Rosh Hashaná

EL DÍA DEL JUICIO EN TIEMPOS DE CORONA  

¡Desde lo profundo de mi desesperación, clamo a ti, Señor! (Tehilim 130:1)

El escriba Ezra (capítulo 3 1-6) nos relata que “llegado el séptimo mes, los israelitas estaban ya en sus ciudades y entonces todo el pueblo se congregó como un solo hombre en Jerusalén. Yehoshúa, ben de Yehotzadak y sus hermanos…, se pusieron a reconstruir el altar del Dios de Israel, para ofrecer en él holocaustos… erigieron el altar en su emplazamiento, a pesar del temor que les infundían los pueblos de la tierra, y ofrecieron en él holocaustos a .A.” Después de la interrupción del servicio divino que duró durante todo el exilio, se reconstruyeron las bases de la normalización del ritual.

Nejemia (8:1-3), nos cuenta otro acontecimiento del día uno del mes séptimo: “Todo el pueblo se congregó como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta del Agua. Dijeron al escriba Ezra que trajera el Sefer Torat Moshé -libro de la Ley-… ante la asamblea, integrada por hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Leyó una parte en la plaza que está delante de la puerta del Agua, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón; y los oídos del pueblo estaban atentos al libro de la Ley.”
Es notable observar en esta cita que no fueron los líderes ni los cohanim quienes pidieron traer el sefer Torá sino que fue el pueblo mismo en un arranque de espontaneidad, buscando reconciliarse con el conocimiento para iniciar una nueva etapa en sus vidas y en las de la congregación lo exigieron. Habían renovado la fiesta de las trompetas, que les recordaban la revelación del Sinaí y la recepción de la Torá que se hizo ante el clamor de los shofarot.

El llanto del pueblo recuerda que “cuando el rey Yehoshiahu (2 Melajim 22:11 y 22:19) oyó las palabras del libro de la Ley rasgó sus vestiduras… y lloró”.

El redescubrir el texto de la Torá provocó en ambos casos un llanto de gran emoción al grado que hubo que recordarle al pueblo que el primero de Tishrei era un día de alegría. Que recuerda la creación del Cosmos, por lo que lo conmemoramos como redención nacional y universal.

En las plegarias de Maljuiyot, Zijronot y Shofarot de Musaf, expresamos las maravillosas ideas de renovación. En maljuiyot, la unicidad de Dios, la fe. En Zijronot la unicidad de la humanidad por el amor, y en Shofarot, la unicidad de las leyes, y la redención, uniendo a todas la culturas y las civilizaciones. Sin leer los textos de ese musaf y sin oír el shofar, nuestra experiencia de Rosh Hashaná es estéril y vacía y se pierde lo más esencial del mensaje. Mientras tenemos fe, respetamos al otro, lo valoramos porque somos conscientes que es reflejo de la imagen divina. Si lo hacemos lo mismo sucederá con las naciones. Podrán respetarse y aceptarse. La solidaridad permite la paz y la amistad, que pueden evitar las confrontaciones militares. En los peores momentos surge una chispa que nos dice que todavía nada está perdido pese a los dolores de alumbramiento, ya que sabemos muy bien que no hay parto sin dolor. El sufrimiento de la humanidad en nuestros días, si sabemos comportarnos en el espíritu del Yom Hadín, preanuncian la salvación y la redención.

La tefilá de Rosh Hashaná es profundamente religiosa y ética e intenta ayudarnos a unirnos. Ello nos permite una visión optimista del futuro cuando decimos en la plegaria “toda la maldad pasará sobre nosotros como una nube, y así se extinguirá el gobierno de malignidad, y asechanza del mundo”.

Escribo estas líneas en días de pandemia, cuando la incertidumbre nos envuelve y ni siquiera sabemos si podremos concurrir a las sinagogas a elevar nuestras plegarias y a entregarnos al sonido del shofar que nos conmueve las fibras más íntimas de la existencia. Y aún si fuéramos condenados para salvar la vida cumpliendo con el precepto de Pikúaj Nefesh, que obliga postergar el cumplimiento de las normas para defender la vida, debemos entregarnos a superar la ignorancia de las fuentes de la Halajá y la Agadá para desentrañar el verdadero sentido de esta festividad y para gozar de su experiencia verdadera, distorsionada por tantos años de ignorancia y festejos folclóricos.

