SHAVUOT

SINAÍ Y JOREV: LOS NOMBRES DE UNA PEQUEÑA MONTAÑA

Llama mucho la atención que nuestros sabios discutieran el nombre del lugar donde fue entregada la Torá a nuestro pueblo. Es evidente que detrás de ese debate, hay un recóndito secreto que debemos intentar dilucidar.

Los estudiosos de las Escrituras consideran que “Sinaí” y “Jorev” son los dos nombres de la misma montaña, que tenía además de otros tres: “Har Hae-lohim” (= “la montaña de Dios”), por haber recibido allí la revelación de la divinidad; “Har Bashán”, la última palabra interpretada como si fuera “beshen” (= “con los dientes”), porque gracias a su virtud la humanidad obtiene su sustento; y “Har Gavnunim” (= “una montaña pura como el queso”).

Los nombres “Jorev” y “Sinaí” se interpretan en el sentido, de “la montaña de la Espada (jerev)”, porque a través de ella el Sanedrín adquirió el derecho de condenar a un hombre a la pena capital y “hostilidad”, en la medida en que la montaña era hostil a los paganos (Shemot Rabá 2:6).

El Talmud de Babilonia en Shabat 89a-b da cuatro nombres adicionales a Sinaí: “Tzin”, “Ḳadesh”, “Ḳedemot” y “Parán”, pero declara que su nombre original era “Jorev” (comp. Midrash Abkir, citado en Yalkut Shimoni, Shemot, 169); que según Pirké de Rabí Eliezer 41, adquirió el nombre de “Sinaí” solo después de que Dios se le apareció allí a Moshé. 

El sueño de Yaakov es una alusión alegórica al Sinaí (Bereshit 28: 12), interpretando “escalera” como la montaña. Los rabinos también suponen que el pozo cerca del cual Yaakov conoció a Rajel (ib. 29:2) simboliza el Monte Sinaí.

El Monte Sinaí y Moshé habían sido predestinados desde los días de la Creación para encontrarse; y, por lo tanto, cuando Moshé dirigió a los rebaños de su suegro hacia él (Shemot 3:1), se movió desde su fundación y fue a su encuentro. Se detuvo solo cuando Moshé estaba sobre él; y ambos manifestaron gran alegría en la reunión. Además, Moshé reconoció que era el monte de Dios al ver que las aves se cernían, pero no se posaron sobre él. Según otra autoridad, los pájaros cayeron a los pies de Moshé (Yalkut Reubeni, Shemot, citando al Zohar).

La guemará citada nos dice: “Uno de los sabios le dijo a Rav Kahana: ¿Escuchaste cuál es la razón por la que la montaña se llamaba Sinaí? Rav Kahana le dijo: Es porque es una montaña sobre la cual se hicieron milagros [nisim] para el pueblo judío. El Sabio le dijo: De ser así, debería haberse llamado Monte Nisai, la montaña de los milagros. Más bien, Rav Kahana le dijo: es una montaña que fue un buen presagio [simán] para el pueblo judío. El Sabio le dijo: De ser así, debería haberse llamado Har Simanai, la montaña de los presagios… Rav Jisda y Raba, hijo de Rav Huna, dijeron: ¿Cuál es la razón por la que se llama Monte Sinaí? Porque es una montaña sobre la cual descendió el odio [siná] de las naciones del mundo porque no aceptaron la Torá. Y eso es lo que dijo el rabino Yosei, hijo del rabino Janina: El desierto en el que Israel permaneció durante cuarenta años tiene cinco nombres. Cada nombre tiene una fuente y una razón: el desierto Tzin, porque se le ordenó al pueblo judío [nitztavu] en él; Kadesh, porque el pueblo judío fue santificado [nitkadshu] en él. El desierto de Kedemot, porque la Torá que precedió [kedumá], al mundo, fue dada en él. El desierto de Parán, porque el pueblo judío fue fructífero [parú] y se multiplicó en él; Sinaí, porque el odio descendió de las naciones del mundo a la montaña en la que el pueblo judío recibió la Torá. ¿Y cuál es el verdadero nombre de la montaña? Jorev es su nombre. Y eso discute la opinión de rav Abahu, que dijo que se llama Sinaí. ¿Y por qué se llama Jorev? Es porque la destrucción [jurbá] de las naciones del mundo descendió sobre él”. A estos nombres deberíamos agregar si tuviéramos espacio, los que tienen clara connotación a los frutos de la región.

Dada la importancia que tiene para nosotros el Monte, intentaremos descifrar la discusión. Todo hace parecer que los rabinos deseaban decirnos que sin el Sinaí quedaríamos a merced de la siná (odio) y sin Jorev estaríamos a merced de la jurvá (destrucción), Necesitamos de la Torá no solo para frenar nuestro yetzer hará, nuestros designios negativos, sino también para dirigir el yetzer positivo que en algunos casos puede convertirse en un monstruo y volverse contra nosotros. Ambos conceptos pueden unirse para mostrarnos un camino sin violencia.

En otras palabras, aprendemos de los nombres Sinaí y Jorev que la Torá dada en ese monte nos sirve para evitar que ciertas virtudes exageradas nos destruyan. La honestidad es, todos estarán de acuerdo, un gran ideal. Pero la honestidad a veces puede convertirse en una franqueza desinhibida, y la franqueza a menudo se usa como una herramienta para humillar a otra persona, con total insensibilidad a sus sentimientos. La honestidad, entonces, puede usarse como un arma para aplastar a otro ser humano. La persona que honestamente te dice lo que piensa de ti, y en el proceso demuele tu ego, ha tomado una virtud y, debido a que no tiene fundamento en nada más profundo y más trascendente, ha permitido que se convierta en un instrumento de diseño maligno. La consistencia es otro de esos ejemplos. Ciertamente, la consistencia es un desiderátum. Pero la coherencia puede conducir a la rigidez, a la inmovilidad, a la falta de voluntad para cambiar para mejor: ‘como ya hice una declaración o realicé un acto, siento que mi conducta futura debe ser hipotecada para ser coherente con mi pasado’. La humildad, una de las mayores virtudes, puede ser una fuente de destrucción. Si me siento humilde y carente de importancia, entonces cedo ante el sentimiento de impotencia con respecto a mejorarme o mejorar mi sociedad. Entonces pierdo mi autoestima. Y un hombre que no se respeta a sí mismo no puede respetar a los demás.

