Bereshit

Nuevamente iniciamos y descubrimos…

“Esa es la razón que el hombre fue creado en forma unipersonal para enseñarnos que quien destruye a una sola persona, la Torá lo considera como si destruyese un mundo entero. Y que aquél que salva una sola persona, la Torá lo considera salvador de todo un mundo. Y para enseñarnos la grandeza de .A.. En efecto, cuando el hombre funde muchas piezas con un sólo molde, todas se asemejan; .A., en cambio, ha modelado al hombre a la efigie del primer hombre, empero, ninguno se parece a su prójimo” (Sanedrín 4:5)

Mi más cercano compañero en el uso de las piruetas literarias me comentaba que iniciar otra vuelta en la lectura y el estudio de la Torá, tiene algo de grandioso, de ‘allegro ma non tropo’.

Para él es más que claro que éste, será el último año de su ignorancia, que por fin va a comprender todo y en todos sus aspectos. Que desde ahora la Torá le va a hablar, por fin, a él, y percibir definitivamente que la Torá fue recibida para él, para que al fin la pueda leer y estudiar como si fuera la primera vez. En éste año, sabe, que se convertirá en un ben Torá y agregaba que ‘no hay mejor comienzo del año que iniciar, desde ‘El Principio’: desde Bereshit.

Quedé extasiado al recibir estas líneas que ahora comparto con ustedes. En pocos renglones, me explicó el significado de Bereshit y casi de toda la vida judía. Al grado que siento que agregar cualquier letra a las citadas podría hacer perder el gozo y la alegría que su trascripción puede provocarles. Confieso que le envidié su regocijo. Pero, manifiesto también, que me lo contagió.

Bereshit se lee después de jornadas de oración y reflexión, de alegrías y de cantos y bailes por el privilegio del goce en el estudio y no es de sorprender entonces que convoque a la nostalgia de épocas que fueron extremadaménte creativas. En la añoranza propia que provoca la repetición, aparece un flash de la época en la que, con algunos de los lectores, gozamos un año completo interpretando de cien maneras, sólo el primer versículo del Libro de los Libros. Fue un buen entrenamiento para sumergirnos en el inagotable mar de la parshanut, aún a riesgo de perder perspectiva del mensaje.

También me acuerdo, las discusiones con las lererkes del kínder de Yavne, sobre la utilidad de hacer que los niños de 4 y 5 años memoricen la Creación de cada jornada, cuando el mismo Shlomó el más sabio de todos los hombres, no consiguió entender sus misterios. Supongo que los niños siguen aprendiendo esos conceptos que obligatoriamente olvidarán hasta encontrarse, ya adultos, nuevamente con la sucesión de las etapas de la Creación. Sabemos de sobra que el gremio de los docentes es el menos propenso a aceptar algún cambio en la metodología y en los contenidos.

Pero Bereshit, el Libro Primero, es algo muy especial. Desarrolla a todo su largo una crónica de los conflictos entre los hermanos que fueron nuestros antepasados y que nos marcaron con su sello. Imprimieron en nosotros sus virtudes y nos dejaron el recuerdo de sus errores, todos humanos, que intentamos disimular. Al releer sus vidas, nos encontramos con tantos contrastes, que parecen pertenecernos, como si fueran parte de nuestra propia biografía. La diferencia es más en los tamaños de la experiencia que en su modo.

En el principio, después de recorrer la creación del Universo, de los cielos y la tierra, la luz y la oscuridad, el mar y la tierra seca, los frutos y los animales, leemos: “Y .A. creó al Adam a su imagen; a imagen de .A. lo creó, hombre y mujer los creó” (1:27). Ese versículo es la base del valor del ser humano, de su igualdad entre sí, de su semejanza y similaridad, y de su amor. Ya nos enseñó Rabí Akiva, “querido es el hombre que fue creado a Imagen”, derivando del versículo la prohibición del derramamiento de sangre, aún antes de la entrega de la Torá. Prohibición que sería infringida muy rápidamente.