El Covid-19 se encarga de romper nuestras rutinas, de la fiesta, incluso la reunión de los familiares y amigos para servirnos de opíparos manjares y hablar de todo sin decir nada y de todos diciendo lo indecible. La rutina provocaba que al no percibirse renovación, pasábamos a ser dominados por ella.

El Coronavirus nos ha ampliado el contexto personal y comunitario, ha roto con los límites artificiales. Ya no podemos diluir su significado para acomodarlo a nuestra zona terrenal de confort, con la cantinela “a mí no me va a tocar”.

Nos guste o no, ahora todos somos uno, y no nos podemos dar el lujo de las exclusiones si tenemos frente a nosotros lo que nos enseñó el profeta Yeshayahu 6:3: “toda la tierra está llena de su gloria”.

En un mundo cambiante, desafiante, en un medio con tantas dificultades, enfermedad y muerte, nosotros que siempre nos hicimos preguntas, desde la época de Abraham y la de Moshé, hasta hoy mismo y de esa manera buscamos la verdad logramos ser intransigentes al enfrentar lo que afectaba los valores éticos. El Covid impide escabullirnos de enfrentar temas polémicos. El judaísmo tiene que expresar su posición en muy alta voz frente al triaje, por dar solo un ejemplo, cuando se promueve la selección y clasificación de pacientes y descarta a priori a las personas mayores.  

En la medida en la que nos emocionemos en la lectura de la Ley y nos propongamos seguirla, podremos festejar un Rosh Hashaná que nos llene de confianza, tranquilidad y alegría, porque al buscar ayudar al otro, nos estaremos ayudando a nosotros mismos y ese es el camino al que el Shofar nos convoca para nuestra redención personal, comunitaria y mundial.

Si aceptamos el reinado de un solo Dios sobre la faz de la tierra, podremos reírnos de los dictadores y los autoritarios, que traen maldición sobre la tierra incluso en el manejo de la pandemia. Si aceptamos su Majestad, no nos animaremos a excluir a enfermos ni a quienes no se comportan en lo cotidiano como nosotros imaginamos deben hacerlo.

Cuando aceptemos nuestra pequeñez ante el Infinito, nos podremos reunir con todos, sin temores de perder nuestra identidad y exclamar convencidos: Zojrenu Lejaim, recuérdanos para la vida, melej Jafetz Bajaim, Rey que anhela la vida.


INICIANDO UN AÑO CONFUNDIDOS POR LA PANDEMIA

Escribo estas líneas inspirado por el recientemente fallecido rabino Dr. Norman Lamm, cuando hace exactamente veinte años atrás nos decía que “la confusión es el sello distintivo de nuestro tiempo”. Y hoy, la pandemia que estamos sufriendo, nos trae al presente su pensamiento con más claridad aún que cuando lo expuso.

Nuestros días son muy difíciles. No debemos ocultar sus aprietos ni disimularlos, pero, también son esperanzadores.

Estamos confundidos por las ansiedades diarias de la existencia, la angustia sin sentido y el aparente vacío de la vida que nos rodea. Estamos confundidos por las inclinaciones incomprensibles de los líderes mundiales en el tratamiento de la enfermedad que tantas muertes y secuelas de diverso tipo ha producido sin que atinen, ni siquiera, dejar de lado sus incontenibles ansias de poder y la carrera armamentista frente a enemigos reales o ficticios, mientras siembran el hambre entre su población y la acostumbran a seguir ciegamente sus caprichos.

Buscamos, sin lograrlo, desentrañar los mensajes de científicos y pseudocientíficos que cada 24 horas nos dan mensajes contrapuestos sobre cómo defendernos de la enfermedad y la muerte. Oímos estupefactos los mensajes de supuestos seres espirituales que nos tratan de manipular usando supersticiones que lindan con la idiotez para que los sigamos, o nos culpan de supuestos pecados que provocaron lo que llaman “el castigo divino por nuestras maldades y/o, por no haber cuidado la naturaleza”.

