Behaalotja

Ante la absoluta libertad del desierto… lamentamos las cadenas

La riqueza de la Torá nos permite descubrir en cada palabra, y hasta en cada letra, secretos inescrutables que no se presentan en ningún otro texto que conocemos.

Vemos un ejemplo en este fragmento de la lectura de este Shabat: “¡Cómo echamos de menos el pescado que comíamos gratis en Egipto! ¡También comíamos pepinos y melones, y puerros, cebollas y ajos! Pero ahora, tenemos reseca la garganta; ¡y no vemos nada que no sea este maná!»… Moshé escuchó que las familias del pueblo lloraban, cada una a la entrada de su tienda, con lo cual hacían que la ira del Eterno se encendiera en extremo. Entonces, muy disgustado, Moshé oró al Eterno: —Si yo soy tu siervo, ¿por qué me perjudicas? ¿Por qué me niegas tu favor y me obligas a cargar con todo este pueblo? ¿Acaso yo lo concebí, o lo di a luz, para que me exijas que lo lleve en mi regazo, como si fuera su nodriza, y lo lleve hasta la tierra que les prometiste a sus antepasados?  Todo este pueblo viene llorando a pedirme carne. ¿De dónde voy a sacarla?  Yo solo no puedo con todo este pueblo. ¡Es una carga demasiado pesada para mí!  Si éste es el trato que vas a darme, ¡me harás un favor si me quitas la vida! ¡Así me veré libre de mi desgracia!”.

De este texto estudiamos sobre el ser humano más que de cualquier tratado de sociología y de psicología social. De cómo, teniendo cubiertas todas sus necesidades, las familias no sólo permanecen inconformes sino que protestan porque no se han satisfecho sus gustos aprendidos en la esclavitud. Y además, algo muy importante sobre la mentalidad “esclava” (y todos la tenemos un poco)… ¡idealizamos la esclavitud! Ante la absoluta libertad del desierto… lamentamos las cadenas, no nos acordamos de las vilezas, el asesinato infantil, el trabajo sin tregua y sin objetivo alguno, no queremos ser libres, queremos volver a la esclavitud!

Pero, aprendemos mucho más aún de la personalidad de Moshé. Él, líder indiscutible del grupo, reconoce ante .A. que no puede con el pueblo que se ha convertido en una carga demasiado pesada para él.  Su frustración es grande al grado que pide morir. Pero aquí hay que fijarnos en que no pide la muerte para todo un pueblo tan insidioso, pide morir él ya que no puede con la carga.

Pero… no menos admirable es su respuesta a las habladurías de sus propios hermanos: “Moshé había tomado por esposa a una “cushit”, así que Miriam y Aarón empezaron a murmurar contra él por causa de ella.  Decían: « ¿Acaso no ha hablado el Eterno con otro que no sea Moshé? ¿No nos ha hablado también a nosotros?» “Y el Eterno oyó sus murmuraciones”… y el verso siguiente nos sorprende con la afirmación que “Moshé era muy humilde, más humilde que cualquier otro sobre la tierra”. La continuación es bien sabida, pero, ante esa agresión de su propia familia, Moshé queda sin palabras. No le contesta a su hermana que le había salvado la vida cuando Faraón decidió exterminar a todos los niños, ni a su hermano que le había seguido a lo largo de la vida. Ante la provocación que surge en la propia familia no tiene discurso. Di-s es quien sale a su defensa y  lo hace en su nombre “¿Cómo se atreven a murmurar contra mi siervo Moshé?» 

La respuesta a la conducta de Moshé se encuentra  en el versículo 3 que interrumpe la secuencia del relato: “Moshé era muy humilde, más humilde que cualquier otro sobre la tierra”. 

Cuando el pueblo se subleva a .A., Moshé sale a defender la justicia, pero, cuando es él quien sufre de los ataques, responde con el silencio.

La humildad no es auto-humillación. Es la capacidad de permanecer en silencio. Es poder cambiar la propia perspectiva por la del “otro” considerando y teniendo en cuenta el punto de vista, la concepción del mundo, los intereses, la ideología del otro; y no dando por supuesto que la “de uno” es la única posible. Es reconocer la majestad del Creador, la belleza del mundo, el poder de las grandes ideas, la llamada de los grandes ideales. La humildad es rechazar la ostentación de lo que se posee. Es valorar en su justo valor a otras personas. Es saber escuchar. Es no tener la falsa modestia de los pequeños que se creen grandes, y de los pequeños aún que se creen enormemente grandes.