En la discusión entre Rabí Akiva y Ben Azay acerca del principio más valioso de la Torá, si el “ama a tu prójimo como a ti mismo” de Vaikrá 19:18, y “Cuando .A. creó al ser humano, lo hizo a semejanza de .A. mismo. Los creó hombre y mujer” (5:1-2), rabí Akiva considera que el amor es el máximo valor, pero Ben Azay eleva a la igualdad por encima de cualquier otro valor. El tiempo hizo que el pueblo judío adoptara ambos principios como valores superiores. De esos valores logró legislar infinidad de normas fundamentales. Si ofendes a un individuo no es a la persona a la que agravias, sino es a .A. mismo. Después de todo, los humanos no somos más ni menos que Imagen.

El “amarás a tu prójimo”, no es una expresión teórica. Es una obligación, precedida por la obligación de amarse a uno mismo. Rabí Akiva le fijó una limitación aparente (Baba Metzia 62 a), “tu vida precede a la de tu prójimo e Hilel la interpretó diciendo que “lo que odies no lo hagas a tu próximo” (Shabat 31a), porque es muy difícil aplicar positivamente una frase que parece declarativa.

El principio de la creación “a imagen” presenta diversos dilemas que, por lo menos quienes residimos en Israel, tenemos que enfrentar casi a diario. Un ejemplo de ellos, son las acciones que el ejército y las fuerzas de seguridad tienen que llevar a cabo para salvar la vida de seres humanos amenazados por la acción de grupos terroristas. En este caso, Israel debe obligatoriamente perseguir a todos los que quieren afectarle, ya que también el “otro”, el enemigo, debe actuar según las normas, que acepten que nosotros también tenemos “imagen”. Esa lucha de autodefensa debe hacerse éticamente, y sin alegría. Cuando Yéoshafat el rey de Yéudá derrotó a los amonitas y a los moabitas, leemos en II Divrei Hayamim 20: 21-22: “Al día siguiente, madrugaron y fueron al desierto de Tecoa. Mientras avanzaban, Yéoshafat se detuvo y dijo: «Habitantes de Judá y de Jerusalén, escúchenme: ¡Confíen en .A., y serán librados! ¡Confíen en sus profetas, y tendrán éxito!» Después de consultar con el pueblo, Yéoshafat designó a los que irían al frente del ejército para cantar a .A. y alabar el esplendor de su santidad con el cántico: «Den gracias a .A.; su gran amor perdura para siempre.» La Torá nos desafía para encontrar un verdadero equilibrio basado en nuestros valores.

Regresemos al tema de la Creación a Imagen. De la lectura del versículo aprendemos que todos, sin excepción, fuimos creados siguiendo la Imagen. Los ricos y los necesitados, los judíos y los gentiles, los fuertes y los débiles, por lo que no debemos intentar exclusiones. Esa es la fuente de los Derechos Humanos y de las obligaciones en el judaísmo. Estamos obligados a respetar los derechos, incluso cuando se trata de actitudes de nosotros con nosotros mismos. No tenemos derecho a declinar nuestra autodeterminación, como no tenemos derecho a renunciar a nuestra vida buscando abreviarla por la razón que fuere, ni el derecho a dañar nuestro cuerpo o nuestra alma. Tampoco nosotros mismos tenemos el derecho de afectar a la Imagen que llevamos dentro como don. Quien avergüence a una persona, deshonra a la Divinidad que está en contenida en ella. Así nos dice la mishná en Sanedrín 4:5: “Esa es la razón que el hombre fue creado en forma unipersonal para enseñarnos que quien destruye a una sola persona, la Torá lo considera como si destruyese un mundo entero. Y que aquél que salva una sola persona, la Torá lo considera salvador de todo un mundo. Y para enseñarnos la grandeza de .A.. En efecto, cuando el hombre funde muchas piezas con un sólo molde, todas se asemejan; .A., en cambio, ha modelado al hombre a la efigie del primer hombre, empero, ninguno se parece a su prójimo”.

Misterioso pero real. Clarísimo. Sin vueltas. Tan simple y tan difícil de llevar a cabo.

El dilema presentado por Rabí Akiva, pregunta qué hacer cuando dos amigos se encuentran en el medio del desierto teniendo bebida suficiente que permitiría que uno solo de los dos pueda seguir vivo. La respuesta instintiva parecería que es mejor que los dos mueran, sin embargo el maestro nos enseña que “nuestra vida prevalece sobre la del otro”. Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto: « ¿Qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano para que lo tomes en cuenta?» Pues lo hiciste poco menos que un dios, y lo coronaste de gloria y de honra: lo entronizaste sobre la obra de tus manos, todo lo sometiste a su dominio”. Palabras más que claras, a las que les permito agregar, simplemente “porque lo creaste a Tu imagen”.