Mirando hacia adentro de nuestro pueblo, estamos confundidos por las afirmaciones contradictorias que nos imponen las diferentes interpretaciones del judaísmo y por el choque de religiosos y secularistas judíos sembrando odio gratuito. Nos confunde el extraño tipo de realidad en la que crecen nuestros hijos en el mundo virtual que hace apenas 20 años no se podía imaginar en esta magnitud y sus consecuencias sobre su futuro. Todos somos víctimas de la incapacidad de los encargados de la educación judía y de la instrucción general para confrontarse con las clases digitales y para evaluar a la luz de la nueva realidad qué cambios hacer en el clásico concepto de las clases virtuales al grado de poner en peligro el conocimiento de las futuras generaciones.

Notamos más que siempre, la confusión entre jóvenes y adultos que arguyen a partir de la confusión nacida de la ignorancia, dogmáticamente seguros de sus argumentos, cuando emiten juicios acerca de la religión y el pensamiento judíos, sin haber leído el jumash, abierto una guemará, hojeado un sidur, ni analizado un buen manual de historia y filosofía judía. Su ignorancia no les impide porfiar y discutir, machacar e insistir en el vacío.

Y de pronto, cuando nos acercamos a Rosh Hashaná, nos excede la incertidumbre de cómo recibir la festividad cuando las maneras clásicas y tradicionales parecen imposibles; las cenas familiares, uno de los pocos momentos del año en el que las familias dispersas se reúnen no parecen factibles y la concurrencia a las casas de plegaria y oración se ven restringida al grado que quienes nunca concurren a ellas sienten necesidad de asistir y los que siempre se reúnen allí, no saben cómo pasar el día de las teruot lejos de centro comunitario, sintiéndose tan solos y aislados como todos nos sentimos en las cuarentenas.

El Día del Juicio, nos hace un llamado de introspección valiente e imprescindible.

Nos invita a retomar la confianza en nuestras convicciones y valores. De inspirarnos en nuestra tradición. A detectar los mensajes de la Grandes de la Torá genuinos de la historia y del presente, evitando encandilarnos por la mentira y la demagogia de políticos y de líderes de todo tipo. Recordar el bello poema de Tehilim 23:4 que dice: .A. roí lo ejesar: “El Señor es mi pastor, nada me faltará” – o ‘El Señor es mi pastor no fallaré’ – como fue interpretado por un sabio jasídico en el sentido de que nunca fallaré (lo ejesar) en saber en todo momento que el Señor es mi pastor. En ambas lecturas, lograremos también recuperar la fe que debemos tener en nosotros mismos.

Con esta confianza, fe y paciencia, podemos superar nuestra confusión.

Si nos aferramos a nuestra escala de valores a través del estudio de la Torá, y tenemos fe y confianza en ellos, estaremos preparados para vivir de manera práctica y decisiva estos mismos valores. Con ellos podremos superar estos momentos. Sin embargo, no basta con estudiar y tener fe. Uno debe actuar con ellos de manera comprometida, clara y constante.

Al oír el shofar, podremos salir de nuestra perplejidad.

Ya hemos explicado en otro comentario que la palabra hebrea jet, se traduce popularmente como pecado, pero, su raíz nos indica que hemos errado el blanco. Cuando nuestro corazón se sienta desgarrado por el sonido tan primitivo que llevamos guardado en nuestro subconsciente durante centenas de generaciones, podremos responder a los desafíos sin temor, lograr claridad y salir de nuestra perplejidad.

Probablemente nos sentiremos motivados para estudiar nuestra Torá y escudriñar sus secretos y su riqueza y al reconciliarnos con los textos veremos nuestra existencia bajo una nueva luz, que nos acompañará para comprender mejor donde estamos parados.