Moshé como líder desafía a la gente, hasta el cansancio. Como ser humano, prefiere soportar las afrentas y después incluso pedir para que sus ofensores no sean castigados. La mayoría de los actos generosos se hacen en silencio, alejándose en lo posible del reconocimiento público. Esa es la mayor  revelación del espíritu humano, porque la virtud no necesita anunciarse.


Crisis del liderazgo de Moshé

Esta parashá, nos presenta una nueva crisis del liderazgo de Moshé, de pronto, los hijos de Israel se quejan por el alimento: “Al populacho que iba con ellos entra en apetito voraz. Y los hijos de Israel también volvieron a llorar, y dijeron: «¡Quién nos diera carne! ¡Cómo echamos de menos el pescado que comíamos de balde en Egipto! ¡También de los pepinos y melones, y puerros, cebollas y ajos! Y ahora nuestra alma se seca; pues nada ven nuestros ojos sino este maná!» (Bemidbar 11:4-6).

No es éste el primer incidente en el que los hijos de Israel se comportan ingratamente. Recordemos lo estudiado en Shemot, capítulos 15 al 17, inmediatamente después de la travesía del mar Rojo. En Mará se quejaron de que el agua era amarga. Entonces, en términos más agresivos, protestaron contra la carencia del alimento: “Moshé les ordenó a los israelitas que partieran del Mar Rojo y se internaran en el desierto de Sur. Y los israelitas anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. Llegaron a Mara, lugar que se llama así porque sus aguas son amargas, y no pudieron apagar su sed allí. Comenzaron entonces a murmurar en contra de Moshé, y preguntaban: «¿Qué vamos a beber?» Moshé clamó al .A., y él le mostró un pedazo de madera, el cual echó Moshé al agua, y al instante el agua se volvió dulce” (Shemot 15:22-24).

Más adelante, en Refidim, se quejaron de la ausencia del agua: “Y altercó el pueblo con Moshé, y dijeron: Danos agua para que bebamos. Y Moshé les dijo: ¿Por qué altercáis conmigo? ¿Por qué tentáis a .A.? Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? (17:2-3).

El episodio en nuestra lectura semanal – en el lugar conocido como Kivrot Hataavá – no es el primer desafío que Moshé tuvo que enfrentar sino el cuarto:

“Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de .A., y acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese. Y altercó el pueblo con Moshé, y dijeron: Danos agua para que bebamos. Y Moshé les dijo: ¿Por qué altercan conmigo? ¿Por qué tientan a .A.? Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moshé, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Entonces clamó Moshé a .A., diciendo: ¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un poco me apedrearán” (17:1-4).

En un extraordinario arrebato Moshé quiere morir y ruega que ello suceda después de haber superado problemas mayores aún. Ruega morir: “Moshé escuchó que las familias del pueblo lloraban, cada una a la entrada de su tienda, con lo cual hacían que la ira de .A. se encendiera en extremo. Entonces, muy disgustado, Moshé oró a .A.: —Si yo soy tu siervo, ¿por qué me perjudicas? ¿Por qué me niegas tu favor y me obligas a cargar con todo este pueblo? ¿Acaso yo lo concebí, o lo di a luz, para que me exijas que lo lleve en mi regazo, como si fuera su nodriza, y lo lleve hasta la tierra que les prometiste a sus antepasados? Todo este pueblo viene llorando a pedirme carne. ¿De dónde voy a sacarla? Yo solo no puedo con todo este pueblo. ¡Es una carga demasiado pesada para mí! Si éste es el trato que vas a darme, ¡me harás un favor si me quitas la vida! ¡Así me veré libre de mi desgracia!” (Bemidbar 11: 10-15).