El idealismo es un fenómeno excelente. Pero también puede ser mortal. El idealismo a veces va acompañado de un celo excesivo, que se convierte en una pasión ciega y termina como un fanatismo. Cuando comprendemos la dinámica entre Sinaí y Jorev, podremos tener nuestra responsabilidad sin llevarla al extremo, sin sufrirla como una carga aplastante. Conservando la alegría y la espontaneidad, sin la opresión de la culpa.

Después de estos ejemplos podemos concluir, que si dejamos que la siná y la jurvá, nos guíen, y desde ellos queramos entender la Ley y aplicarla, sin tener frente a nosotros los principios morales, no lograríamos el movimiento dialéctico en el que cada virtud es verificada y modificada por una virtud opuesta, para unirse en un tercer ideal que conserva lo mejor de ambos. De esta manera, toda la vida del hombre está integrada, unificada, elevada.

Ese es el mensaje que nos dan esos nombres, debemos tomarlos y tenerlos presentes siempre para que la Torá que en ellos recibimos sea aplicada según lo que nos marca su espíritu sin dejarnos arrastrar por lo negativo en los momentos en los que buscamos lo positivo.

También lo lograremos si tomamos a dos seres humanos que están en las antípodas de las ideas y las acercamos lograremos que ellos obtengan lo mejor de sí mismos para beneficio de la sociedad.

Invitando a Shavuot al hogar

Confieso no saber mucho sobre futurología y que enunciados basados en estos conceptos me resultan muy difíciles de digerir. Particularmente en estos meses de pandemia cuando vemos surgir visionarios iluminados que presumen saber cuáles serán las consecuencias de la peste. Algunos hasta exigen donativos para recibir “vacunas” que los hagan inmunes a la enfermedad. Y no pocos incautos caen en la trampa.

Por suerte, no es necesario ser futurólogo para percibir que en estos meses se ha producido un fenómeno muy interesante que -si lo sabemos elaborar- podrá mejorar, sin ninguna duda, nuestra experiencia judía.

Al cerrarse las actividades que regularmente se llevan a cabo en las instituciones encargadas de la educación judía formal e informal como clubes, escuelas, agrupaciones juveniles y sinagogas, la experiencia vital del judaísmo quedó confinada a los cuatro codos del hogar. El shabat, la tefilá, las evocaciones de la Shoá, y de los caídos por la defensa de Israel, Yom Haatzmaut, Lag Baomer, Yom Yerushalaim y ahora Jag Shavuot, salieron del marco institucionalizado para encontrar un nuevo significado personal y familiar.

La familia retomó sin buscarlo, el papel que había tenido en el pasado y que delegó en profesionales, no siempre identificados con el sentido y el sentir de la experiencia judía, ni especializados en el difícil arte de la transmisión del sentimiento, la espiritualidad,   la emoción ni la creencia.  

La tefilá no se rigió por la conducción de jazanim (hablo en tiempo pasado porque aquí en Israel, volvieron a abrirse las sinagogas, aunque con limitaciones) que tantas veces corren carreras contra el reloj, y permitió que padres e hijos se detuvieran a comentar lo que recitaban automáticamente en los templos, sin pensar en su significado. Lo mismo sucedió con las fechas que se conmemoraban con actos calcados años tras año en ceremonias tantas veces vaciadas de contenido que por su manera no pueden profundizar ni en la historia ni en el sentir, de pronto, cuando llegaron al hogar encontraron tierra fértil para el redescubrimiento.

Muy pocas familias ingresaron en el pasado muy cercano a Yom Haatzmaut a la mesa festiva como si fuera una festividad más. Este año, algunos lo hicieron y descubrieron que tras los fuegos de artificio había otra manera de festejar la independencia y la existencia de un estado judío soberano. Lag Baomer, sin fogatas en Israel y sin Hilulot públicas, parecía imposible, pero sirvió, con la ayuda de Internet, para investigar la vida y obra de rabí Akiva y sus alumnos, de rabí Shimón bar Yojay y su hijo, de Bar Cojvá y de las masacres contra judíos en tiempos de las Cruzadas ocurridas en los días del Omer.

El salón de la casa fue la nueva-vieja sede de devoción y de cantos y plegarias. En la casa se pueden elucidar contenidos y preguntar lo incomprendido, sin el regaño de los docentes más preocupados por terminar el programa que por enseñar.

Los mensajes que la institucionalización del judaísmo había concentrado repetitivamente podían cobrar vida.

En los próximos días festejaremos Shavuot, el día de las primicias, “cuando ofrezcáis a .A. oblación de frutos nuevos en vuestra fiesta de las Semanas” (Bemidbar 28:26). Día en el que según la Torá “te alegrarás delante del Señor tu Dios, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva” (Devarim 16:9). Conmemoremos la recepción de las tablas de la ley en el Sinaí. No pocos deberán leer los Diez Mandamientos en los hogares, que quizás, siguiendo viejas tradiciones, adornen con ramas verdes y plantas. Otros podrán organizar su propio Tikún, adaptándolo en forma y contenido, para hacerlo familiar. Todos podremos ajustar el menú a la tradición, entonar canciones alusivas, y hablar de temas trascendentes de nuestra identidad.

Recordar los nombres de la fiesta nos va a ayudar: – Festival de la cosecha – Jag Hakatzir, Día de los primeros frutos; Yom Habicurim, El tiempo del regalo de nuestra Torá; Zman Matán Toratenu; Día de la reunión y de asamblea, Atzeret.

Pese a que a diferencia con Pesaj y Sucot, shavuot casi no tiene actividades prescritas después de la destrucción del Templo, la tradición rabínica incluyó acciones de mucho impacto: La lectura del Libro de Rut, instituida a principios de la Edad Media, porque corresponde a los temas de la fiesta, la cosecha, la entrega de la Torá, y el rey David, la vigilia de estudio, y tradiciones culinarias muy ricas. Es habitual en las comunidades judías (con la excepción de las yemeníes) consumir leche y queso en Shavuot, porque la Torá se compara con la leche y la miel; el nombre del Monte Sinaí en Tehilim 68:17 ¿Por qué observáis, montes altos (gavnunim), al monte que deseó .A. para su morada? Gavnunim evoca la palabra queso (gueviná); después de haber recibido las leyes del cashrut en el Sinaí, nuestros padres no consumieron más que platos de leche hasta que terminaron de casherizar sus utensilios hirviendo, y así comer carne allí. Así se comen tartas de queso, blintzes y kreplaj (tortitas de queso), arroz con leche, el pan de los siete cielos (hojaldre u otra masa de siete pisos relleno de queso), burecas, samosas (empanadillas crujientes), así como pasteles con miel.

