Yom Kipur en tiempos de Pandemia.

Yom Kipur, el Día de la Expiación, nos desafía en cuanto nuestro ser judíos con valores y aspiraciones de reparación del mundo. Particularmente desde la guerra que lleva su nombre, Yom Kipur, nos convoca a prestar atención a problemas espirituales, teológicos y filosóficos tan profundos, que a menudo desearíamos ignorar.

El Día de la Expiación, Perdón y Arrepentimiento nos confronta a responder la tensión entre el yerro y el perdón, la relación entre el sufrimiento y la redención, y el surgimiento de la esperanza cuando nos encontramos empantanados en el barranco de la tragedia.

Nunca nos faltaron desdichas y desventuras y en estos días vivimos la imprevisible pandemia del Covid-19 que trastoca todas las esferas de la subsistencia y que es tan democrática que no distingue de nacionalidades, religiones ni fronteras. A menudo, como en nuestros días, las preguntas más profundas de la vida no piden contestaciones, sino que exigen respuestas que lleven a la acción.

Hoy y aquí.

Simplemente porque mañana puede ser demasiado tarde.

Yom Kipur, siempre fue día de reunión. Antes y después del ayuno y durante el mismo, cuando los padres llevaban a los niños de sinagoga en sinagoga olfateando el olor de la naftalina de las pieles que las abuelas lucían y el del râpé de los abuelos, que luego cuando caía la nostalgia y venía la melancolía, asociaban con la fecha. Día de reunión cuando la gente se adelantaba y llevaba cirios al templo que arderían todo el día y depositaban sus monedas y billetes en platos blancos para que sean repartidos a los necesitados. Fue experiencia de donar el costo de los pollos consumidos de las caparot para que todos puedan comer por lo menos hasta Sucot.

En el presente, como en el pasado, las plegarias y lecturas de Yom Kipur exigen que meditemos en los desafíos personales, cuando nos presenta grandiosas imágenes a escala mítica. Son producto de los gigantes poetas –los paytanim– de nuestro pueblo, cuyo pensamiento y su magnificencia literaria no tienen par, pero, que a nuestra generación le son totalmente ajenas, dejando un hueco que es imprescindible llenar no sólo con la letra sino que también con su melodía. No como reminiscencia, sino como ingrediente que puede y debe cambiar la realidad en la que nos encontramos. Su ignorancia no puede alegarse como muestra de discernimiento ni es un mérito de bien pensantes, sino una limitación en la posibilidad de discurrir ideológica y filosóficamente en la base de nuestra identidad.

La liturgia nos devuelve a nuestro tiempo y espacio. Nos sacude, una vez más, al enfrentar el gran misterio espiritual que se encuentra en el corazón de la experiencia de Yom Kipur: la tensión entre nuestra propensión a la imperfección y la incesante oferta de perdón, nuestra experiencia del exilio y la promesa de redención factible con la Aliá y la aspiración nunca declinada de llegar a los tiempos mesiánicos. El camino para abrir nuestras almas al regalo divino que perdona nuestras faltas con Él, pero que no puede tolerar las que cometemos con el Otro.

Con el tiempo Yom Kipur fue cambiando. Desde la época en la cual era un día festivo al grado que el Talmud lo compara con el 15 de av, como día de gran felicidad. Parte de ese cambio que convirtió al día en tan solemne se debe a las plegarias y a las poesías religiosas que con el tiempo conformaron el ritual sumándose a la auto confesión de nuestras faltas y errores.

Cuando leemos y oímos el poema medieval Ele Ezkerá -estas son las cosas que recuerdo- que muchas comunidades recitan en Yom Kipur y otras en Tishá Beav, perpetuamos con aterrador detalle el martirio de diez de nuestros más grandes sabios hace casi dos mil años durante el reinado del emperador romano Adriano.