.A. le responde a Moshé. Y ante su pedido la reacción divina nos resulta extraña: “—Tráeme a setenta ancianos de Israel, y asegúrate de que sean ancianos y gobernantes del pueblo. Llévalos a la Tienda de reunión, y haz que esperen allí contigo. Yo descenderé para hablar contigo, y compartiré con ellos el Espíritu que está sobre ti, para que te ayuden a llevar la carga que te significa este pueblo. Así no tendrás que llevarla tú solo. »Al pueblo sólo le dirás lo siguiente: “Santifíquense para mañana, pues van a comer carne. Ustedes lloraron ante .A., y le dijeron: ¡Quién nos diera carne! ¡En Egipto la pasábamos mejor! Pues bien, .A. les dará carne, y tendrán que comérsela. No la comerán un solo día, ni dos, ni cinco, ni diez, ni veinte, sino todo un mes, hasta que les salga por las narices y les provoque náuseas. Y esto, por haber despreciado a .A., que está en medio de ustedes, y por haberle llorado, diciendo: ¿Por qué tuvimos que salir de Egipto?” (Bemidbar 11:16-20).

Aparentemente, las quejas de Moshé y la respuesta divina parecen no estar conectadas. Como que fuera éste un diálogo de mudos. ¿De qué manera los ancianos podrían tratar y apaciguar la crisis interna que experimentaba Moshé? ¿Él los necesitó para ayudarle a encontrar la carne? Claramente no. ¿Él los necesitó para compartir las difíciles cargas de la dirección? La respuesta es, otra vez, no. Ya, que mucho antes en Shemot, capítulo 18, siguiendo el consejo de Itró su suegro, Moshé había creado una infraestructura de gobierno basada en la delegación seleccionando a hombres capaces, temerosos de .A., dignos de confianza, y los designó como administradores de justicia.

¿Entonces qué fenómeno mágico sucedió para convertir el carácter de Moshé después de la respuesta divina? ¿Qué había en ella que tuvo tanta influencia? Es como si un nuevo Moshé se nos presentara. Es Moshé humilde, el más humilde que existe bajo la faz de la tierra. Ha pasado su desesperación. Ya no hay más crisis. Moshé responde a las rebeliones con confianza y con ecuanimidad. El rabino Moshé Lichtenstein, observa que hay un cambio marcado del tono entre el libro Shemot y el libro Bemidbar. Las quejas no cambian, pero .A. y las respuestas de Moshé son ahora distintas. El rabino Lichtenstein, sugiere que la volatilidad de la gente fue perdonable en la primera etapa. Debían haber tenido fe en .A. ya que nunca se habían enfrentado al mar Rojo, o al desierto, o a las carencias de alimentos y de agua. Pero, a partir de su mayor ofensa: el becerro de oro – conduce a una larga pausa en la narrativa, desde el capítulo 25 de Shemot al capítulo 11 de Bemidbar.

Mucha de la segunda mitad de Shemot, el libro entero de Vaikrá y los primeros diez capítulos de Bemidbar se dedican a los detalles del santuario. La secuencia de 53 capítulos, que queda fija en el desierto en Sinaí, representa un momento meta-histórico, una ruptura en el viaje de los israelitas de lugar a lugar. El tiempo y el espacio permanecen detenidos hasta la construcción del Tabernáculo. Recién allí pueden transformarse de ser una masa indisciplinada de esclavos fugitivos en una nación con la Constitución escrita en la Torá, que se somete exclusivamente a la soberanía de .A. centrándose física y metafísicamente en el Mishcán – el santuario-, que para ellos se presenta como la muestra visible de la presencia de .A.. Ahora son ‘un reino de sacerdotes y una nación santa’. (Shemot, 19:6)

Moshé se desesperó porque si la revelación en Sinaí, la experiencia de la cólera divina ante el becerro de oro y el largo trabajo de construir el Tabernáculo no los consiguieron cambiar, ¿qué podría hacerlo? La desesperación de Moshé es demasiado inteligible. Desde sus funciones, no había podido cambiar a esta gente, pero quizás .A., desde la perspectiva de la eternidad, podría ver un cierto rayo de la esperanza en el futuro. Moshé como humano, no podría. Por ello no quería vivir más.

Es lo que le sucede a un líder cuando se eclipsa el sol de la esperanza sobre su gente, después de haber intentado poner lo mejor de sus energías e inspiración. Moshé y después también Eliyahu, Irmiahu y Ioná ruegan morir.