Esta enumeración nos ofrece un programa completo para Shavuot en el seno familiar.

Solo imaginarnos, por ejemplo, una lectura de Rut comentada, pausada, analizada, convertiría al hogar en una experiencia festiva más rica imposible de lograrse en ningún otro espacio tradicional.

Quizás debamos agradecer a la cuarentena esta posibilidad y cuando regresemos a la “normalidad” podamos seguir el proceso de educar en el hogar la acción, aprendiendo pericias olvidadas, y destrezas perdidas.

Cambiar la rutina, exige maestría. Contamos con ella. Es el momento de practicarla.

Si la cuarentena sirvió para ello, agradezcámosle la oportunidad y no la abandonemos.

Jag Sameaj,


FESTEJEMOS LA ENTREGA DE LA TORÁ

De las múltiples caras que tiene Jag Hakatzir, -la fiesta de la cosecha; Jag Habicurim –la fiesta de las primicias, y Jag Atzeret –la fiesta de la Asamblea, – elegimos detenernos únicamente en una.

Aclamamos a la fiesta de las “semanas” Shavuot o del juramento- la shevuá mutua del pueblo con su Creador–-, como Zman Matán Toratenu, el tiempo de la Entrega de la Torá, y no como Zman Kabalat Toratenu, la fecha de la Recepción de la Ley.

Al decir de rabí Menajem Mendl de Kotzk, uno de los grandes maestros del mundo jasídico-, “mientras que la Torá fue entregada una sola vez, su recepción es diferente para cada judío y es continua”. Recibimos un regalo, pero depende de todos y cada uno aceptarlo y recogerlo en función de nuestra predisposición y de nuestras capacidades únicas y exclusivas.

Según este razonamiento, la gran fiesta de la Recepción de la Torá, la tenemos todos los días, en cada oportunidad en la que dedicamos tiempo a su estudio y profundización y al cumplimiento de lo que prescribe.

La Torá nos concedió un entorno y una estructura para organizar el contexto de la vida moral. A través de la Torá, las inclinaciones morales dispares y fragmentadas del hombre, se unifican y se integran en un patrón general de vida. Así se evita, que cada grupo o individuo que goza de poder terrenal, pueda establecer su propia tabla de prioridades morales según sus intereses egoístas.

Sin ir muy lejos, en nuestros días vemos de qué manera ciertos gobernantes aplican sus protocolos para el tratamiento del COVID-19, siguiendo, a veces sin percibirlo siquiera, los intereses de su propio estrato cultural, económico y social. Cuando oímos que la vida de las personas ancianas vale menos que la de los jóvenes y que por ello, hay que postergar su atención médica, admitiendo una eutanasia eugenésica cercana al darwinismo social no podemos dejar de estremecernos. Estas acciones nos recuerdan ideologías estructuradas para eliminar a quienes consideraban perjudiciales a su sociedad. Estas gestiones son justificadas por virtudes sueltas, ideales enloquecidos, y paradojalmente también una auténtica bondad sin fundamento. Pero, al carecer de estructura, permiten justificar cualquier acción. O, cuando ciertos regímenes someten a sus poblaciones a un encierro forzado, adiestrando a sus “manadas”, como las llaman, para someterlas automáticamente a cualquier decisión que sea medianamente convincente para su seguridad, avasallando libertades básicas.

Sin el parapeto de la Torá, las virtudes pueden volverse venenosas, los ideales pueden devorarnos, la bondad puede estrangularnos. El perfeccionismo moral puede volverse nihilista y amenazarnos con la destrucción total.

La Torá nos habla de un principio fundamental que aparece en su texto de diversas maneras: “Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis leyes, por los cuales el hombre vivirá si los cumple; yo soy el SEÑOR” en Vayikrá 18:4. Y, “Los saqué de la tierra de Egipto, y los traje al desierto, y les di mis estatutos, y les hice conocer mis decretos, por los cuales el hombre que los cumpliere vivirá”, en Yejezkel 20:11.

La Revelación en Sinaí, nos indica que los humanos debemos tener la capacidad de someternos a los principios que recibimos allí y completar la libertad que recibiéramos pocas semanas antes con los límites de la norma y la ley suprema, que nos permitirá liberarnos de los tiranos y dictadores. Obtendremos la verdadera libertad cuando aceptemos nuestro sometimiento a los deseos del Creador resumidos en la Torá, que sigue viviente en cada uno en todos los tiempos.

Recibimos todos los días a la Torá y ello nos ha permitido aprender que en función del principio supremo de la vida, no solo podemos postergar el cumplimiento inmediato de algunas de sus normas sino que tenemos el derecho y la obligación de descubrir nuevos caminos para salvar la vida.

En nuestro tiempo aprendimos de la Torá que podemos donar partes de nuestro cuerpo para salvar la vida de alguna persona, incluso cuando para ello debamos causarnos dolor. También que podemos permitir el uso de nuestros órganos para que sean utilizados después de nuestra muerte para permitir la vida de otros.

La razón debe fusionarse con la emoción. Pero la experiencia emocional y la expresión por sí solas también son insuficientes para lograr el bien.

Todos los años volvemos a festejar la fiesta de la Entrega de la Torá, para no olvidarnos que es el centro de la revelación y que debe ser acompaña por la alegría de la recepción.

Con alegría y placer podremos postergar ciertas avideces y apetitos que pensamos debemos satisfacer inmediatamente, para dar lugar a la solidaridad con el Otro, y elevarnos desde nuestro espacio terrenal egoísta a lo más sublime que es consagrar a la vida sin menoscabar las libertades y los derechos de los demás, sujetándonos a una normatividad que nos posibilitará imitar al Creador con justicia y verdad.

La verdadera fecha de la recepción de la Torá

¿Por qué no festejamos la recepción de la Torá con un acto especial?

 ¿Por qué la Torá no nos da una fecha de festejo y conmemoración, y lo dice en forma directa?

 ¿Qué diferencia hay entre recordar el Éxodo y el cumplimiento de uno de sus dos objetivos, el de recibir la Ley antes de ingresar a la Tierra?

