LA FIESTA DE LAS CABAÑAS

Todos los milagros (o logros personales) están limitados de muchas maneras, lo que hace que la alegría resultante también sea restringida. Por ejemplo: la alegría está limitada por el alcance del favor que el milagro o logro produjeron; cuando los efectos del suceso o el beneficio se desvanecen, la alegría pasa.

Hay un dicho de la Mishná: “El que tiene cien deseos cumplidos ansía doscientos, y el que tiene doscientos anhela cuatrocientos”. Es imposible que uno esté extático y feliz con un cierto logro cuando siempre hay mucho más que puede lograrse. O cuando se cree que pueda lograrse. Nuestra cultura nos invita a buscar objetos y posesiones, para tener mayor seguridad y nos acostumbró a no saciarnos jamás. Además nos enseñó a presumir lo que tenemos para deslumbrar al otro, en una competencia que nunca acaba.

Una vez por año, viene Sucot que nos invita a dejar la seguridad aparente y la comodidad de nuestros hogares, reconociendo que la verdadera felicidad no proviene de nuestras casas bellamente decoradas ni de nuestros muebles de diseño, ni la seguridad se obtiene con muros altos y gruesos y alarmas sofisticadas.

En Pesaj celebramos nuestra Libertad. Sí, nos liberaron, pero muchos de nosotros todavía estamos terriblemente esclavizados-a nuestros trabajos, a la presión de los compañeros y, lo que es más importante, a nuestros impulsos y caprichos. Shavuot conmemora la recepción de la Torá, pero ¿hemos aprovechado plenamente este magnífico regalo que Dios nos dio?

La verdadera felicidad viene de lo que cada judío tiene intrínsecamente; una relación personal con Dios. Esta relación se basa en el Alma Divina que cada uno posee y que se esperaba que fuera descubierta durante Rosh Hashaná y Yom Kipur.

La conciencia de que no importa cuál sea el estado espiritual personal, porque esta relación siempre está ahí. Después de todo, un hijo o hija sigue siendo hijo e hija aunque no sigan exactamente los deseos de los padres. No importa cuánto estemos conectados a Dios, él realmente se preocupa por nosotros, porque nuestra relación está por encima de las pruebas.

En Sucot dejamos la seguridad y comodidad de nuestros hogares, reconociendo que la verdadera felicidad no proviene de nuestras casas bellamente decoradas, nuestros muebles de diseño, o cualquiera de nuestras otras pertenencias o logros. Nos aventuramos hacia la Sucá, que el Zohar llama “La sombra de la fe”, y nos concentramos en nuestro activo más importante: nuestro alma Divina y nuestra relación especial con Dios.

Si algo positivo tiene la maldita pandemia del Covid-19, es relativizar nuestra cultura de invulnerabilidad, de omnipotencia, de posesión y de exhibicionismo.

Ninguna puerta inviolable es suficientemente segura para impedir el paso del virus. Estamos más seguros al aire libre que en edificios blindados. Es mejor vivir en sucot que en el palacio para el que trabajamos tanto, a costa de hacer cosas que beneficien nuestro espíritu. Sucot nos enseñó siempre ser solidarios con aquellos que viven todo el año en cabañas maltrechas, más de uno, trabajador de nuestras propias empresas. Por lo menos, una semana al año, estar a la intemperie, probar lo que se siente cuando las lluvias se cuelan por los techos y mojan nuestros lechos y caen sobre los platos cuando comemos nuestros manjares, es una prueba de la que no fuimos conscientes. Al grado que en los últimos años los diseños de las sucot se han superado de tal manera que parecen una continuidad de nuestras moradas.

Viene el Covid-19 y nos enseña fácilmente el significado oculto de la mitzvá de la sucá: Nuestra protección no está en las paredes. Sino en nuestra fe. Nuestro amparo está cuando podemos invitar a los Ushpizim de la historia y a los reales desposeídos para que compartan nuestro alimento y nuestro cobijo.

Nuestros antepasados en el desierto que vivieron nómades a la intemperie durante 40 años, siguieron usando los mismos zapatos y las mismas ropas, -no había galerías comerciales en el desierto- y ni percibieron si se desgastaban con el uso, nos enseñan tan poéticamente nuestros exégetas.

Cuando debemos estar encerrados en cuarentena, dejan de tener importancia los modelitos que acaban de salir de las plantas de producción y que los medios de comunicación intentan hacernos adquirir. Nos alcanza con usar ropas limpias no importa si son de moda o no, y zapatos cómodos, así no sean de marcas importadas.

Y aún en esas circunstancias, convertir sucot en Jag Hashem, la fiesta de Dios, sin otro adjetivo, para que sea Zman Simjatenu- el tiempo de la alegría.

Después de todo, a apenas cinco días de Yom Kipur, seguros de estar inscritos y confirmados en un año de vida, salud y prosperidad, tomaremos un etrog, que protegeremos muy bien para que no se lastime y lo bendeciremos junto a especies de menor valor económico, pero que son igualmente indispensables cuando unidos forman una unidad.

Que este año sea un año de salud, bendición y alegría para todos nosotros, y que podamos seguir encontrando regocijo en todos los aspectos del servicio a Dios y a la sociedad.

Jag sameaj.

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