Y .A., le da el regalo más grande, le dejó percibir la influencia que tenía en otros. Hasta ese momento sólo conocía quejas, los desafíos y las rebeliones de su pueblo. Y .A. le indica ver a los ancianos, gracias a los que hoy todavía se estudia su Torá. A través de ellos puede percibir al pueblo, a ese mismo pueblo, que le permitirá ser el más importante líder de toda la humanidad. Setenta ancianos habían internalizado su espíritu y habían hecho su mensaje propio. Gracias a esa no-respuesta de .A. comprendió que su vida no había sido inútil. Tenía discípulos que continuarían también su trabajo después que su vida finalice.

Ahora, excepto en Kadesh, muchos años después, podía cambiar, ser más ecuánime, más tranquilo, más contemplativo. Lo que le sucedió a Moshé le sucede a la condición humana. Nunca sabemos realmente cuánto hemos dado a otros – cuánto pudimos cambiar vidas sin haber obtenido reconocimiento. Moshé era humano y la gente era ingrata, rápida para criticar y quejarse. Pero eso estaba en la superficie.

Esa es la enseñanza para nosotros: Podemos dejar una herencia abundante, energía, incluso fama, pero éstas son ventajas cuestionables y a veces hacen más daño a los que dejamos detrás de nosotros, que beneficio. Pero cuando dejamos a otros nuestra influencia para el bien, y lo sabemos a tiempo, podemos juzgar a los rebeldes con mayor justicia.

Esa es la respuesta de .A. a Moshé. Respuesta que nos la da también a nosotros.

Los israelitas volvieron a llorar

  Los cambios que provocó el Éxodo mermaron la capacidad de nuestros antepasados de aceptar la nueva realidad. Eran esclavos recién redimidos y propicios a la frustración y a la falta de disfrute de cualquier actividad en el desierto, incluso del consumo del maná. Nada podía colmar su miedo. Su futuro era para ellos más que incierto. Flaqueaba su fe con la menor incertidumbre. Carecían de capacidad para afrontar situaciones diversas, desde las más leves hasta las complejas. La ininteligible personalidad de Moshé, nos enfrenta con la dificultad de percibirlo poco menos que angélicamente. Nos resulta casi imposible verle cuando parece percibirse como “un estorbo o una carga para los demás”. Casi no lo podemos imaginar disfrutando de la vida, excepto en el servicio al otro, ése parece que fuera su único placer. Tampoco en el ámbito familiar, que las Escrituras hacen trascender bastante difíciles. Pero, la única explicación que se nos ocurre lo suficientemente asequible por nuestras limitaciones es comprender que en nuestra parashá las quejas del pueblo de Israel en Qivrot Hataavá, “Al populacho que iba con ellos le vino un apetito voraz. Y también los israelitas volvieron a llorar, y dijeron: «¡Quién nos diera carne! ¡Cómo echamos de menos el pescado que comíamos gratuitamente en Egipto! ¡También comíamos pepinos y melones, y puerros, cebollas y ajos! Pero ahora, tenemos reseca la garganta; ¡y no vemos nada que no sea este maná!»…, son producto de su frustración, hasta comprensible por lo profundo de su humanidad. Pero, la respuesta de Moshé nos sorprende mucho más que las quejas de los siervos que aún no habían logrado cortar sus cadenas pese al Éxodo. Moshé «oró al Eterno: —Si yo soy tu siervo, ¿por qué me perjudicas? ¿Por qué me niegas tu favor y me obligas a cargar con todo este pueblo? ¿Acaso yo lo concebí, o lo di a luz, para que me exijas que lo lleve en mi regazo, como si fuera su nodriza, y lo lleve hasta la tierra que les prometiste a sus antepasados? Todo este pueblo viene llorando a pedirme carne. ¿De dónde voy a sacarla? Yo solo no puedo con todo este pueblo. ¡Es una carga demasiado pesada para mí! Si éste es el trato que vas a darme, ¡me harás un favor si me quitas la vida! ¡Así me veré libre de mi desgracia!» (Ver Bemidbar 11: 11-15). Otros líderes del período bíblico también pidieron morir. Cuando la reina Jezabel emite una orden de arresto contra Eliahu, después de su exitosa confrontación con los profetas de Baal en el monte Carmelo, Eliahu «se asustó y huyó para ponerse a salvo. Cuando llegó a Ber Sheva de Judá, dejó allí a su cria- do y caminó todo un día por el desierto. Llegó adonde había un arbusto y se sentó a su sombra con ganas de morirse. «¡Estoy harto, Señor! —protestó—. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados». Luego se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido». (1 Melajim 19, 3-4). También el profeta Ioná, oró al Eterno de esta manera: «—¡Oh Señor! ¿No era esto lo que yo decía cuando todavía estaba en mi tierra? Por eso me anticipé a huir a Tarshish, pues bien sabía que tú eres un .A. bondadoso y compasivo, lento para la ira y lleno de amor, que cambias de parecer y no destruyes. Así que ahora, Señor, te suplico que me quites la vida. ¡Prefiero morir que seguir viviendo! Y también el profeta Irmiahu, después que el pueblo no hizo caso a su mensaje y lo humilla públicamente expresa: «¿Por qué .A. no me dejó morir en el seno de mi madre? Así ella habría sido mi tumba, y yo jamás habría salido de su vientre. ¿Por qué tuve que salir del vientre sólo para ver problemas y aflicción, y para terminar mis días en vergüenza?» (Jeremías 20: 7-18). Los cuatro gigantescos líderes, cansados en sus funciones, actuaron humanamente, porque pese a su grandeza, sintieron que las encomiendas que .A. les había dado les superaban. Si ellos, ciclópeos de la historia, sufrieron tanto en el servicio al otro, imaginémonos lo que sienten los conductores de nuestro pueblo en nuestros días, carentes de su grandeza y de su inspiración. Casualmente el grito de frustración de Moshé, es un símbolo de su grandeza, que ojalá podamos emular cada uno en nuestra función. A quien nosotros percibimos casi como sobrehumano le surgen desde la profundidad de su sentimiento cualidades muy importantes: la fidelidad y la sensibilidad. Era nada más y nada menos que un ser humano. Podemos buscar emularlo. 