En el judaísmo tenemos tres fiestas de peregrinación: Pesaj, Shavuot y Sucot. Dos de ellas, Pesaj y Sucot, además de tener un significado agrícola muy claro, cuentan también con la memoria relacionada al Éxodo de Egipto. Shavuot aparece en un contexto exclusivamente agrícola, y la fiesta de las primicias, Jag Habicurim, coincide según las oraciones, con la de la Entrega de la Torá, pero no aparece relacionada a esa cesión en ningún lugar del Pentateuco. La entrega de la Torá fue consecuencia del Éxodo, como dice: “Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto darán culto a .A. en este monte (Sinaí)»”.

Por un lado tenemos que recordar y enseñar el Éxodo: “… para que te acuerdes del día en que saliste de la tierra de Egipto, todos los días de tu vida”, ya que en “ese día explicarás a tu hijo: `Esto es por lo que .A. hizo por mí cuando salí de Egipto.'” Y, también debemos recordar Sinaí: “ten cuidado y guárdate bien de olvidarte de estas cosas que tus ojos han visto, ni dejes que se aparten de tu corazón en todos los días de tu vida; enséñaselas a tus hijos y a los hijos de tus hijos. El día en que estabas en Jorev en presencia de .A. tu Dios”.

Tenemos muchos preceptos que nos religan a la salida de Egipto, como tefilín, el rescate de los primogénitos, etc., pero, no tenemos ninguno que se relacionen con la Entrega de la Torá, ni una obligación bíblica de festejar esa acción fundacional del pueblo judío, no menos que el   propio Éxodo. Muchas veces encontramos el relato de la salida de Egipto a lo largo y a lo ancho de todos los libros de las Escrituras, pero, pocas a la entrega de la Torá. Esa diferencia se resalta aún más frente a otro versículo: “Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos que te han precedido, desde el día en que .A. creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo a otro del cielo cosa tan grande como ésta? ¿Se oyó algo semejante? ¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del .A. vivo hablando de en medio del fuego, y haya sobrevivido?”

La respuesta parece poder sintetizarse en un pensamiento muy simple: La entrega de la Ley no fue un fenómeno histórico que tuvo principio y tuvo fin. No es un acto que debe quedar en la memoria. No es un objeto que se puede guardar en la caja de seguridad.

La recepción de la Torá se lleva a cabo, y quien la lleva a cabo la festeja, todos los días.

Por medio del estudio, a través de la enseñanza, gracias a la observación de sus principios, sus normas, sus leyes, sus estatutos.

Recuerdo la no tal lejana época en la que los maestros y madrijim ocupados de la educación judía, se preocupaban por brindar vivencias (generalmente vaciadas de todo sentido) de las festividades. Las festejaban fuera de fecha. Había un tercer y hasta un quinto seder. Algunos antes de Pesaj, otros en el medio, otros después. En muchos de ellos se comía matzá-jametz en utensilios no permitidos ritualmente. Lo importante era festejar y “vivenciar”. Recuerdo la entrega de los Bicurim que se hacían con papel y plastilina y se colocaban sobre el escenario, torturando a los chicos. Y así educaron generaciones de judíos absolutamente ignaros del Alef Bet de la experiencia judía, iletrados en hebreo, ladino y en idish (también en inglés), desconocedores del pasado, incapacitados de transmitir lo que no poseían. Simples incultos. Pero con muchas vivencias que no les ayudaron para evitar que abandonen el judaísmo y se disuelvan sin identidad.

No debemos ir muy lejos. Aquí en Yerushalayim nos llegan los ecos de los exitosos y hermosos festejos de fechas nacionales a los que se acarrean jóvenes desde provincias lejanas para pasar la vivencia de compartir con los amigos de la gran ciudad sin dialogar con ellos, algunas horas encerrados en estadios o marchando por las calles. Como hubiera dicho mi abuela, si hubiera sabido hebreo: “iofé meoid-zeier shein”. Pero, los organizadores, que con esos fondos hubieran podido ayudar a enseñar sistemáticamente la fecha a conmemorar, sólo deseaban la fotografía para el reporte que enviarían a quien les envía el dinero para la educación. Este año, incluso vi una foto de dos niñas con banderitas, enviada como informe ya que en una imagen dice más que mil palabras, con el que se intentaba probar la realización de un gran trabajo educativo. Y los participantes, -bien, gracias-, regresan a sus casas felices por la fiesta, maravillados por haber sobrevivido tantas horas en los autobuses sin accidentes, pero, difícilmente portadores de algún mensaje que les sirva para reforzar sus identidades judías.

La Torá debe ser renovada en el estudio todos los días. Hay que fijarle horas en cada día.

La Torá, también nos previno: “Tengan mucho cuidado ya que no vieron figura alguna el día en que .A. les habló en   Jorev de en medio del fuego, no vayan a pervertirse y se hagan alguna escultura de cualquier representación que sea”. La recepción de la Torá no debe unirse, como no debe unirse ningún hecho histórico a las personas, en el culto a las personalidades que empiezan como compromiso y finalizan como parte de un ritual poco judío.

Si, Shavuot es Zmán Matán Toratenu. Sin duda. Pero, la fecha de la recepción es hoy, y si tenemos vida, mañana y todos los que nos obsequiarán en este mundo.

Su festejo más importante, es abrir el texto ahora y estudiarlo y descubrirlo y redescubrirlo. Todos estuvimos en Jorev. Todos lo oímos, todos lo vimos. Ahora es momento de recrearlo. Para comprenderla inteligentemente y poder discernir, oír, aprender, enseñar, guardar, hacer y ejecutar todas sus palabras con amor. Y convertirlo en fiesta.


La Torá no está en los cielos

“Y dijo el Eterno a Moshé: Sube hacia Mí al monte, y estate allí y te daré las Tablas de Piedra y la Torá y los mandamientos que he escrito, para que los enseñes” Éxodo 24:12

La Torá, el tesoro oculto que poseía el Santo Bendito en propiedad absoluta, es entregada en la acción que recordamos en Shavuot a los hijos de Abraham, Itzjak y Yaakov. Los tres nacidos de hombres y mujeres de carne y hueso. La Torá sale a la luz y es presentada al hombre.

¿Es posible concebir que ese tesoro pueda, sin que se menoscabe en el camino, ser comprendido, aceptado, leído, interpretado, llevado y cumplido por seres humanos?

¿Su verdad puede tener la misma vigencia que la que tenía en manos del Omnipotente? ¿O, acaso hablamos de dos verdades ubicadas en círculos que no pueden encontrarse? ¿Es la Torá el instrumento de comunicación entre estas esas esferas tan disímiles? ¿Cuál es el código que se puede usar para dilucidar sus misterios? ¿Habrá que recurrir siempre a la fuente profética para continuar con su dinámica?