Los eventos cosmopolíticos de la Creación

La primera parashá de Sefer Bereshit se ocupa de los eventos cosmopolíticos de la Creación; las primeras generaciones de la humanidad; la jerarquía de la Naturaleza (“y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra …”); las relaciones entre el hombre y Dios (el Jardín del Edén, la recompensa y el castigo); el matrimonio (“no es bueno que el hombre esté solo”); la muerte (“hasta que vuelvas a la tierra”); la Divina Providencia (“la voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”); y la esperanza de vida dado a hombre (“serán sus días ciento veinte años”). Las lecciones extraídas de las historias relatadas aquí están los fundamentos de la forma en que Dios guía el mundo. Parashat Noaj que leeremos la próxima semana, también se ocupa de un evento cósmico cuyo impacto se siente más allá del reino de la humanidad y que remodela las relaciones entre Dios, el hombre y la naturaleza. Los acontecimientos de las parashiot de Bereshit y Noaj y cubren cientos de años e influyen en todo el curso del mundo. En la historia del Jardín del Edén, el hombre y la mujer son los únicos seres humanos que habitan en el mundo, por lo que es difícil definir su pecado de comer del fruto prohibido como una perversión moral. Su aspecto religioso se expresa con gran elocuencia en Devarim 30: “Mira, yo he puesto hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal; pues te ordeno hoy amar a .A. tu Dios, andar en sus caminos y guardar sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y te multipliques, a fin de que .A. tu Dios te bendiga en la tierra que vas a entrar para poseerla….” – “bondad” es amar Dios y observar sus mandamientos, y la desobediencia es el “mal”. Adam lo aprendió cuando recibió el primer mandamiento. Cuando no pudo someterse a él, iba a descubrir que él había elegido el mal, y revelaría cómo difería de la bondad que habría sido su parte si hubiera obedecido la orden. El árbol es la prueba de elegir entre el bien y el mal, entre lo que está permitido y lo que está prohibido, entre la vida y la muerte. Y no tiene nada que ver con el contenido de la disposición. Por el contrario, el hombre se está probando para ver si puede evitar ser influenciado por consideraciones prácticas de la utilidad de la orden recibida, de manera que su deseo es únicamente obedecer la Fuente del precepto. Adam recibe este comando para que no se piense a sí mismo como Dios; él debía saber que hay un soberano por encima de él, que le dictamina y prescribe. El fruto del árbol no era intrínsecamente nocivo; no había ninguna sustancia mortal en él. Por el contrario, era apto para el consumo. La grandeza de los siervos de Dios reside en su obediencia a Sus órdenes, en el reconocimiento de la grandeza de Aquel que manda. El pecado de Adam fue el sabotaje a la pureza del servicio Divino. Hasta que pecó al comer del árbol del conocimiento del bien y el mal. La motivación detrás de la obediencia en la realización de las mitzvot es la sumisión a lo que Dios manda. La lógica de la orden, cuando su razón no es clara para aquellos a quienes les ordenó, está en la virtud de haber emanado de Dios. Adam expresó el debilitamiento de la fe pura. Después del pecado, se introdujo un miramiento adicional: el miedo al castigo. Pese a todo, la amenaza del castigo en nada varió la conducta humana. Adam, el primer hombre no había podido entregarse a la fe total y sus descendientes están en permanente lucha para lograrlo.


Las tres caras de Adam [1] por el rabino Norman Lamm

La historia de la Torá sobre Adam nunca tuvo la intención de ser simplemente la biografía del primer ser humano. Sin embargo, es un intento bíblico de satisfacer nuestra curiosidad ociosa sobre nuestros orígenes. Más bien, es una fuente de lo que podría llamarse antropología bíblica, la visión de Dios del hombre. Por lo tanto, se trata de una interpretación profunda en cuanto a la naturaleza del hombre, desde las primeras y breves percepciones del Midrash hasta las últimas disertaciones filosóficas.

Sugeriré tres ideas, todas basadas en el nombre de Adam.

La Torá insinúa, pero nunca declara abiertamente, que el origen del nombre es adama, tierra, y por lo tanto deja abierta la cuestión de la derivación del nombre Adam y sus significados.

