LA PANDEMIA Y EL PENSAMIENTO JUDÍO

La intrepidez de las sucesivas generaciones de judíos sobrevivientes de las cruzadas, los libelos de sangre, inquisiciones, expulsiones, guetos y pogromos, hizo que se dirigieran al Omnipresente en oración y lamentación. No cedieron a la sumisión ciega, tal como nos enseñaran Abraham

Avinu y Moshé Rabenu (que dialogaron pidiendo y no se conformaron con afirmar “tal es la voluntad de Dios”) o la visión sombría del destino, y continuaron, “esperanzados contra toda esperanza” aguardando la llegada de la Redención.

La actual pandemia ha convocado, como todas en el pasado, el resurgimiento de pensamientos que están influenciados por el ocultismo, la hechicería, el satanismo y el sentimiento de culpa. Es humano buscar un vínculo inevitable entre cosas distantes, pensando que necesariamente encontraremos simetrías. Pero esos mundos son a menudo opuestos y están plagados de concordancias mágicas que escapan a nuestra comprensión. También si se convierten en un salón de espejos convergentes y fascinantes, para crear culpa a los menos culpables. El daño que ocasiona este modelo es indescriptible y acompaña a las personas por muchos años.

Recordemos que cuando la Peste Negra afectó a Eurasia en el siglo xiv y provocó la muerte de por lo menos 25 millones de personas, se difundieron rumores de que se trataba de una conspiración judía, murmullos que se convirtieron en una terrible persecución. Provocaron un “vuelo colectivo” al mundo de las fantasías demonológicas que dio lugar a un engaño masivo, que pagaron inocentes.

Es fácil y popular atribuir las plagas del Covid-19 a la ira del Creador y (lehavdil) –distinguiendo-, al diablo, y la pecaminosidad de la humanidad. Ello evita la posibilidad de aprovechar la crisis como una oportunidad para replantear nuestra responsabilidad mutua en primer lugar entre nosotros y en segundo, frente al mundo. Desperdicia la crisis para transformarnos y ser mejores y más solidarios. Y como suscriptores del Pacto de Sinaí, revisar si lo estamos cumpliendo. Una pandemia aclara la naturaleza de la acción: con cada uno de nuestros actos somos garantes del otro y él lo es de los nuestros. El ejemplo de mantener distancia física es más que ilustrativo, nos protegemos del contagio y simultáneamente evitamos enfermar al “otro” si estuviéramos infectados.  

Debemos cuidarnos de aprovechar los temores de las personas para apercibirlas a realizar cualquier actividad bajo la advertencia que sufrirán los castigos más graves que se puedan imaginar. Tenemos que alejar de nosotros las amenazas del tormento eterno en el infierno que les espera a los pecadores, el suplicio de la oscuridad total, del hedor horrible, del fuego abrasador, de la compañía de demonios horribles, como las describe magistralmente James Joyce y copian y mejoran los predicadores. Acaso, ¿puede la amenaza del terror de los castigos producir un compromiso sostenido con la piedad o la bondad, más que momentáneos y superficiales? No. Los logros más nobles de los seres humanos, y en particular de los judíos, están impulsados no por amenazas que producen ansiedad y miedo, sino por modelos positivos de piedad, compromiso, empatía y santidad.

Nadie debe poner en duda que incluso cuando la presencia divina parece oculta e inescrutable, el Pacto aún permanece intacto.

A lo largo de nuestra historia, algunos “moralistas” judíos y muchos más no judíos, han tendido a explicar el sufrimiento porque hemos pecado, pese a que culpar a la víctima, es un camino poco judío. Recordemos la postura de algunas ilustres personalidades de ese tipo que declararon que el Holocausto fue el castigo de Dios por el “mayor pecado jamás cometido por el pueblo judío: el Sionismo”. O, cuando hace apenas una docena de años otros afirmaron que el huracán Katrina fue un castigo por la presión del presidente Bush sobre Israel para retirarse de Gush Katif, ilustran el absurdo.

Un poco de modestia no nos haría mal para poder decir que no sabemos leer los pensamientos del Todopoderoso y que por ende no entendemos lo que nos está sucediendo.

Debemos cumplir con todos los preceptos porque somos parte del Pacto, y no porque pensemos que la pandemia es un castigo por el “relativismo moral o posmodernismo”, ni por habernos dejado influenciar por “la cultura gentil”, incluida la academia y los viajes de placer. La pandemia no es un sistema pedagógico divino, para terminar con las profanaciones públicas de Shabat, ni es un catalizador para la venida de Mashiaj, tampoco es una llamada para despertar la aliá de los judíos de la diáspora. 

Hay otro tipo de respuestas en caso de pandemia como la del venerado genio talmúdico, el rabino Israel Salanter que alentó la práctica del refinamiento del carácter y el desarrollo ético personal. Cuando se produjo el brote de cólera que se cobró vidas incalculables entre 1846 y 1860, Salanter centró todas sus energías en salvar vidas; se involucró en los esfuerzos de ayuda y alistó activamente a sus estudiantes de yeshivá para que salieran y cuidaran a los enfermos; alquiló un edificio para servir como un hospital de 1.500 camas y recaudó fondos para atender a los enfermos; instó a obedecer las órdenes de los médicos; ordenó a la gente que no ayunara en Kipur porque así lo pidieron los médicos; acortó los servicios de la sinagoga, etc. Obviamente los más recalcitrantes de su época lo combatieron, pero no le amedrentaron. A él recordamos hoy, pero, de quienes lo agredieron nadie se acuerda.

Los creyentes tenemos fe que, “no se oirá más hablar de violencia en tu tierra, ni de despojo o quebranto en tus fronteras, antes llamarás a tus murallas «Salvación» y a tus puertas «Alabanza». No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a .A. por luz eterna, y al Señor por tu hermosura. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues .A. será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto. Todos los de tu pueblo serán justos, para siempre heredarán la tierra; retoño de mis plantaciones, obra de mis manos para manifestar mi gloria. El más pequeño vendrá a ser un millar, el más chiquito, una nación poderosa. Yo, .A., a su tiempo me apresuraré a cumplirlo.” (Yeshayahu 60). 

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