La fuente de la Torá es la Revelación divina, como leemos en Éxodo 20:22: “Y dijo .A. a Moshé: Así dirás a los hijos de Israel: ustedes vieron que Yo he hablado con ustedes desde los cielos”, y como leemos en Deuteronomio (4:35-36): “A ti te fue mostrado esto para que supieses que el Eterno, Él es .A., y no hay otro fuera de Él. Desde los cielos te hizo oír su voz para enseñarte, y sobre la tierra te hizo ver su gran fuego, y sus palabras has oído de en medio del fuego”.

Cuando Moshé, el legislador no conocía la Halajá, la norma aplicable, podía dirigirse directamente a .A. y pedirle Su respuesta. Moshé como alumno fiel y maestro sin par, no vaciló en consultar ni cuando tuvo que resolver el problema planteado por las hijas de Tzlofjad, o cuando fue sorprendido con la conducta de los hacheros, ni cuando tuvo que traer al pueblo la posibilidad de festejar Pesaj por segunda vez. Allí residía su grandeza. No presumía saber todo. No enseñaba improvisando. Pero, después de su muerte, el contacto directo con la divinidad para la interpretación de las normas simplemente quedó segado.

A partir de ese instante, la elucidación de la regla quedó en manos de los seres humanos. Seres de carne y hueso. De pasiones. Débiles. Interesados. Que cuando deben decidir tienen antes sí la búsqueda ideal de la verdad, pero, también a sus propios intereses y sentimientos.

El Talmud en Temurá 16a nos dice en nombre de Rabí Yehudá citando a Shmuel: “Tres mil estatutos fueron olvidados durante el duelo de Moshé…” y nos relata un vívido diálogo entre los sabios que al oír el pedido de “Preguntar”, contestaban que la respuesta “No está en los cielos”.

La muerte de Moshé finalizó la intercesión entre los humanos y lo divino.

A partir de ese momento, los humanos deben enfrentarse solos y con sus limitados medios cognitivos y filosóficos a la verdad y brindarle definiciones y nuevas lecturas.

El Talmud, en Baba Metziá 59b nos trae un dramático relato cuyo actor principal es rabí Eliezer ben Horcanús, quien magistralmente respondió todas las preguntas seguro de su verdad, pero las mismas fueron rechazadas. Eliezer entonces decidió traer en su apoyo, hechos de la naturaleza que obligatoriamente debían producirse por intervención divina. Pero, igualmente su opinión fue contradicha. Incluso cuando la voz celestial que le daba la razón, fue refutada por rabí Yehoshúa quien se levantó para afirmar “no está en los cielos”, y rabí Irmiahu afirmó: “La Torá ya fue entregada en el monte Sinaí, por ello no seguimos las voces celestiales, porque está escrito en Éxodo 23:2: “… hay que inclinarse ante la mayoría”.

La mayoría humana decide. Ya no más la voz celestial.

La Halajá es fijada por los humanos, en su desarrollo maravilloso de la Torá Oral con sus reglas de hermenéutica.

En el antes citado fragmento talmúdico, aparece también el profeta Eliyahu quien pone en boca de .A. la confirmación de la idea cuando expresa: ‘Mi hijo me ha derrotado’. La opinión de mi hijo, humano, cuando es mayoría es la que decide y no la celestial. Ahora las decisiones están en otro terreno y al Padre no le resulta tan difícil aceptar que sus hijos lo derrotan cuando siguen las reglas fijadas por Él.

Cuando comencemos los festejos de la Fiesta de las Semanas que es también el Día de la Entrega de la Torá, nos colocaremos en la posición de nuestros antepasados a los pies del Sinaí preparados para recibir el obsequio de la Ley Celestial. Allí en ese momento sabremos que Moshé también recibió la Torá Oral y la fue transfiriendo a sus alumnos por las generaciones hasta nuestros días.

Esa humanización de la Ley, no es un regalo sin compromiso. Es una obligación para todo quien desee ubicarse en el momento de la recepción.

Debe estudiar las dos.

Debe entenderlas. Ninguna tiene supremacía sobre la otra, desde el momento que ambas, ahora, están en poder de la persona que las estudia y que las cumple. A través de ellas llegaremos a la Verdad Divina, aportando la verdad humana.

Y cuando se produzca el conflicto entre quienes dicen ser portadores de la Palabra y sus únicos propietarios, recordaremos a Eliyahu cuando llega y reconoce que desde la muerte de Moshé, la interpretación está en manos exclusivas de los hijos de Abraham, de Itzjak y de Yaacov, con todos sus defectos pero con toda su grandeza.

Así leemos en Deuteronomio 30:11-14: “Porque este mandamiento que te ordeno hoy no te es encubierto ni está lejos de ti; no está en los cielos para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo y nos lo traerá, y nos hará oírlo para que lo cumplamos? Ni está más allá del mar para que digas: ¿Quién pasará por nosotros al otro lado del mar y nos lo traerá, y nos hará oírlo para que lo cumplamos? Sino que la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas por obra.


 Las Tablas eran de Piedra

“Yo había subido al monte a recoger las tablas de piedra, las tablas de la alianza” (Deuteronomio 9:9)