El judaísmo, ha seguido sus valores desde el crisol de la historia y ha encontrado que son duraderos. La presente no es la primera epidemia de la historia. Aprendemos de las anteriores que se pudo convertir la crisis en oportunidades y resarcir de alguna manera el daño sufrido. Tal como nuestros antepasados pudieron superarlas, pese al alto precio pagado, también por las persecuciones antisemitas que trajeron aparejadas que dejaron un tendal de muertos, así nosotros tenemos oportunidad de convertir a Rosh Hashaná en un nuevo nacimiento de nuestro ser y de nuestro pensar.

Cuando tocamos el Shofar proclamamos hayom harat olam, hoy es el aniversario del nacimiento del universo. Esa frase, en nuestras manos, permitirá crear y recrear nuestro propio mundo haciéndolo grande, noble, emocionante y significativo para toda la humanidad.

Que seamos bendecidos por un nuevo año de vida, de salud, de bienestar, de comprensión de las perplejidades, de estudio y crecimiento intelectual y ético.

Que termine el año con sus maldiciones e inicie un año de bendiciones para todos.



Rosh Hashaná

Rosh Hashaná no aparece en las Escrituras con ese nombre. El profeta Yejezkel usa el término pero, como pudimos leer, se refiere a Yom Kipur. Y cuando en Vaikrá 25:9, leemos “Y tienes que hacer sonar el cuerno de sonido fuerte en el mes séptimo, en el día diez del mes; en el día de expiación deben hacer sonar el cuerno en toda su tierra”, comprendemos que Rosh Hashaná y Yom Kipur conforman una unidad indisoluble.

El toque de shofar es la acción que define la larga jornada de un día que hicimos dos. El primero del mes séptimo es Día de Juicio, y día de Recuerdo y Memoria. Es día de Clamor y Alegría. Y es la cabeza del año.

Rosh Hashaná ha quedado grabado en nuestras mentes con este nombre. En Rosh Hashaná oímos el shofar, tan distintivo para convocatorias, alegrías y para la lucha, y cuyo áspero sonido consigue seguir conmoviéndonos profundamente toda vez que lo escuchamos. “Con las trompetas y el sonido del cuerno griten en triunfo delante del Rey, el Eterno”, leemos en Tehilim 98:6 y no solamente en Rosh Hashaná, y en el capítulo 81:3-4   En la luna nueva, toquen el shofar; cuando la luna está oculta, para el día de nuestra fiesta. Porque es una disposición reglamentaria para Israel, una decisión judicial del Dios de Yaakov”.

Cuando el pueblo adopta un nombre para una fecha, está determinando también su visión de la misma, por lo que intentaremos explicar a qué nos referimos cuando hablamos de rosh-cabeza-cerebro-líder.

Rosh Hashaná es el cerebro del año. Tiene la habilidad de conducir las decisiones voluntarias y conscientes de las personas. Es el asiento del intelecto, de la memoria, de las decisiones. Rabí Yojanán nos enseñó que tres libros son abiertos en Rosh Hashaná, uno de malvados absolutos, uno de justos absolutos y uno de intermedios. Los justos absolutos – son inscritos y sellados inminentemente para la vida. Los malvados absolutos – son inscritos y sellados prontamente para la muerte. Los intermedios – quedan pendientes desde Rosh Hashaná hasta Yom Hakipurim. Si son merecedores – son inscritos para la vida, si no – son anotados para la muerte. Estos libros son parte del Cerebro de la Vida. En ellos se inscribieron todos los actos y todas las acciones. Rosh Hashaná capitanea, dirige y lidera el largo camino de todos los días del año que comienza y es por ello que se debe reflexionar acerca de la misión de cada uno en el universo, porque el texto no se refiere a una vida o muerte inmediatas, sino a la importancia de la vida para cumplir con el objetivo vital que cada uno tiene. Es la jornada ideal para poner la cabeza sobre los hombros, y usar el discernimiento para planificar el año nuevo con toda nuestra cordura y el más sano temor de Dios, sin andarnos por las ramas. Es la oportunidad para pasar por la cabeza todo lo que hicimos, y revisar las ideas que nos pusieron en ella sin percibirlo siquiera, leyendo informaciones superfluas o distrayéndonos innecesariamente, en vez de mantener un rumbo fijo como verdaderos integrantes del pueblo que eligió cumplir y oír la ley de la Torá. Es el momento de bajar todo lo inservible que se nos subió a la cabeza. Los halagos y los insultos, y desde luego lo más peligroso de todo, la embriaguez del éxito, siempre vanidad. Lo que hemos hecho bien, así ha sido porque hemos aplicado bien lo aprendido; ¿a qué enorgullecerse?