Quien no se eleva con la luz, queda paralizado

 ”Entonces el Señor habló a Moshé, diciendo: Habla a Aarón y dile: “Cuando eleves los candiles, frente del candelabro, hacia él alumbrarán los siete candiles.” Y así lo hizo Aarón; frente al candelabro elevó las velas, como el Señor había ordenado a Moshé. Y esta era la hechura del candelabro: de oro labrado a martillo; desde su base hasta sus flores fue obra labrada a martillo; según el modelo que el Señor le mostró a Moshé, así hizo el candelabro”.

Un Midrash nos dice: “El Santo Bendito le dijo a Moshé, -no he pedido que enciendan las velas porque Yo las necesite, sino para ofrecerles el mérito (a los hijos de Israel, de servir a D-os)-”. El Servicio divino beneficia a quien lo lleva a cabo. El pedido que haría Moshé a su hermano Aarón de encender los candiles del candelabro de una manera específica, no fue dado para satisfacer una necesidad de iluminación. Tampoco la fabricación de la menorá servía para que mejore la visión en el recinto.  Es también el Midrash que nos cuenta que un ciego caminaba por la calle llevado de la mano por un amigo que veía, y que cuando llegaron a la casa, el vidente le dijo a su amigo ciego que encienda la luz. –Durante todo el camino, me apoyé en ti, y tú me condujiste y  evitaste que tropiece, y ¿ahora me pides que yo encienda la luz? – pregunta el ciego. Parece un pedido absurdo pero, con ese acto, casi inútil, el ciego contribuye en algo y no se siente improductivo. Pese a no poder percibir su senda si no es conducido de la mano, puede contribuir en algo a quien lo lleva. Uno, le dio los medios para caminar y no extraviar el camino, el otro, mueve el botón de la luz. El ser humano, el ciego de este relato, también enciende una luz. No que haga falta, pero, es lo menos que puede dar a cambio de la que recibe.Hay en esta acción del invidente, sorpresa por un pedido que parece absurdo, pero, ese quehacer le brinda un profundo placer. Puede dar lo que ni él necesita por su ceguera, ni la persona que tiene visión porque ve. No es un acto vano, sin embargo, es un acto de gran valor.Por ello, la Torá usa el término Beahalotja – cuando eleven – y no dice ‘cuando enciendan’ o ‘cuando prendan’, ni ‘cuando iluminen’. Debemos entender así, que ‘elevar la luz’ cumple con la misión de ser una devolución humilde por la iluminación que recibimos. Ner mitzvá vetorá or, -traduciríamos en este contexto, cumplimos con la mitzvá de encender las velas, para compensar la luz que recibimos de la Torá. En ese cumplimiento de la mitzvá quisiéramos que se cumpla el dicho, una luz está en nuestras manos – la de la Torá – y una vela en las Tuyas – la de nuestra alma-, si cumplimos custodiando una, la otra también será cuidada. Casi un mandamiento educativo. Dar, encendiendo luces, aún si no hay oscuridad. Es un acto único. Inolvidable. Placentero. Devuelve prácticamente, sin costo, la dulzura que recibimos como obsequio de evitarnos tropezar con los obstáculos del camino de la vida. La luz de la Torá es dulce. Si uno se  educa en esa dulzura, el Conocimiento no lo abandonará. Por ello lo aprendido con placer no se borra jamás de la mente ni del corazón.