De piedra eran las tablas. De un material simple y barato. Si algún ser humano hubiera sido encargado de su confección, las hubiera hecho de mármol, bronce, quizás de oro, de algún elemento noble que pudiera ser mostrado o coleccionado en vitrinas. En el margen hubieran llevado firma o quizás una placa para eternizar el momento y a su autor. Las hubiera llenado de filigranas y esculpido en letras góticas. Pero, las tablas de la alianza y del pacto eran de piedra y el texto bíblico lo anuncia con naturalidad. Y las plegarias de Shabat lo repiten. Si se inutilizan o se despedazan o se roban, o se plagian piedras comunes, no se pierde gran cosa. Nadie se lamentaría. Las ilustraciones artísticas de la Revelación en el Sinaí, se resistieron a aceptar la realidad de esas piedras y las redondearon, pulieron y embellecieron, cometiendo un error de concepción. Todo hace suponer que eran simples piedras, pero, esas pinturas fantásticas, que son sólo obras artísticas que no lograron penetrar la profundidad del momento, no pudieron aceptarlas como tales. Pero, eran piedras, sin elaboraciones, y de allí su importancia. Las piedras no son complejas. Todos las conocemos. Son simples. A las pequeñas, las podemos poner en nuestros bolsillos y cargarlas. A las muy grandes, las miraremos con mayor respeto, pero, igualmente las podremos acariciar y pulir. El texto de los Diez Mandamientos nos presenta una serie de prescripciones y sentencias que cualquier ser civilizado hubiera podido suscribir también en tiempos pasados. Enumeran normas y principios que ya eran conocidos y aceptados en gran medida. Prácticamente no se debían legislar, tal es su simpleza y popularidad. Son normas del sentido común. Sin sofisticación. Con una redacción simple que hasta los niños pueden percibir. Presentadas y reveladas para que nadie pueda alegar que no las comprende y que por ello no las puede tomar. Si todo fuera tan simple, es difícil comprender, ¿por qué razón Moshé debió permanecer 40 días y 40 noches aislado en ese pequeño monte, el Sinaí, hasta poder recibirlas y subir y permanecer allí dos veces? La respuesta es porque el secreto estaba no sólo en las letras externas y en el material, sino en lo que ese inerte conjunto de arenillas puede ocultar. Las piedras, ese elemento mineral, más o menos duro y compacto, están formadas por millones de partículas, sin fin, y entre ellas, espacios que no alcanzaron a ser llenados. Así también los Diez Mandamientos. Letras junto a letras que contienen en sí los secretos de todas las prescripciones sin excepción y a la tradición oral, también recibida por nosotros todos allí presentes, con sus agujeros que en las infinitas interpretaciones no alcanzamos a rellenar. Tras la superficie, una riqueza infinita de componentes también simples y fáciles de comprender. Para entender sus secretos y poder transmitirlos, Moshé debió aislarse en las alturas y dilucidarlos. Por ello se debieron romper hasta volverse ilegibles cuando el pueblo esperaba encontrarse con un regalo de oro como el que ellos mismos hicieron. Por ello, también debieron volver a ser presentadas con todas las letras a la vista y las que el ojo humano no alcanza a percibir. Escritas esta segunda vez con la letra de Moshé. Las tablas fueron de esa piedra sobre la que leemos: “Por el nombre del Pastor, la Piedra de Israel”, en Bereshit 49:24, representando lo absoluto. Y el Talmud, en Sanedrín 34a, nos explica ampliando el sentido, el versículo de Yrmiahu 23:29 “¿No es así mi palabra, como el fuego y como un martillo que golpea la peña?” – así como el martillo provoca chispas, así cada versículo se convierte en muchas interpretaciones, muestra rostros infinitos. Una persona toma un martillo y lo golpea con fuerza contra una piedra para romperla, y logra de esos materiales inanimados que arrojen luz en todas las direcciones, incontrolablemente, con una belleza infinita, como si las chispas hubieran estado ocultas allí. Así, la persona puede chocar contra la peña de la Alianza, y hacer brillar cada fragmento, cada una de las partículas infinitas que la forman. Más aún, así como cuando golpea con fuerza, fragmentos de la roca vuelan en varias direcciones, así, los pedazos de las letras sé que se resistirán a ser conquistados y comprendidos, provocándonos, invitándonos a seguir intentando descubrir todas las capas infinitas de sus secretos. Las instrucciones para las máquinas, las computadoras, para armar un mueble que se vende en forma de tablones, están escritos por personas que conocen el sistema, para otros que no lo conocen y ello provoca a que un ser humano común tarde muchas horas hasta que logra hacerlos funcionar o armar. Hace pocos días estuve trabajando varias horas armando y desarmando un simple engranaje porque en el instructivo había pasos que faltaban. Pero, ello no sucede con las tablas de piedra. Son claras. Escritas por el mayor Proyectista e ingeniero del mundo, fueron dadas en el lenguaje de los seres humanos más comunes. Para los niños que ni siquiera fueron a la escuela. Hay piedras que se pueden afilar y que los antiguos convertían en cuchillos con los que cortaban como con navaja profundizando con ellas y descubriendo lo oculto. Los diamantes son también piedras y todos conocemos la luz que pueden reflejar cuando son pulidos con cuidado y por manos maestras y el valor que le adjudican. Esos mismos textos simples permiten más lecturas. Pero, también ellas son simples. La palabra even-piedra en hebreo se escribe con las letras alef, bet, nun. Ello permite que pueda leerse av, y ben – padre e hijo, y ben es raíz de binián-construcción. Las letras de las tablas de piedra nos invitan a unirnos a padres e hijos para iniciar la construcción de nuestro destino. Pero, nos invitan a hacer. No a delegar que alguien lo haga por nosotros. A observar por nosotros mismos y a participar. No hay justificación alguna para dejar que otro haga algo por nosotros cuando ello es bueno y nos da satisfacción. Este Shavuot nos invita a desaprender los errores cometidos al no haber entendido la simplicidad del mensaje de las tablas de piedra. A establecer una nueva didáctica para aprender a vivir una rutina del bien, a aplicar las reglas de la hermenéutica creadas para ayudar que nuestro cerebro se organice para descifrar los bellos misterios del conocimiento. Quizás este Shavuot debamos hacer silencio, como nos relató el midrash que cuando se entregó la Torá, no se oía el canto de los pájaros, ni el mugido de las vacas y el mar no se movía, y las personas no hablaron, el mundo estuvo en silencio para que todas las criaturas sepan que no hay otra voz que la de Anojí, del Yo soy el Señor tu D-s. Y volver a recibir las piedras, sabiendo que otros anojí, son otros dioses que no deberemos tener. Falsos. Incluso el de nuestro propio anojí, el yo egoísta.  


Shavuot: sus símbolos; su significado; sus valores

 Dijo Rabí Zeirá: “Esta meguilá, no contiene (normas acerca de) impurezas ni de purezas, no prohibiciones ni autorizaciones, no fue escrita sino para enseñarte cuanta es la recompensa a aquellos que ayudan al prójimo” Midrash Rut Rabá, Parashá 2

Shavuot- Zman Matan Toratenu, que recuerda la entrega y la recepción de la Torá, es una fecha alegre y comprende en ella otras conmemoraciones no menos valederas. La Torá, es una joya que es propiedad del pueblo judío todo, ya que nunca estuvo encerrada en compartimentos estancos bajo el control de celosos sacerdotes y gobernantes. No en vano, el término hebreo por escuela, es Bet Sefer, – la casa del Libro-. Del Libro, por excelencia. El libro cuyas palabras hay que repetir a los hijos, y hablar con ellos estando en casa y andando por el camino, y al acostarnos, y al levantarnos, como nos indica el texto del Shemá.

