Vayshlaj

Breve comentario – Bereshit 32
Breve comentario – Bereshit 33
Breve Comentario – Bereshit 34
Breve Comentario – Bereshit 35

Los conflictos morales

Mientras nos encontramos en un quebradizo alto el fuego con el Hamas, merecemos meditar en la lectura de este shabat en el que aparece el dilema que plantea la lucha con el enemigo.

Los soldados y los pueblos temen por su derrota, pero no menos, sienten angustia moral ante la victoria.

Cuando Yaakov se encuentra en camino a su casa después de una ausencia de 22 años, se entera que Esav sale a su encuentro con una fuerza de 400 hombres. Está aterrorizado.

Yaakov sabe que muchos años antes, su hermano estaba simplemente esperando la muerte de su padre Ytzjak para vengarse de su hermano mellizo. Su gran contingente de personas armadas sugirió a Yaakov que Esav tenía intenciones violentas. Yaakov se prepara. Según nuestros sabios hizo provisiones para la guerra, dividiendo a su gente en dos bandos, con la esperanza de que al menos una parte sobreviviera, invoca a Dios para protegerlo y envía regalos con la esperanza de calmar la ira de Esav.

Pero, una frase particular de la Torá llamó la atención de los sabios: “Entonces Yaakov tuvo mucho temor y se angustió; y dividió la gente que estaba con él, y las ovejas, las vacas y los camellos, en dos campamentos…” (Bereshit 32: 7). Uno de los dos ejes de la frase parece redundante. Si Yaakov tenía miedo, estaba afligido, y si estaba desesperado, tenía miedo. ¿Por qué usar las dos afirmaciones en el texto bíblico que no gasta ni una letra sin sentido? El midrash nos explica: Yaakov tenía mucho miedo – por el recelo que lo mataran, pero estaba angustiado – porque quizás él debía asesinar (Rashí)”.

El temor de Yaakov era físico – el miedo a la muerte. Su angustia, sin embargo, era moral – el temor de que él mismo podría verse obligado a matar a su hermano.

Pero esto, como señalan los comentaristas, es desconcertante. Hay una regla en la ley judía que si alguien viene a matarte, puedes adelantarte y matarlo (Sanedrín 72a). Este es un principio básico de la defensa propia, sin la cual no puede haber derecho a la vida.

¿Por qué entonces Yaakov estaba afligido por su temor de estar obligado a matar para sobrevivir? Si, en la lucha, se vio obligado a matar a Esav para proteger su propia vida, él estaría actuando plenamente en su derecho. Esta es la respuesta sugerida por el rabino Shabetai ben Joseph Bass (1641–1718) en Siftei Jajamim comentario a Rashí. Se podría argumentar que Yaakov seguramente debería haber tenido ningún reparo en matar a Esav, porque [el Talmud] afirma explícitamente: Si uno viene a matarte, defiéndete matándolo; No obstante, Yaakov, efectivamente, tenía reparos. Temía que en la refriega podría matar a algunos de los hombres la de Esav, que no tenían la intención de matar a Yaakov, pero se limitaban a luchar contra los hombres de Yaakov. Y aunque los hombres de Esav perseguían a los hombres de Yaakov, y todas las personas tienen el derecho a conservar la vida de la perseguirse a costa de la vida del perseguidor, no obstante, existe una disposición: si el perseguido se podría haber salvado sin proceder a mutilar a un miembro del perseguidor, o sin matarlo, se hace responsable a la pena capital por ese motivo. De ahí que Yaakov estaba justamente angustiado por la posibilidad de que, en la confusión de la batalla, podría matar a algunos de los hombres de Esav en vez de haberlos sujetado para sólo infligir una lesión o para llevarlos como cautivos.

Las reglas de legítima defensa no son un permiso abierto para matar. Uno se limita a la mínima fuerza necesaria para protegerse del peligro.