Algunos distinguidos orientalistas y lexicógrafos afirman que el Adam hebreo está relacionado con el adamu asirio, para hacer o producir. De esta derivación, aprendemos que la superioridad del hombre, su dotación carismática, su dignidad espiritual, reside en su genio tecnológico. Él es, como su Creador, creativo. Fue colocado en el Jardín del Edén “para trabajarlo y protegerlo” (Bereshit 2:15), para desarrollarlo y mejorarlo. El rabino Leibele Eger, un gran erudito que se convirtió en un jasid del rabino de Kotzk, una vez regresó de una visita a su maestro y dijo que una de las tres cosas que aprendió en Kotzk fue: “Bereshit bará Elohim”. Cuando se le preguntó qué quería decir así, dijo: “Aprendí que Dios creó solo Bereshit, solo el principio: el hombre debe hacer todo lo demás”. El hombre, Adam, debe ser adamu, un creador, productor y creador.

En una interpretación notable, los sabios (Mishlé Rabá 19: 1) nos revelaron la misma percepción de otra manera. Leemos que cuando Abraham se encontró con el rey de Shalem después de derrotar a los captores de Lot, el rey, Melquisedec, le dijo: “Baruj Avram leEl Elyon, Koné shamayim vaaretz” (Bereshit 14:19), generalmente traducido como: “Bendito sea Abram para Dios Altísimo, Poseedor (o: Creador, ya que ‘koné’ en realidad significa ‘el que hace’) del cielo y la tierra”. Los rabinos, sin embargo, sostienen que la última frase, “Koné shamayim va ‘ aretz”, no se refiere a Dios sino a Abraham! Melquisedec bendijo a Abraham, el creador del cielo y de la tierra, para Dios el Altísimo. Lo que los rabinos querían decir, por supuesto, era que Abraham era el creador del mundo de una manera espiritualizada; es decir, en virtud de su mérito y su justicia, sostuvo el mundo. Hoy, sin embargo, podemos darle un giro literal a esa declaración rabínica: ¡el hombre se ha convertido en el maestro de la tierra y del cielo también! Con nuestros viajes y exploraciones en el espacio, nosotros, los sucesores de Abraham, hemos extendido nuestra hegemonía sobre los cuerpos celestes y nuestro propio globo terráqueo. De hecho, el rabino Menajem M. Kasher, en un artículo que apareció en Hapardes, sostiene que el aterrizaje en la luna fue el cumplimiento de una profecía de Yeshayahu que tiene que ver con el fin de los días. Yeshayahu. 24:23. dice que en el tiempo del Mesías, la luna se avergonzará o avergonzará (La luna se avergonzará, y el sol se confundirá, cuando .A. de los ejércitos reine en el monte de Sión y en Jerusalén, y delante de sus ancianos sea glorioso.). La humanidad una vez adoró la luna, luego cantó sobre ella y la admiró, y ahora los hombres han aterrizado en la luna, violando su integridad y humillándola. Hemos establecido nuestro dominio de nuestro vecino más cercano.

Por lo tanto, al ejercer nuestra función adamu, mejoramos la ciencia, la ingeniería y la medicina; construimos ciudades, domesticamos la naturaleza y disfrutamos de los beneficios de la vida moderna. Esta no es la totalidad del hombre. Si así fuera, el hombre no sería más que una máquina con una computadora en la parte superior. A diferencia de las máquinas o los animales, el hombre tiene la capacidad de tener relaciones personales. El hombre está involucrado no solo con las cosas, sino también con los seres; él no solo tiene un cerebro, sino un corazón, y esta cualidad se deriva del divino “aliento de vida” que Dios sopló en las fosas nasales del hombre (Bereshit 2: 7).

Sin tener en cuenta los principios de la lingüística científica, un famoso estudioso talmúdico ofrece una penetrante visión de la naturaleza del hombre que no es menos válida debido a su etimología defectuosa. El rabino Ezequiel Landau, rabino de Praga, y conocido como el autor de Noda Biyehudá, afirma que el Adam hebreo proviene de adamé, que significa: “Seré como”. Adam se satisface cuando logra adamé, cuando se compara a sí mismo e imita a Dios, quien es un janun verajum veerej apayim, misericordioso, amable y paciente. Adamé, por lo tanto, deletrea la dimensión de calidez y relación.