La Torá nos fue dada como revelación. Como tal, desarrolló en el transcurso del tiempo dos concepciones complementarias. El texto y la dinámica tradición oral que no ha cesado ni siquiera en nuestros días. A través del desarrollo interpretativo, las investigaciones y las discusiones sin fin, se puede fijar el sentido de la Torá para su cimentación en un sistema normativo práctico. El pueblo del Libro, se convirtió en el pueblo de la interpretación y los comentarios. Los nuevos textos de los sabios son la creación más importante del pueblo judío a través de las generaciones. Gershom Sholem, lo expresa en esta cita no textual: “la geografía y la historia del pueblo judío están contenidos en la Torá y sus comentarios”. Cuando los niños desde los cuatro años iban a la Casa del Libro, se envolvían en sus palabras y en sus valores y los convertían en sus marcos de referencia y de pertenencia. Los setenta rostros de la Torá, que son infinitas capas interpretativas, múltiples voces en escalas distintas e infinitas, permiten que cada judío pueda tener su propia revelación personal tal como la viviera en el mismo Sinaí. En los últimos años, particularmente en Israel, se ha comenzado a desarrollar uno de los procesos más apasionantes del judaísmo contemporáneo. Experiencia que aún no ha llegado a los países de Latinoamérica en los que en otras épocas, en las que los mejores elementos de la cultura del pueblo judío adquirían rápida residencia. El ingreso masivo de la mujer judía al mundo de la Torá. Las mujeres no sólo han logrado dominar la técnica –nada fácil- del saber y pueden estudiar Guemará y sus intérpretes, y analizar la Halajá, sino que también se inscribieron en el mundo de los midrashim. Los estudian para descubrir y expresar la voz femenina oculta en los textos por años, en los que su búsqueda era llevada a cabo por hombres en forma exclusiva.

En la noche de Shavuot, se pueden encontrar en casi todas las ciudades de Israel grupos de mujeres que permanecen despiertas estudiando, y regresan de esta manera a la experiencia de la revelación. En muchos de esos encuentros, el texto es la meguilá de Rut, que se lee, en muchos ritos, durante la fiesta.

Rut, permite una lectura femenina y una lectura masculina, que no necesariamente resaltan con igual colorido, los mismos valores y estímulos en más de un fragmento. Pero, hay también en esta fecha y en esta lectura, una posibilidad de lograr un acorde musical muy bien acompasado. En otras palabras, hay posibilidades muy concretas que sin renunciar a las diferencias de género, hombres y mujeres coincidan confiriéndose el derecho de colocar los mismos acentos, cadencias y modulaciones, en las mismas frases y palabras, para llegar a unirse en sentimientos comunes.

El tema sobre el que se puede coincidir, independientemente del camino metodológico de su lectura, puede titularse tomando las palabras del profeta Oshea (10:12) ” Siembren para ustedes según la justicia, sieguen conforme a la misericordia; rompan la tierra para sembrar, porque es tiempo de buscar al Eterno, hasta que venga a enseñarles justicia”.

El texto de Rut está marcado por la bondad y por el jesed que podemos traducir como gracia, caridad, benevolencia, ayuda, dulzura, belleza de espíritu y piedad. Desde el inicio del Libro la bondad envuelve a los personajes: 1:16… “Pero Rut dijo: No insistas que te deje o que deje de seguirte; porque adonde tú vayas, iré yo, y donde tú mores, moraré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Di-os mi Di-os. Donde tú mueras, allí moriré, y allí seré sepultada. Así haga el Eterno conmigo, y aún peor, si algo, excepto la muerte, nos separa”. 2: 8… Entonces Boaz dijo a Rut: Oye, hija mía. No vayas a espigar a otro campo; tampoco pases de aquí, sino quédate con mis criadas. Fíjate en el campo donde ellas siegan y síguelas, pues he ordenado a los siervos que no te molesten. Cuando tengas sed, ve a las vasijas y bebe del agua que sacan los siervos”. 2: 14… “Y a la hora de comer Boaz le dijo: Ven acá para que comas del pan y mojes tu pedazo de pan en el vinagre. Así pues ella se sentó junto a los segadores; y él le sirvió grano tostado, y ella comió hasta saciarse y aún le sobró”. 2:17… “Y ella espigó en el campo hasta el anochecer, y desgranó lo que había espigado y fue como un efa de cebada”. “Y lo tomó y fue a la ciudad, y su suegra vio lo que había recogido. Y sacó también lo que le había sobrado después de haberse saciado y se lo dio a Noemí”. Podríamos seguir enumerando otros casos de dulzura y belleza de espíritu, que nos trae el relato. Pero, cualquier lector del libro encontrará sin ayuda alguna, esas referencias. Quizás esa bondad de sus antecesores permitieron que cuando Rut tuviera su hijo de Boaz, 4:17 “las mujeres vecinas le dieron un nombre, diciendo: Le ha nacido un hijo a Noemí. Y lo llamaron Oved. Él es el padre de Yishai, padre de David”

Shavuot es una fiesta vinculada a la agricultura, pero, lamentablemente no podemos peregrinar hasta el Templo para llevar las primicias de nuestros productos. Cuando leemos Rut, nos transportamos a los preceptos inherentes a la Tierra de Israel, particularmente los regalos a los necesitados, los permisos que la Torá concede para que puedan ir por los campos durante la siega y recoger sus alimentos. Nuestros sabios llegaron a la conclusión que la responsabilidad por el otro es un valor en sí mismo.

Así llegamos a la conocida cita de masejet Sotá 14 a: “… ¿Acaso se puede ir tras la Shejiná – la presencia divina?… Se refiere ir tras las virtudes del Santo Bendito Sea, -tal como él viste a los desnudos, tal como está escrito: “El Señor Eterno hizo vestiduras de piel para Adán y su mujer, y los vistió”, así tú también viste a los desarrapados. Así como Él visita a los enfermos “Y el Eterno se le apareció a Abraham en el encinar de Mamre, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda en el calor del día.”, tú visita a los aquejados por los padecimientos. Así como Él consuela a los dolientes, “Después de la muerte de Abraham, el Eterno bendijo a su hijo Itzjak”. Así como Él sepulta a los fallecidos “Y Él lo enterró (a Moshé) en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor; pero nadie sabe hasta hoy el lugar de su sepultura”, ocúpate también tú para dar sepultura a los muertos”.