La angustia de Yaakov se debió a que él podría matar a alguien cuando con una lesión simple habría sido suficiente para neutralizarlo. Esta es la ley que restringe lo que hoy se llama daño colateral; el asesinato de civiles inocentes, aunque llevado a cabo en el curso de defensa personal.

Los sabios dicen algo similar en la frase inicial de Bereshit 15. En el capítulo anterior describe victoriosa guerra de Abraham contra los cuatro reyes, llevadas a cabo para rescatar a su sobrino Lot. Entonces leemos: Después de esto, la palabra de Dios vino a Abram en una visión. Él dijo: No temas, Abram, yo soy tu escudo. Su recompensa será muy grande ;(Bereshit 15: 1).

La pregunta es obvia: ¿de qué temió Abraham? Acabó victorioso en la batalla. No tenía motivo para no tenerlas todas consigo. Por ello, los comentarios del Midrash: “Otro motivo de temor de Abram después de matar a los reyes en batalla fue su repentina comprensión de que: Tal vez había violado el mandamiento divino que el Santo, bendito sea, mandó a los hijos de Noaj: El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada”. Sin embargo, ¿cuántas personas he matado en la batalla?; (Tanjumá Buber, Lej Lejá 19).

Otro midrash dice algo diferente y más concretamente: “Abraham estaba llena de recelo, pensando para sí: Tal vez había un hombre justo o temeroso de Dios entre las tropas que mató”. (Bereshit Rabá, 44:4).

¿Qué está pasando en el pensamiento de los autores de estas fuentes?

Para responder tenemos que emplear la idea del dilema moral.

Este concepto se utiliza a menudo imprecisamente, en el sentido de un problema moral, una decisión ética difícil. De hecho, significa algo más específico. Un dilema moral surge en los casos de conflicto entre distintas interpretaciones del derecho y del bien y el mal – cuando, hagamos lo que hagamos, estamos haciendo algo que en otras circunstancias no deberíamos hacer. La idea de dilema moral, aparece cuando una persona debe optar entre distintas posibilidades que, de una u otra forma, pueden producir una situación censurable desde el punto de vista ético. En ocasiones, el dilema moral se produce cuando es necesario elegir el mal menor o cuando se trata de un medio punible a nivel ético pero que persigue un objetivo altruista o bondadoso.

El Talmud Yerushalmi (Terumot 8) describe uno de esos casos, cuando un fugitivo de los romanos, Ulla bar Koshev, se refugia en la ciudad de Lod. Los romanos rodean al pueblo, diciendo: Entrega al fugitivo o nos matará a todos. El rabino Joshua ben Levi persuade al fugitivo que se entregue.

Este es un caso complejo, muy discutido en la ley judía, pero es uno en el que ambas alternativas son trágicas. El rabino Joshua ben Levi actúa de acuerdo con la ley judía, pero el profeta Eliyahu le pregunta ¿Es este el camino de los piadosos? [Vezu Mishnat hajasidim?]

Jean-Paul Sartre, al hablar de las decisiones existenciales, dio el ejemplo de un francés durante la guerra que tiene una madre anciana y enferma con nadie más puede cuidar de ella. ¿Se debe quedar con su madre, o debe unirse a la resistencia? O en el caso, tan común de plantearnos si ¿debemos despedir a un trabajador ladrón y deshonesto, con el riesgo que no encuentre trabajo en otro lado, o regañarle sabiendo que igualmente nos seguirá robando? Y, ¿si se trata de un político? O, ¿de un funcionario religioso que se apropia de dinero de tzedaká?

La vida nos presenta muchas situaciones que son particularmente comunes en la vida pública, que a veces se enfrentan a los cursos de acción a largo plazo que pueden parecer positivos, pero con los que podemos sentirnos profundamente inquietos como individuos. No hay respuestas fáciles en estos casos. Si las hubiera, no serían dilemas.