Entonces el hombre es más que un funcionario, más que un productor o consumidor. Es más que un tendero, mecánico, abogado o industrial. ¡Es un humano! Su patrimonio neto puede medirse en dólares, pero su valor final y real solo puede juzgarse en términos de amistades y amores, de influencia y buenas obras.

Hay una máxima común: “No puedes llevártelo contigo”. Sin embargo, el salmista lo expresó de manera ligeramente diferente: “Porque cuando muera no llevará nada, ni descenderá tras él su gloria”. (49:18). No decimos que no puede llevárselo absolutamente; solo que no puede llevarse “todo” consigo. Pero hay ciertas cosas que puede llevar como su porción para el mundo venidero: recuerdos preciados, una buena reputación, amor, buenas obras, mitzvot realizadas. La función adamu del hombre cesa con su último aliento; la función adamé continúa más allá de eso.

El conflicto entre las generaciones, y no es realmente entre las generaciones como tal, sino entre dos estilos de vida y filosofías: una establecida y defensiva, la otra emergente y militante, puede expresarse como la actitud hacia el equilibrio entre adamu y adamé. La filosofía pragmática que hizo grande a Estados Unidos, que ideológicamente fundó la civilización occidental, estimuló la ciencia y dio impulso a la tecnología, vio a Adam como adamu. La grandeza del hombre radica en su creatividad, su productividad, su dominio.

El nuevo pensamiento, sin embargo, rechaza este papel como la principal definición del hombre. Enfatiza a Adam no como adamu sino como adamé: la situación existencial del hombre, su libertad, su amor y su autoexpresión, sus relaciones con su familia, sus vecinos, su comunidad y su integridad. No desea construir el mundo mudo a su alrededor, sino el ser vivo interior; no para producir sino para experimentar; no para crear sino para relacionarse.

Las líneas se están dibujando en nuestros tiempos. La generación establecida toma una línea dura contra los revolucionarios, condena a todos los críticos de la sociedad y el statu quo como “hippies”. Y hay momentos en que el segmento establecido de la sociedad invita a los excesos de crítica, como, por ejemplo, cuando el gobierno anuncia con un florecimiento que la semana pasada solo perdimos sesenta y cuatro hombres en Vietnam, lo que significa que nos complace que haya sido tan bajo, pero que revela mientras tanto su orientación básica: para el buen funcionamiento de la máquina militar, sesenta y cuatro los hombres son realmente prescindibles. En la misma semana, los líderes financieros del gobierno nos informan que por un golpe de buena fortuna y gran sabiduría, hemos logrado un 4 por ciento de desempleo. Una vez más, el gobierno indica que en su intento de aliviar la presión de la inflación para la población total, una cierta cantidad de “inconvenientes” es inevitable[2]. Pero los críticos más jóvenes no quieren aceptar esta excusa. Quizás en el sistema de economía bajo el cual vivimos, una cierta cantidad de desempleo es inevitable e incluso necesaria. Pero entonces, si miramos el problema desde el punto de vista de estos individuos oprimidos, miserables y humillados que se quedan sin trabajo, ¡tal vez todo el sistema económico debería ser derrocado! Quizás toda la sociedad esté podrida y corrupta si esto es todo lo que puede hacer. Quizás debería disolverse nuestra forma de gobierno que permite una participación en Vietnam que puede deleitarse con una tasa de mortalidad de sesenta y cuatro por semana.

Y los rebeldes, por su parte, son indiscriminados en su rechazo de la sociedad y sus valores. No seleccionan los valores duraderos mientras rechazan los que son perjudiciales. Desdeñan el trabajo y la productividad, la ciencia y la tecnología. Dan por sentado sus ventajas y condenan acríticamente toda la filosofía que hizo posible estos beneficios.

Obviamente, ambos tienen razón y ambos están equivocados, ya que ambos son necesarios. Adamu solo conduce a una visión dura y despersonalizada, y reduce a los humanos a engranajes en una rueda. ¡Pero adamé solo da como resultado una sociedad en la que no hay ruedas en las que no debamos ser engranajes! Significa que, en lo que respecta a la civilización, nos estancamos y, en última instancia, debemos ser derrotados por la naturaleza, por enfermedades y tormentas y todo lo demás contra el cual la tecnología es un escudo.