No podemos estar mal de la cabeza otro año, cuando debemos estar sobre nuestros propios pies, con la cabeza llena de Torá que ilumine todos los actos de nuestra propia vida y que sea faro para las personas que se fijen en nosotros pidiendo ayuda.

No es simple encabezar procesos, particularmente cuando entrañan cambios, y a veces grandes cambios. Para ello es necesario usar la cabeza, sin perderla ni por un instante. Hay que tratar de estar bien “de la cabeza”, y luego, de la cabeza a los pies.

Rosh es también cráneo, pero también jefe y capitán, caudillo, líder, y adalid, superior, cima y cumbre, ápice, apogeo, cenit, corona, origen y comienzo.

Cuando llamamos a la fecha Rosh Hashaná estamos diciendo que no deseamos la continuación del año pasado, sino un inicio diferente. Queremos que finalice el año y sus maldiciones y que comience un ciclo nuevo con sus bendiciones.

Deseamos reestrenar el tiempo. Pero teniendo la cabeza firmemente adherida al cuerpo. Sin disociaciones ni mensajes enviados a través de códigos incomprensibles.

Queremos que la cabeza del año esté sobre nosotros para que podamos tener una visión omnicomprensiva de lo que nos espera. Un rumbo fijo en un mar ciertamente tormentoso. Que estemos centrados sin perder el equilibrio. Que podamos discernir y elegir libremente y que al hacerlo tengamos todos los elementos para tomar las decisiones correctas.

El Yalkut Shimoni nos dice que “se reunieron los ángeles de la guardia ante el Santo Bendito, y le preguntaron: ¿Cuándo es Rosh Hashaná y cuándo el día de Kipur? Y Él les contesta, ¿a mí me interrogan? Vosotros vendréis conmigo ante la Corte terrenal, y sabremos la respuesta”. En el cerebro del año no recordamos milagros celestiales.

No es fecha de liberación ni de alegría especial. No viene acompañado por memoria de acciones especiales a conmemorar. Su objetivo es hacernos oír el despertador cuando estamos durmiendo en la conducción de nuestras vidas para que no colisionemos contra los obstáculos que por lo general nosotros mismos colocamos delante de nuestros propios pies.

Y así era la plegaria del Sumo Sacerdote en Yom Hakipurim al salir en paz del Santuario: “Sea Tu voluntad, oh Dios nuestro y de nuestros padres que este año que llega a nosotros y a todo tu pueblo de Israel esté donde se encuentre, si fuera sequísimo que sea lluvioso, que no entren (las oraciones de) los viajeros para pedir que no llueva cuando el universo necesita del agua, que nadie desespere por ganar el peculio y que nadie necesite del auxilio del otro y tampoco de otro pueblo, que las mujeres no aborten el fruto de sus matrices, que los árboles den sus frutos”.

Shaná tová, en el que seamos autores de nuestras decisiones y en el que logremos que estén de acuerdo con nuestra fe y con nuestras necesidades verdaderas.

Que ya termine la pandemia que nos ha invadido y que los enfermos se puedan curar completamente sin restos de la enfermedad y que los sanos no se contagien.

Que sea un año de salud y bienestar.



Los significados contradictorios del sonido del shofar
Rosh Hashaná a la sombra del terrorismo
Escrito en el año 2001
Como suele suceder en la historia judía, las Altas Fiestas nos encuentran este año, inmersos en una mezcla de alegría y dolor. El shofar, el cuerno de carnero que hacemos sonar durante todo el mes hebreo de Elul, nos llama al despertar de la conciencia, a nuestro mejoramiento como seres humanos. Pero este año, 2001, su sonido es también un grito de dolor por los que caen día a día en Israel a manos del terrorismo criminal.
 