Los dilemas morales, son un hecho de la vida. Hay momentos en que un ser humano bueno, incluso si hace lo correcto, todavía van a experimentar remordimiento o arrepentimiento.

Todavía vamos a sufrir desasosiegos de conciencia a pesar de que sabemos que tenemos justificación en lo que hacemos.

Ese estado de ánimo nació hace miles de años, cuando Yaakov, el padre del pueblo judío, los experimentó y las Escrituras nos las transmitieron.

Y nosotros podemos aprender también de ello.


Yaacov no puede ejercer dominio sobre su propia familia.

​“Se enteró Yaakov de que Shjem había deshonrado a Dina, su hija. Sus hijos estaban con su ganado en el campo, y calló Yaakov hasta que ellos regresaran” (Bereshit 34: 5). El Redak señala que Yaakov se negó a hablar con “mirma”, el engaño que usaron sus hijos “Los hijos de Yaakov respondieron a Shjem y a Jamor, su padre, con palabras engañosas”. Acusa a sus hijos de avergonzarle ante las naciones del mundo y ponerle en inminente peligro de destrucción. “Entonces dijo Yaakov a Shimón y a Leví: —Me habéis puesto en un grave aprieto al hacerme odioso a los habitantes de esta tierra…, como tengo pocos hombres, se juntarán contra mí, me atacarán, y me destruirán a mí y a mi casa”. El Redak cita que Yaakov tenía miedo “como de costumbre”, mientras que sus hijos eran “hombres de valor” que fueron a vengar la vergüenza infligida.

 Sin embargo, hay otra dimensión a los sentimientos de Yaakov. Él, que representaba la esencia de “emet” se “ofuscó.” La gente veía la “mirma”, el engaño, de su familia y Yaakov percibe que ello mancilla su reputación. En esta parashá vemos como Yaakov ha vuelto a ser “ish tam, yoshev ohalim — hombre entero, que habitaba en tiendas- ” y aquí, se ve obligado a enfrentarse al “mundo exterior”, con su compromiso con la verdad.

Yaakov que había salido triunfante sobre Lavan, Esav, el ángel y cada obstáculo, no tenía dominio sobre Dina, “la hija de Lea” y sus hermanos, que siguen el camino que Yaakov no aprueba. En su berajá a Shimón y Leví, Yaakov realmente desea ser disociado de ellos.

Yaacov no puede ejercer dominio sobre su propia familia. Esta es la clave de las siguientes parashiot.

La familia de Yaakov comienza a desmoronarse, sus hijos, sin su conocimiento, siguen sus propias inclinaciones. Sólo al final de la historia todos van a reunificarse alrededor de su lecho de muerte.

La moraleja de esta historia: Uno no debe tomar sus propios éxitos demasiado en serio: es más fácil a veces controlar grandes fuerzas externas que no sean de su propia familia. El éxito de Yaakov como ish haemet se debió a sus esfuerzos, pero, cuando se convierte en complaciente y aún peor en autocomplaciente, el mundo del sheker –la mentira- se hace cargo. También cuando se trata de patriarcas.


¿Cómo podemos entender que la Torá le de la “última palabra” a Shimón y Leví?

 La vejación de Dina alcanza su punto culminante con los brutales asesinatos perpetrados en Shjem por Shimón y Leví. Masacran a todos los hombres, y las mujeres y los niños son tomados prisioneros, robados los rebaños y saqueadas las posesiones.

En respuesta a sus acciones, encontramos dos actitudes opuestas: la de Yaakov, quien dice con ira, “a Shimón y a Leví: “Me han acarreado extrañamiento, haciendo de mí un hedor a los habitantes del país, para los cananeos y los perizitas; mientras que yo soy pocos en número, y ellos ciertamente se reunirán contra mí y me asaltarán y tendré que ser aniquilado, yo y mi casa”” (Bereshit 34:30), y los dos hermanos, respondieron: ““¿Había alguien de tratar a nuestra hermana como a una prostituta?” (34:31).

