doloridos, dos de los hijos de Yaakov, Shimón y Leví, hermanos de Dina, empuñaron cada uno su espada y fueron a la ciudad, donde los varones se encontraban desprevenidos, y los mataron a todos. También mataron a filo de espada a Jamor y a su hijo Shjem, sacaron a Dina de la casa de Shjem y se retiraron. Luego los otros hijos de Yaakov llegaron y, pasando sobre los cadáveres, saquearon la ciudad en venganza por la deshonra que había sufrido su hermana” (34:25-26). Pero, si hay acaso, encontramos un silencio que amerita ser analizado es el de la misma Dina. ¿Qué pensaba Dina? ¿Quería o no deseaba quedarse en la casa de Shjem cuando sus hermanos la sacaron de allí? Si releyéramos el caso de Amnón y Tamar, encontraríamos allí la voz de Tamar expresando su sentir sin lugar a dudas. En nuestra parashá, su sentimiento omitido da lugar a poner el acento en la relación entre la familia patriarcal, y las de los otros pueblos. El verbo utilizado repetidamente para describir la acción de Shjem es mancillar (el concepto hebreo es tumá, impureza ritual). Es también el midrash arriba citado, que al equiparar la actitud del violador al de una ave de rapiña, deja establecido con claridad que los rapaces no van con vueltas, cuando quieren la presa la toman, se abalanzan sobre ella, no temen, y no les importa en manos de quien esté. Incluso si ponen en peligro su vida. La víctima, pues, no es la culpable. Tampoco su familia. Pese al terrible drama de Dina, la familia de Yaakov, a diferencia de la de sus padres y abuelos que tuvieron que expulsar a los hijos, permanece unida. Tendrán conflictos internos, no habrá exclusiones de parte del padre. Después que se perdiera la oportunidad que quizás Yaakov deseaba, de integrar a toda la familia de Shjem que había pasado por parte del proceso de conversión al aceptar integrarse y pasar por la cirugía nada fácil para adultos de la circuncisión, le queda a Yaakov su propia familia. Los hijos de Yaakov, unidos en acciones innecesarias de castigo colectivo, y dos de ellos, también en el asesinato del grupo de Shjem, son reprendidos por su padre que cree en otro tipo de justicia. Ellos no habían hecho ningún intento de reparación, ni el que establece la Torá en Devarim 22: 29… “el hombre le pagará al padre de la joven cincuenta monedas de plata, y además se casará con la joven por haberla deshonrado. En toda su vida no podrá divorciarse de ella”. Ya en su enfrentamiento con su hermano, Yaakov nos había brindado una lección que hay que prepararse para todas las eventualidades y usar todos los medios a su alcance para sobrevivir. Ya en la lucha con el ángel de la cual salió victorioso pero herido, sabía que de él se espera otra cosa. Pero, como padre, no siempre pudo lograr que sus hijos sigan su camino. La discusión entre padre e hijos, parece formar parte del dilema de integración a otro pueblo que tiene otras normas de conducta, asimilarse y desaparecer de la historia, o separarse totalmente de esa posibilidad. Cuando Yaakov ordena limpiar los ídolos, quizás hace referencia a aquellos que después de la acción de los hijos contra la familia de Shjem, los trajeron consigo. -Coherencia- exigió Yaakov, si ya no nos mezclamos, (habrá pensado) tal como yo mismo luché para evitar siquiera dos tipos de valores en la familia e impedí que mi hija se quede con mi hermano, malvado a mis ojos, y ustedes siguieron ese principio y no aceptaron a la familia de Shjem pese a su circuncisión que es la muestra más valedera de la sinceridad que tenían de unirse con nosotros, quiten también los símbolos de la fe que no compartimos. La parashá debería haber terminado con estos versículos: “Entonces Yaakov dijo a su familia y a quienes lo acompañaban: «Desháganse de todos los dioses extraños que tengan con ustedes, purifíquense y cámbiense de ropa. Nos vamos a Bet El. Allí construiré un altar al Dios que me socorrió cuando estaba yo en peligro, y que me ha acompañado en mi camino.» Así que le entregaron a Yaakov todos los dioses extraños que tenían, junto con los aretes que llevaban en las orejas, y Yaakov los enterró a la sombra de la encina…” (35:2-5)

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