“despierten los dormidos de su sueño y los soñolientos de su sopor y revisen sus obras, regresen arrepintiéndose, y recuerden a su Creador” Maimónides
 
El sábado a la noche, después de la consagración del mes de Elul que hicimos en la mañana, y cuando estábamos en el límite entre Av y el último mes del año, oímos claramente una ráfaga de ametralladora. Parecía disparada junto a la ventana de nuestra casa. Apenas horas después confirmamos lo que supusimos. Habían disparado en el barrio. Esta vez contra un autobús de pasajeros. Sí, en Jerusalén.
 
Ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta…, retumbaba en los oídos y todo tipo de pensamientos nos torturaban. Ta, ta, ta ta, de la metralla, ta, ta ta ta ta, del helicóptero que no tardó más que pocos minutos en sobrevolar nuestras cabezas y nos detuvo las fantasías para colocarnos en la realidad cotidiana.
Imágenes que van y que vienen. Por un instante supuse que eran ráfagas de alegría por alguna boda. Antes a veces se oían muchos disparos y eran de júbilo. De pronto, el mismo sonido podría significar alegría y dolor.
Ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta,… son los sonidos de la teruá.
Asocié sin querer.
 
Estamos en el mes de Elul y la música del shofar comienza a quitarnos de la modorra en la que los mecanismos de defensa interior nos tienen sumidos para no ver nuestras verdades.
 
Desde el primer día de Elul, se hace sonar el shofar hasta la víspera de Rosh Hashaná, según nuestra costumbre (Rema, Shuljan Aruj, Oraj Jaim 581:1), siguiendo la tradición que dice que Moshé ascendió a Sinaí en el inicio de Elul y allí permaneció 40 días hasta lograr la absolución del pueblo.
 


UN INSTRUMENTO DE VIEJA DATA
Viejo instrumento musical es el shofar, mencionado nada menos que 69 veces en las Escrituras. Desde la teofanía del Sinaí, en Exodo 19:16, es usado también para proclamar el Jubileo. Y sólo describir sus usos rituales nos ocuparía todo el espacio disponible para estas líneas.
 
No hay duda que su utilización en nuestro ritual está relacionada íntimamente con la atadura de Itzjak, su akedá, cuyo relato leemos en el segundo día de Rosh Hashaná. Abraham dispuesto a pasar la prueba, diciendo hineni –heme aquí-, ¡presente! Y también hineni, dice, cuando el Angel le llama repetidamente, para decirle: “No pongas mano en el niño, no le hagas nada”. Y Abraham pasa la prueba e Itzjak vive. Y se hace patriarca. Y apareció el carnero con su cornamenta enredada en el ramaje, inmolado sustituyendo al hijo predilecto, al único, al amado.
 
El carnero, que ante ataduras de otro tipo en nuestros días, también a pocas cuadras del monte de la tierra de Moría, se niega enredarse en ramajes. No se ve al carnero ni al ángel. Hoy se inmolan hijos queridos, únicos, amados, que mueren en explosiones cuando van a comer pizza en sus vacaciones. El carnero no aparece. Si llega el fuego sobre el altar, en el que se elevan hijos que nadie ató. Si aparece la pira que no necesita de leños. Cuyo humo se eleva al cielo pidiendo compasión. Ta, ta, ta, ta, ta
 
En el Pentateuco se hace referencia a dos sonidos únicamente: tekiá y teruá, y el Talmud discute qué es teruá. Algunos dicen que suena como gemidos, otros como clamores y lamentaciones. Según la primera opinión se deben oír como shevarim, sonidos fracturados. Gemidos, clamores, fracturas, nos trae el ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta. Tan lejano hoy de la música que el rabino Goren z”l arrancó de su shofar frente al Muro Occidental, haciéndonos creer que el Monte del Templo estaba en nuestras manos.
 