¿Cómo podemos entender que la Torá le da la “última palabra” a Shimón y Leví? Al igual que en un juicio penal, la última palabra es reservada para el acusado antes de pronunciarse el fallo del juicio. Sólo entonces podremos juzgar.

Yaakov realmente tenía dos respuestas al asunto, una la que aparece aquí en nuestra Parashá, la otra en Parashat Vayejí (Shimón y Leví son hermanos. Instrumentos de violencia son sus armas de degüello. En su grupo íntimo no entres, alma mía. Con su congregación no vayas a unirte, disposición mía, porque en su cólera mataron a hombres, y en su arbitrariedad desjarretaron toros. Maldita sea su cólera, porque es cruel, y su furor, porque actúa con dureza. Permítaseme distribuirlos en Yaakov, y permítaseme esparcirlos en Israel. (Bereshit 49:5-7).

Aquí, su respuesta es pragmática: La ley es indefendible porque pone a toda la familia de Yaakov en riesgo– “Mis hombres son pocos en número, de manera que si se unen contra mí y me atacan, yo y mi casa seremos destruidos”.

Pero desde su respuesta más adelante en Vayejí nos enteramos que su objeción a sus acciones se basa en el derramamiento de sangre inocente. Cuando, en su lecho de muerte, Yaakov reúne a sus hijos en su torno para bendecirles, él no olvida la matanza que Shimón y Leví perpetrada contra los habitantes de Shjem.

Poco antes de morir, Yaakov descartó cualquier esperanza que Shimón hubiera podido abrigar de recibir la primogenitura que había perdido su hermano mayor Reuvén. Shimón tuvo seis hijos, uno de una mujer cananea. Como se profetizó, las porciones asignadas a las tribus de Shimón y de Leví estaban ‘esparcidas’; la porción de Shimón estaba dividida en ciudades enclavadas en el territorio de Judá. (Bereshit 46:10; Shemot 6:15; 1 Divrei Hayamim 4:24; Yehoshúa 19:1.).

A partir de esta reacción, nos enteramos de que Yaakov no acepta su justificación, que estaban obligados a “proteger el honor de Dina”.

El crimen moral en la matanza de inocentes es tan grande, que el bárbaro acto no podía justificarse. No es el aspecto pragmático el que caracteriza a sus actos inaceptables, sino el mal moral.

En la ocasión trascendental de la bendición para sus hijos, Yaakov no oculta su aversión por su acto de venganza y en lugar de la bendición, él maldice con una maldición, de la talla de la que no encontramos en toda la Biblia.

Yaakov no acepta ninguna justificación. ¿Cuál fue su coartada? La “violación del honor de la familia.

 Pero el Netziv (rabino Naftalí Tzvi Yehuda Berlín, 1817-1893) encuentra un motivo suplementario que cita en su comentario Haamek Davar: “Cada uno de los dos hermanos tuvo un motivo independiente para establecer esta deflagración: uno llegó con la emoción de vengar el honor de la familia–con un fuego exterior (Heb. esh zara) [es decir, un motivo inaceptable]. Los demás vinieron con celo por Dios y sin ningún tipo de consideraciones personales, y ese fuego es el fuego del Señor (Heb. shalhevetya, véase el Cantar de los Cantares 8:6). No obstante, aun con un fuego interior de ese tipo se debe tener extremo cuidado ya que de lo contrario se puede hacer un daño incalculable.” 

Debemos preguntarnos: ¿Puede el temor del cielo tomar la forma de acciones monstruosas? No sólo el Netziv afirma que los hermanos actuaron de pésima manera, Ramban-Najmánides, busca motivaciones Halájicas, también en su comentario a nuestra Parashá. Él trata con Rambam-Maimónides’ (ver Mishné Torá, leyes de Reyes, capítulo 9, 14) que, de hecho, todos los habitantes de la ciudad de Shjem estaban sujetos a la pena de muerte porque no detuvieron a Shjem cuando intentaba violar a Dina, y de esta manera trasgredieron una de los siete leyes de Noaj (establecer un sistema judicial). Pero Najmánides rechaza cualquier intento de encontrar justificación halájicas para el acto. Ambos, el Netziv y Ramban, acuerdan que quien intenta, por motivos halájicos, justificar el asesinato   sin discernimiento, yerra gravemente y tergiversa extraordinariamente la Halajá.