Elevar la luz, es un concepto que podemos equiparar a la frase del rabino Itzjak Hutner z”l que cuando arribó a la tierra de Israel, dijo –“no vengo a construir, he llegado a plantar”. Y sus alumnos no entendieron sus palabras hasta que él las explicó, diciendo, que lo construido queda en su lugar inmóvil, pero lo plantado crece. Como Adam, palabra que viene de la tierra, -adamá- esa parte de la naturaleza que no descansa jamás, que es el seno de la semilla que permite el crecimiento del fruto. Ese es el hombre y esa la mujer verdaderos, quien crece,  crea y procrea, que se eleva como la luz de la lámpara. Que no se queda en su lugar.

Cuando en la haftará leeremos:   כֹּה-אָמַר ד’ צְבָאוֹת, אִם-בִּדְרָכַי תֵּלֵךְ וְאִם אֶת-מִשְׁמַרְתִּי תִשְׁמֹר, וְגַם-אַתָּה תָּדִין אֶת-בֵּיתִי, וְגַם תִּשְׁמֹר אֶת-חֲצֵרָי–וְנָתַתִּי לְךָ מַהְלְכִים, בֵּין הָעֹמְדִים הָאֵלֶּה.     Así dice el Señor de los ejércitos: “Si andas en mis caminos, y si guardas mis ordenanzas, también tú gobernarás mi casa; además tendrás a tu cargo mis atrios y te daré libre acceso entre éstos que están aquí”,nos presenta una síntesis de la Torá toda. Desde el movimiento del Lej Lejá, pasando por la resolución de las paradojas, el diálogo con la divinidad, la búsqueda del camino que se hace caminando en la Halajá.  Quien no se eleva con la luz, queda paralizado y en realidad retrocede. Peca. Quien estudia construyendo sin elevarse no llega a los secretos del conocimiento. No puede alimentar las raíces. Se queda sin savia. No tiene la libertad de la creación. Quien no se eleva, quien no toma el riesgo de levantar un pie y apoyarlo y luego levantar el otro, para caminar, no alcanza a guardar las esperanzas y no gobernará la Casa.

Cuando al final de la parashá Miriam se enferma y su hermano Moshé grita la fórmula maravillosa: E’l na, refá na la – Por favor Señor, cúrala, por favor- en una imploración de sólo cinco breves palabras salidas de su corazón, quizás se inspiró en la elevación de la luz, y elevó sus ojos al Cielo, para recibir sus favores. Y Miriam se curó porque por la elevación pudo volver a ser armónica con su ser y encontrar en el caminar, la solución a su pena. En su elevación, la expiación por su error. Pudo curarse por la oración de su hermano, que llegó al Trono divino, pero también porque supo elevarse y salir de su traspié.Eso nos enseña Beahalotjá, y ello se complementa con el relato de los tropiezos de nuestro pueblo relatados en la parashá y con el versículo citado de la haftará, de por sí hermosa, con un mensaje inolvidable en otros versículos citados allí.Si tenemos la voluntad de elevarnos, cumpliendo con amor los preceptos y si sabemos movernos marchando para no quedarnos estancados en nuestra espiritualidad, nuestra luz, volverá en devolución iluminando nuestros caminos y no tropezaremos.Porque será la luz de la Torá.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Grace Nehmad dice:

    No decaer mi Rav! Que la fe en .A. persista en todo momento. Saber callar yescuchar profundamente, esperar con fe y paciencia, con trabajo y perseverancia. Elevarnos siempre, curarnos. Cerca siempre de la tierra, sembrar desde el centro del alma y vinculados a todo otro, sembrar para dar. Gracias mi Rav!

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