Los judíos yemenitas tocan la teruá en una sola respiración, formado una unidad breve y nerviosa. Las mujeres orientales imitan en las bodas y fiestas, la teruá con sus voces, cuando están en su máxima alegría. Suena como si dijeran, explican los que saben, la, la, la, la, “aquí está Leá, aquí está Leá”. No se dejen engañar, gritan alegres.
 
También en las escrituras bíblicas como en la literatura rabínica el sonido del shofar tiene connotaciones que a simple vista parecen contradictorias. Las referencias a su efecto, aparecen a veces con un claro corolario amedrentador y otras, como muestra de alegría. Ese uso del mismo sonido es extraño. Una de las características del sentido del oído puede resumirse en las asociaciones que provoca. Normalmente son unívocas, si no lo fueran así no servirían para ningún propósito. Alarmas que indican simultáneamente que hay que dispersarse o que hay que congregarse, crean confusión. Las alarmas antiaéreas, otras teruot del mundo moderno, anuncian alegremente semana a semana la llegada del Shabat así como ordenan el silencio del Día de Recuerdo por los Caídos en las Guerras de Israel. Algunos llaman al día por los caídos por la Independencia. Y nos paralizan en Yom Hashoá.
EL JUBILO Y EL LLANTO
Un versículo dice: “Cuando, ya en vuestra tierra, partáis para el combate contra un enemigo que os oprime, tocaréis las trompetas a clamoreo; así se acordará el Señor, vuestro D’s, de vosotros, y seréis librados de vuestros enemigos” (Números 10:9), y el siguiente: “En vuestros días de fiesta, solemnidades, neomenias, tocaréis las trompetas durante vuestros holocaustos y sacrificios de comunión. Así haréis que vuestro D’s se acuerde de vosotros…”. Versículos difíciles de entender.
 
Tocamos el shofar no para conmover nuestros corazones, ni para alegrarlos, sino en circunstancias terribles y en otras alegres y festivas, usamos un instrumento para “despertar” la memoria que nada olvida… Por otro lado, el profeta Zejariá (9:9), nos dice: “Exulta sin freno, hija de Sión, toca teruá (de alegría), hija de Jerusalén…!, y Ezra (3:13): “Y nadie podía distinguir las teruot jubilosas de la voz de llanto del pueblo, porque el pueblo lanzaba grandes teruot, y el estrépito se podía oír desde muy lejos”.

eo que escribieron a fines del Primer Templo, quienes usaron verbos diferentes para la misma raíz, indicándonos cuando la referencia de la palabra era de alegría y cuando de dolor. Y tanto el Talmud Babilónico como el Jerosolimitano, y los exégetas posteriores, siguieron esa línea.

Estamos en Elul y nuestras teruot no son de alegría. No lo son nunca en Elul. En éste menos que en ninguno que recuerde.
 
La alegría está en el ta, ta, ta, ta, ta, de las ráfagas ante la muerte de los asesinos suicidas cuyas familias y amigos, festejan la muerte, ta, ta, ta, ta, como día de boda, con alegría, con reparto de dulces y caramelos, ta, ta, ta, ta. La tienen los otros, pero es macabra. Terrible. Destructora. Es ta, ta, ta, ta, teruot, símbolos de la locura. De la pérdida de toda razón.
 
Nuestro ta, ta, ta, ta, ta, es para despertarnos y revisar nuestras acciones, que quizás provocan también un ta, ta, ta, ta, ta, como las de Zejariá: “Exulta sin freno, hija de Sión, toca teruá (de alegría), hija de Jerusalén…!
Que tengamos un unívoco sonido de teruá, el de la alegría propia y por qué no, la sana alegría de la vida del otro. Por la vida propia, lejaim del otro.
En el mes de Elul, se vale pedir: “yo soy para mi amado y mi amado es para mí”, que en hebreo suena tan hermoso: “ani ledodí vedodi li”. Después de todo es uno de sus acrósticos.
 
 
Ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta.
 

3 comentarios

  1. Shalom rav. He leído los textos que ha enviado. Como siempre son una lección. ¿También el texto fechado en 2001 es suyo? Es conmovedor. Un saludo Magda

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