Cuando   denigró las acciones de sus hijos, Yaakov se sublevaba contra la denegación de justicia.

Shabetai Ben Yom Tov, autor de Hamikrá Kifshuto, explica que el versículo ” Y los hijos de Yaakov empezaron a contestar a Shjem y a Jamor su padre con engaño, y a hablar así porque él había contaminado a Dina su hermana”. (34:13): “La Torá da la razón por la que hablaron con engaño (Heb. bemirma); porque se dieron un heter halájico (permiso), porque Shjem había cometido un ultraje, como explica Rashí. La intención de sus palabras es clara: Shimón y Leví eran conscientes de que estaban a punto de derramar sangre inocente pero encontraron una justificación halájica a causa de su deseo de vengarse. De ello se deduce que todos los comentaristas plantean la misma opinión: Uno no puede explicar la masacre con la afirmación simplista de que “Shimón y Leví fueron bárbaros”. Por el contrario, eran religiosos, inteligentes e informados en la Torá. La lección es que incluso esas personas responsables, en virtud de excusas y heterim, pueden hundirse a un nivel que les vuelvan capaces para exterminar a toda una ciudad sin percibir que cometieron un crimen moral de los peores.

En la justificación de abominaciones como estas con argumentos pseudo-halájicos Shimón y Leví no están solos.

El Talmud relata que en el propio Templo de Yerushalaim, tuvo lugar un asesinato acerca del cual ya hiciera referencia. “Una vez   dos cohanim que estaban corriendo por la rampa del altar para ofrecer sacrificios, cuando uno de ellos llegó cerca de su espacio el otro tomó una daga y lo hundió en su corazón. … Todo para enseñarnos que las leyes del servicio, les importaban más que el derramamiento de sangre” (Yoma, 23b).

Este terrible suceso simboliza el declive moral que según los rabinos, había en el Segundo Templo. Demuestra que la vacuidad moral no esquiva a los eruditos y los sacerdotes. El Midrash nos enseña que ya en los albores de la historia, la gente solía encontrar justificación religiosa por el asesinato como sucedió con Caín. 

Como en nuestra Parashá, el texto rechaza tal justificación completamente. Incluso esta objeción es pragmática y con más fuerza reza cuando Yaacov utiliza la palabra “hacerme odioso” (Heb. lehavisheni).

Esta es una rara palabra bíblica y demuestra un sentimiento de indignación y conmoción en la condena a la acción de sus hijos.

Notas:

Comparar Shemot 5:21 y les dijeron: “Mire el Señor sobre ustedes y los juzgue, pues nos han hecho odiosos ante los ojos de Faraón y ante los ojos de sus siervos, poniéndoles una espada en la mano para que nos maten.

2 Shmuel 16:21 Y Ajitofel respondió a Absalón: Llégate a las concubinas de tu padre, a quienes él ha dejado para guardar la casa; entonces todo Israel sabrá que te has hecho odioso a tu padre, y las manos de todos los que están contigo se fortalecerán.

  El rapto de Dina

La Torá en Parashat Vayishlaj habla del rapto de Dina por Shjem y describe la reacción de sus hermanos al oír la tragedia: וַיִּתְעַצְּבוּ הָאֲנָשִׁים וַיִּחַר לָהֶם מְאֹד “vayitatzvu haanashim vaijar lahem meod” – “quedaron muy dolidos y, llenos de ira”.