En el recuento de Ele Ezkerá hay una cierta atemporalidad. Se eliminan los detalles que vinculan su historia a un momento y un lugar determinados. No se identifica el lugar de ejecución. Los eventos se combinan. “Belial”, -El Maligno-, y el imperio se llama “Maljut”, -El Reino Malvado-. El poema pasa por alto muchos de los detalles de la matanza tan claramente recordados en los midrashim, y en los relatos esparcidos que fueron sus fuentes. El martirio de nuestros diez sabios asume una cualidad universal grabada en Ele Ezkerá. Se han convertido en víctimas de un régimen cruel cuyo líder lleva un nombre demoníaco.

Para el autor anónimo del poema y para las generaciones de judíos, el precio pagado por los diez sabios para preservar la cultura, la sabiduría y la dignidad de nuestro pueblo, reflejaba sus propias luchas. Las valientes pero amargas muertes de los sabios dieron un significado trascendente a los desafíos diarios que enfrentaron generaciones de judíos. Y en Ele Ezkerá, sin necesidad de nombrarlos, aparecen los seis millones que llevaron por la misma senda, y los soldados y civiles que interrumpieron Yom Kipur y cayeron para que otros vivan y cuenten su historia.

Pero más allá de nuestra necesidad personal de perdón, el recuerdo tanto de la adoración en el Templo como del sacrificio de nuestros sabios, nos recuerdan el precio y la gloria de ser ciudadanos de un dominio que está mucho más allá de todos los regímenes terrenales a menudo fríos y despiadados, que han oprimido y siguen subyugando los cuerpos, mentes y almas de innumerables seres humanos. Así Yom Kipur gana en universalidad, en profundidad y en significado.

Y viene el Covid-19 y nos mueve el tapete de la ilusión de nuestra propia inmortalidad y los espejismos de una vida superficial y ostentosa en la cual actuábamos como gigantes y nos demuestra nuestra pequeñez, nuestra soledad y nuestra finitud. A quienes entre nosotros proclamamos nuestra generosidad, desnuda en nuestra avaricia y egoísmo. A quienes nos percibimos muy sensibles nos convierte en testigos de la enfermedad y la muerte que cruza frente a nuestras narices y ni nos inmuta ni conmueve lo suficiente para actuar.

Aunque nuestros sabios murieron como judíos por su deseo de preservar el judaísmo, siempre hemos sabido que nuestra lucha por la libertad religiosa y cultural y la autodeterminación es parte de una lucha humana mayor. En oraciones como el Aleinu, soñamos con un tiempo en el que toda la humanidad se unirá bajo el Dominio Divino para lograr reparar el universo en el Tikún Olam. Nuestros profetas imaginaron un tiempo en el que todos acudirían a Jerusalén para invocar a Dios con sus propias voces.

Nuestros mártires rara vez murieron solos. Los mismos regímenes malvados que atacaron a los judíos, con demasiada frecuencia dirigieron su odio a otras personas y grupos con diversos grados de hostilidad. Quienes vieron indiferentes nuestras muertes, fueron los siguientes de la fila de las víctimas.

Creo que nos podemos permitir este año más que otros, convertir el día de Kipur en desafiante. Llevar a cabo en él una peregrinación espiritual, para mejorar nuestra percepción, crecer en sabiduría y descubrir un nuevo significado a nuestras luchas y triunfos personales. La calidad de nuestra respuesta a los textos de nuestra historia personal, será proporcional a la seriedad con la que consideramos la pregunta.

Aprovechemos este Yom Kipur para tener el coraje de enfrentar nuestros retos y obtener la fuerza y ​​el conocimiento que necesitaremos para disfrutar de un año de vida significativa y gratificante.

Regresar a los tesoros de nuestras fuentes redescubriéndolas, puede ser un buen manual, particularmente cuando nuestros temores crecen hasta volverse irracionales.

Gmar Jatimá tová, que seamos inscritos y confirmados en el Libro de la Vida.

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