Shavuot debe ser festejado por todos. Rut tiene elementos maravillosos para identificarse con ellos. Por encima de nuestras preposiciones, hay algo que nos une con la fiesta, sus símbolos, su significado y sus valores: La Torá como texto para hacer el bien. Para ayudar al otro. Para intentar imitar las acciones del Eterno.


Cuando Shavuot se inicia en Yom Rishón o a la salida de Shabat

  Este año, la fiesta de Shavuot comienza inmediatamente al culminar el Shabat Nasó. Sugerimos recordar a qué hora culmina Shabat. Por lo que el primer día de Shavuot es el Yom Rishón -domingo-.

Las discusiones sobre la interpretación del versículo que indicaba que la cuenta del Omer debía hacerse al otro día del Shabat, que nosotros interpretamos era el descanso del primer día de Pesaj, influenciaron en otros credos para los cuales la fiesta de Pentecostés acaece necesariamente en día domingo. Sin embargo para los judíos esa fecha puede caer en otros días de la semana, según haya sido el día en el cual acaeció Pesaj. El día en el cual recordamos la recepción de las tablas de la ley se ha decidido por la Torá oral. Este año, tenemos que tomar en cuenta que el viernes en la víspera del Shabat es necesario preparar una vela que pueda durar por lo menos hasta la salida del Shabat para que de ella se pueda tomar fuego para encender las velas de la festividad y eventualmente cocinar.

Quien sigue la costumbre de colocar flores y plantas en la fiesta de Shavuot en el hogar, debe colocarlas el viernes antes del inicio del Shabat. Durante el Shabat no se debe el realizar ninguna actividad preparatoria para la fiesta. Recordemos que el caso en el cual el Shabat continúa días festivos, a través de la realización del eruv tavshilin se pueden preparar alimentos para ser consumidos en Shabat, pero éste no es el caso.

En este Shabat se debe comer la tercer comida –la seudá shelishit- como en todos pero hacerlo mucho más temprano para poder ingresar a la festividad con apetito. Si no se alcanzó a comer una comida completa temprano, se puede comer una pequeña porción más tarde. Los preparativos para la cena se deben realizar únicamente después que el Shabat salió.

Las velas de la fiesta pueden encenderse bastante tiempo después de la salida del Shabat y se agrega la bendición de Shehejeianu. Algunas comunidades sefardíes no bendicen Shehejeianu esa noche. Los varones separan el Shabat durante la amidá diciendo Vatodienu. En el kidush de la festividad se dice un texto de Havdalá y se mira la luz de las velas encendidas con motivo de la fiesta. Es costumbre permanecer despiertos y estudiar toda la noche y meldar los textos del Tikún.

La cuenta del Omer y la recepción de la Torá

El rabino Shlomó Riskin de la ciudad de Efrat, comenta el versículo, “para que no participes de su pecado” y nos convoca a razonar, reocupado por la “hemorragia” poblacional que, excepto en Israel, afecta a todo el pueblo judío. Para inspirarnos a permanecer dentro o regresar a nuestro pueblo, nos ofrece algunas meditaciones.

Hemos celebrado Pesaj y estamos “contando” cada día hacia la festividad de Shavuot. El término hebreo para el conteo es Sefirá, una palabra llena de significado. Su raíz hebrea, es sapir – el deslumbrante azul – como la Torá nos relata inmediatamente después de la revelación en el Sinaí: “Y subieron Moshé y Aarón, Nadav y Aviú, y setenta de los ancianos de Israel; y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno”. (Shemot 24: 9-10). En hebreo “sefirá” (contaje – zafiro) también se asocia con el sipur sustantivo hebreo, que significa cuento (también en español relato-conteo se asocian), tal como dice el pasuk una historia, una re-conteo – la esencia misma de la experiencia de la noche del Seder de Pesaj: “Y lo contarás en aquel día a tu hijo, diciendo: Se hace esto con motivo de lo que .A. hizo conmigo cuando me sacó de Egipto… “(Shemot 13: 8.) Los israelitas entraron en Egipto como una familia, los 70 hijos de Jacob. De ahí que el relato de la historia de nuestra esclavitud y la redención final es el relato de la historia familiar. Una nación es una familia con mayúsculas: en una familia, hay recuerdos familiares de los orígenes; en una familia hay un sentido de comunidad y la unión de la comunidad; en una familia hay alimentos y costumbres especiales, fiestas y celebraciones especiales; en una familia hay valores e ideales, que enseñan lo que es aceptable y lo que es inaceptable, en la familia hay una mayor sensación de un destino compartido.

“Eda” -literalmente testigo- es la palabra bíblica para la comunidad, y cada comunidad intenta recrear una colegialidad familiar. La relación dentro de la familia es de: el uno hacia el otro y como tal se conecta a Di-os. Los ritos familiares de convivencia se rigen en gran medida por las costumbres familiares y no por un código legal divinamente ordenado. En el primer Pesaj todavía no habíamos recibido nuestra Torá, y aún no habíamos entrado en nuestra Tierra Prometida.

El sacrificio de Pesaj (Shemot 12) hace hincapié en nuestra voluntad de sacrificio por nuestra libertad de la esclavitud – el sacrificio del cordero, era un acto desafiante de rebelión contra la idólatra sociedad egipcia – y da fe de nuestra creencia inflexible en la libertad humana y la redención incluso antes de que nos convertimos en una fe ordenado en el monte Sinaí. Los alimentos, las historias y las canciones especiales definen y marcan la naturaleza del evento.

Una de las maneras de detener la hemorragia que nos debilita es cuidar la integridad judía de nuestra familia rescatando esos elementos básicos. De allí, fortalecemos a todo nuestro pueblo.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Grace Nehmad dice:

    Gracias mi Rav! Me gusta la idea de estudiar la Torá en familia, recibirla y festejar en familia y lo sue la pandemia permite y espero no lo olvidemos después. Aterrizar la Torá y llevarla al alcance de todos. Tanto por aprender siempre y poder acceder. Qué bello de las mujeres estudiando guemará! Muchos sueños y empezar hoy recibiendo la Torá!

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  2. Grace Nehmad dice:

    Gracias mi Rav! Qué bellas imágenes! Inspiran! La boda, los gemelos, los nombres de mon Sinaí, bueno, dus sentidos y recibir diario la Torá, estudiarla y transmitirla, festejarla! Pulirnos desde dentro en Torá oral y escrita y a nuestras familias. Una piedra simple que nos sostiene. Abres mucho en mí mi Rav! Gracias!

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