Avraham ben Harambam, cita a su abuelo, rabenu Maimón, al señalar la distinción entre los dos verbos en esta frase: “vayitatzvu” y “vaijar”. Mientras que el segundo denota rabia y un deseo de venganza. “Vayitatzvu” significa que a los hijos de Yaakov les dolió la desgracia que le sucedió a su hermana, mientras que “vaijar” significa que se sentían inclinados a vengarse del autor y sus agresores.

El énfasis de rabenu Avraham en esta distinción quizás intente subrayar dos etapas de la reacción emocional de los hermanos frente a la noticia del rapto de su hermana: primero el dolor y luego la ira.

Al notar la diferencia entre estas dos emociones, rabenu Avraham nos desea enseñar que no necesitan coexistir; Es posible sentir tristeza sin sentirse enojado.

Demasiado a menudo, la ira fluye directamente del dolor. En nuestro frenético esfuerzo por aliviarnos del dolor emocional de la tristeza, nos enfadamos y buscamos atacar a la persona que nos causó el dolor.

En el caso de los hijos de Yaakov que reaccionan a la violación de su hermana, los sentimientos de venganza son comprensibles y tal vez incluso válidos. Sin embargo, este caso marca la excepción, en lugar de la regla.

Muy a menudo, la respuesta de “vaijar” es inapropiada. Incluso cuando experimentamos “vayitatzvu”. Cuando nos sentimos agraviados, desanimados o angustiados, deberíamos balancear antes de dejarnos llegar por “vaijar”. Somos capaces, y por lo general esperamos vivir con la incomodidad de la tristeza sin recurrir a la ira.

Rara vez la venganza es la solución al dolor emocional.

Debemos entrenarnos para lidiar con las frustraciones y desafíos de la vida sin enojo, reconociendo nuestra capacidad de manejar sentimientos difíciles, sin arrebatos de rabia, sin irritación y sin hostilidad. Es un aprendizaje muy difícil.

Si no lo podemos hacer solos no nos debe avergonzar pedir ayuda.

Por lo general ello es mejor que tomar la justicia en manos propias.

Los episodios relatados en la Parashá nos permiten inferir también modelos que podemos aplicar en otros casos.

 ¿De quién es la culpa?

“Salió Dina, la hija de Lea que le había dado a luz a Jacob, a ver a las hijas del país. Y la vio Shjem hijo de Jamor, el jiveo, príncipe de aquella tierra; la tomó, yació con ella y la afligió” (Bereshit 34:1-2).

“Dijo R’ Berajiá en nombre de R’ Levi: Una persona tenía en su mano un trozo de carne, y cuando el ave de rapiña lo vio, voló hacia él y lo apresó. Así, cuando Dina hija de Lea, salió, la vio Shjem hijo de Jamor y la poseyó” Midrash Rabá.

Lo que sucedió entre Shjem y Dina y posteriormente entre los hijos de Yaakov y ese grupo, presentan un desafío gigante a nuestros jajamim que intentan explicarnos las razones más profundas de la conducta humana y las reacciones de nuestros patriarcas. También deben enfrentarse a muchas preguntas. ¿Hay culpables? ¿La víctima tiene la culpa? ¿La educación que recibió fue equivocada? ¿Las actitudes de la madre que imita inconscientemente no eran las mejores? ¿El violador puede reparar su acción cuando, enamorado desea tomar a la víctima como esposa? ¿Después de la acción, cuál debe ser la reacción del entorno familiar? ¿A qué se debió la inacción del padre?

La Torá identifica a Dina en este contexto como hija de Lea, quien junto a Yaakov, se mantuvo en silencio después del terrible incidente por el cual había pasado la joven. Rashí, basándose en el midrash Bereshit Rabá 81, nos explica que la referencia a la madre y no al padre en el versículo, se debe porque también Lea, solía salir, tal como leímos previamente (30:16) “Cuando Yaakov volvía del campo, Lea salió a su encuentro…”

Como podemos ver, ese midrash, culpa a Lea por la salida de Dina, porque ella misma, salía…, atribuyendo a la víctima y a su madre lo que le sucedió, en lugar de hacerlo al violador.