Entonces se necesitan ambas definiciones o caras de Adam, adamu y adamé. Sin embargo, estos dos todavía son insuficientes. Incluso con el progreso material y las relaciones personales viables, el hombre puede permanecer insatisfecho, infeliz, poseído por un vacío interno. Con todo esto, todavía carece de algo trascendente, de algo sagrado, algo más allá de la naturaleza y más allá del hombre, algo sobrenatural. Con todos sus logros, Adam hoy está atormentado por la misma pregunta que enfrentó al primer Adam: “¿Ayeka?” “¿Dónde estás?” ¿A dónde vas, cuál es el significado de tu vida, cuál es el propósito de todo?

Adamu y adamé no agotan el significado de Adam, porque el judaísmo requiere una tercera dimensión, produciendo tres caras de Adam. Exige otra faceta más a la totalidad de la existencia del hombre.

En un típico vuelo característico de la filología romántica y especulativa, que a menudo tiene poca relación con los hechos científicos, el rabino Shimshón Raphael Hirsch sostiene que el nombre Adam deriva de la palabra hebrea hadom, que significa “taburete”. Así, Yeshayahu dice en el nombre de Dios, “hashamayim kisi veaaretz hadom raglai”, “El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo?” (66:1). Y David dice: “veishtajavu lahadom raglav kadosh Hu”, “postraos ante el estrado de sus pies; Él es santo”. (Salmos 99: 5).

¿Qué significa esto? El hombre siempre quiere sentirse significativo y necesario, que lo que hace tiene sentido y propósito. Por lo tanto, el judaísmo nos dice que todo hombre debe ser un sheliaj, un mensajero o un embajador. Cada uno de nosotros debe sentir que somos el hadom raglav, el estrado de Dios, que llevamos a cabo Su misión, que lo que hacemos o todos llevamos a un fin divino más elevado. Esta no es una explicación por separado, sino una interpretación de las otras dos sugerencias: ya sea adamu o adamé, ya sea en la oficina o en el hogar, ya sea en la fábrica o con la familia, debo tratar de promover las causas de Dios actuando como Su hadom. Ya sea como creador técnico o como humano en relación con otros, debo verme como un estrado del Señor. Solo entonces puedo estar seguro de evitar los extremos de ser demasiado difícil: un mero productor; o demasiado suave: alguien que se deleita en relaciones etéreas que no tienen un valor objetivo o un valor duradero.

Quizás a eso se referían los rabinos de la Cabalá cuando decían que los patriarcas se convertían en merkavá, en un carro o vehículo para el Señor. El hombre justo es aquel que pone su vida a disposición de Dios y lleva a cabo sus causas. No siempre sabemos de antemano qué función se nos ha asignado, pero el descubrimiento y la ejecución de ese propósito, eso es toda la vida.

No es de extrañar que el Dr. Viktor Frankl, en su gran libro, La búsqueda del significado del hombre, sostenga que, psicológica y existencialmente, el hombre necesita un propósito y un sentido en la vida tanto como alimento, sexo y poder. Es una dimensión fundamental de su ser. El hombre como hadom, como portador de una misión, es el embajador de Dios, y hace a adamu soportable y duradero.

Cuando el hombre explora los aspectos hadom de su naturaleza, aspira a ser más que humano. Pero sin eso, debe forzosamente permanecer menos que humano. El hombre puede ser comercial, científico, doméstico y socialmente exitoso si solo persigue la calidad adamu de su vida y mejora la dimensión adamé, pero sigue siendo lamentablemente inadecuado si finalmente no tiene sentido en todas sus acciones.

Entonces, como pueblo y como individuos, debemos recapitular la historia del primer Adam. Al igual que Adam, debemos luchar por adamu, transformar la vida en un Jardín del Edén. Al igual que Adam, debemos intentar tener éxito en adamé, en nuestras relaciones personales, en el cumplimiento de nuestra humanidad. Pero de nuevo, como Adam, esa pequeña pero poderosa voz que lo desconcertó todavía nos persigue: “¿Ayeka?” ¿Dónde estás, qué significado tiene tu vida?

Y la respuesta debe llegar sin dudarlo: yo, Adam, estoy listo para convertirme en un hadom, un estrado de Dios y poner mi vida a su servicio.


[1] Extraído de   Dr. Norman J. Lamm’s Derashot Ledorot: A Commentary for the Ages – Genesis, coeditado por OU Press y Maggid Books

[2] Se debe tomar en cuenta la fecha y el lugar donde fue escrito este artículo

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