Otros midrashim, adjudican el suceso a Yaakov, por haber escondido a su hija, cuando “aquella misma noche Yaakov se levantó, tomó a sus dos esposas, a sus dos esclavas y a sus once hijos, y cruzó el vado del río Yaboc” (32:22), para que no cayeran en manos de Esav, antes de su lucha con el ángel. Ya que el versículo habla de los 11 hijos, el midrash pregunta, ¿dónde está la hija que falta? Y contesta que “la colocó en una caja que cerró para evitar que el malvado Esav pusiera sus ojos en ella y la tome” (Bereshit Raba 76,9). ¿De qué se culpa a Yaakov? – de haber impedido que su hija se una a su propio hermano, cuando esa unión hubiera podido lograr modificar a Esav por la influencia de Dina y se hubiera producido, tal como comenzaba a ser tradición en la misma familia.

Hasta aquí la culpa es del padre o es de la madre. No es de la hija. No es de Shjem.

“Yaakov se enteró de que Shjem había violado a su hija Dina pero, como sus hijos estaban en el campo cuidando el ganado, no dijo nada hasta que ellos regresaron” (34:5). El padre que con valor había planeado hasta el último detalle su encuentro con su hermano y se había enfrentado durante largas horas luchando cuerpo a cuerpo con el ángel, de pronto queda silenciado. El midrash, nos trae la cita de Mishlé 11:12, que dice “el hombre de entendimiento se queda callado”, dándole un valor al silencio, que es el grito más fuerte y desgarrante del dolor. Yaakov no sabía aún que Shjem, “se enamoró de ella y trató de ganarse su afecto. Entonces le dijo a su padre: «Consígueme a esta muchacha para que sea mi esposa». Pero, parece que está dispuesto a aceptar a los habitantes de la tierra como parte de su familia. Pero, sus hijos, los hermanos de Dina no piensan así. “Al tercer día, cuando los varones todavía estaban muy doloridos, dos de los hijos de Yaakov, Shimón y Leví, hermanos de Dina, empuñaron cada uno su espada y fueron a la ciudad, donde los varones se encontraban desprevenidos, y los mataron a todos. También mataron a filo de espada a Jamor y a su hijo Shjem, sacaron a Dina de la casa de Shjem y se retiraron. Luego los otros hijos de Yaakov llegaron y, pasando sobre los cadáveres, saquearon la ciudad en venganza por la deshonra que había sufrido su hermana” (34:25-26).

Pero, si hay acaso, encontramos un silencio que amerita ser analizado es el de la misma Dina.

¿Qué pensaba Dina? ¿Quería o no deseaba quedarse en la casa de Shjem cuando sus hermanos la sacaron de allí? Si releyéramos el caso de Amnón y Tamar, encontraríamos allí la voz de Tamar expresando su sentir sin lugar a dudas.

En nuestra parashá, su sentimiento omitido da lugar a poner el acento en la relación entre la familia patriarcal, y las de los otros pueblos. El verbo utilizado repetidamente para describir la acción de Shjem es mancillar (el concepto hebreo es tumá, impureza ritual).

Es también el midrash arriba citado, que al equiparar la actitud del violador al de una ave de rapiña, deja establecido con claridad que los rapaces no van con vueltas, cuando quieren la presa la toman, se abalanzan sobre ella, no temen, y no les importa en manos de quien esté. Incluso si ponen en peligro su vida. La víctima, pues, no es la culpable. Tampoco su familia. Pese al terrible drama de Dina, la familia de Yaakov, a diferencia de la de sus padres y abuelos que tuvieron que expulsar a los hijos, permanece unida. Tendrán conflictos internos, no habrá exclusiones de parte del padre.

Después que se perdiera la oportunidad que quizás Yaakov deseaba, de integrar a toda la familia de Shjem que había pasado por parte del proceso de conversión al aceptar integrarse y pasar por la cirugía nada fácil para adultos de la circuncisión, le queda a Yaakov su propia familia. Los hijos de Yaakov, unidos en acciones innecesarias de castigo colectivo, y dos de ellos, también en el asesinato del grupo de Shjem, son reprendidos por su padre que cree en otro tipo de justicia. Ellos no habían hecho ningún intento de reparación, ni el que establece la Torá en Devarim 22: 29… “el hombre le pagará al padre de la joven cincuenta monedas de plata, y además se casará con la joven por haberla deshonrado. En toda su vida no podrá divorciarse de ella”.

Ya en su enfrentamiento con su hermano, Yaakov nos había brindado una lección que hay que prepararse para todas las eventualidades y usar todos los medios a su alcance para sobrevivir. Ya en la lucha con el ángel de la cual salió victorioso pero herido, sabía que de él se espera otra cosa. Pero, como padre, no siempre pudo lograr que sus hijos sigan su camino.

La discusión entre padre e hijos, parece formar parte del dilema de integración a otro pueblo que tiene otras normas de conducta, asimilarse y desaparecer de la historia, o separarse totalmente de esa posibilidad.

Cuando Yaakov ordena limpiar los ídolos, quizás hace referencia a aquellos que después de la acción de los hijos contra la familia de Shjem, los trajeron consigo.

-Coherencia- exigió Yaakov, si ya no nos mezclamos, (habrá pensado) tal como yo mismo luché para evitar siquiera dos tipos de valores en la familia e impedí que mi hija se quede con mi hermano, malvado a mis ojos, y ustedes siguieron ese principio y no aceptaron a la familia de Shjem pese a su circuncisión que es la muestra más valedera de la sinceridad que tenían de unirse con nosotros, quiten también los símbolos de la fe que no compartimos. La parashá debería haber terminado con estos versículos: “Entonces Yaakov dijo a su familia y a quienes lo acompañaban: «Desháganse de todos los dioses extraños que tengan con ustedes, purifíquense y cámbiense de ropa. Nos vamos a Bet El. Allí construiré un altar al Dios que me socorrió cuando estaba yo en peligro, y que me ha acompañado en mi camino.» Así que le entregaron a Yaakov todos los dioses extraños que tenían, junto con los aretes que llevaban en las orejas, y Yaakov los enterró a la sombra de la encina…” (35:2-5)

Un comentario Agrega el tuyo

  1. QUERALT MERINO, BERNARDO dice:

    Yerahmiel, muy querido amigo y respetado Rabino. Espero y deseo que todos vosotros estéis bien. Yo he tenido un Diciembre muy “ajetreado”, con mucha presión asistencial en el Hospital, pero también ha habido cabida para un congreso en Málaga y para un viaje que hemos hecho Ruben (mi hijo) y yo solos a Sevilla. Se merecía este regalo y ha disfrutado mucho del viaje. Hemos visitado el campo de fútbol del Betis (del que somos seguidores razonables, nl fanáticos) y nos hemos “pateado” gran parte de Sevilla, preciosa ciudad, además por estas fechas engalanada de luces por las fiestas navideñas.

    La parte más negativa (digamoslo así) es mi constante preocupación por la situación política en España. Me cuesta asumir, aunque lo sé, que Ds pone reyes y quita reyes; querría ser yo el que quitara y pusiera gobernantes, y tengoclaro a quien quitaría, pero entiendo que no me corresponde a mí, sino a Él; además soy consciente de que yo lo haría fatal. En fin, Yerahmiel, que te pido que (si lo tienes a bien) en tus oraciones pidas por España, que lo necesitamos.

    Un fuerte abrazo, y sigue enviándome por favor, tus “Parashots” de la Torá.

    Bernardo

    ________________________________

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