Nasó

Sotá y Nazir

La parashá de esta semana que se lee cercana a Shavuot, continúa los primeros capítulos de Bemidbar que nos trajeron el orden que tuvo el pueblo de Israel en su recorrido por el desierto, dividido en tribus y estandartes, que rodean al mishcán ubicado en el centro. Es una parashá que excepto el Nombre de H’, tiene como actores a varones y a una sola mujer cuya notabilidad depende de la de su marido. La Torá interrumpe su relato iniciado en la parashá anterior, y nos presenta dos temas de índole individual y personal y que además atañen sólo a un limitado sector de la sociedad, cuando estaba tratando un tema general.

Sotá y Nazir son los temas que irrumpen de pronto y unidos. ¿Qué tienen en común? La guemará en Berajot 63, nos alcanza a contestar la razón por la cual ambas instituciones jurídicas van juntas, diciéndonos que quien vea a una mujer celada por su marido, se abstenga, al igual que el nazareno a ingerir vino. Allí también agrega que “quien retiene terumot y diezmos y no los entrega al cohen, luego deberá ir a pedirle ayuda por las desviaciones de su mujer”, como que existe una remota relación en la actitud de las personas en cuestiones que aparentemente son distantes a primera vista. Pero no nos agrega prácticamente nada más.

La respuesta a la incursión intempestiva de las dos normas en la sucesión de versículos que hablan de la marcha hacia la Tierra Prometida, es que la Torá desea enseñarnos que cuando un pueblo avanza, debe detenerse en su marcha y sus líderes deben tornar sus miradas hacia su gente. No se puede avanzar ni llevar a cabo grandes acciones históricas, si hay lesiones en la célula familiar o en la integridad de las personas. La sociedad no puede avanzar si sus líderes son indiferentes a lo que sucede a sus personas, si no conocen sus debilidades y si no hacen lo necesario para detener el mal antes que avance. Temas que aparentemente no tienen importancia como el de los maridos que sufren de baja autoestima y juzgan y condenan a su mujer sin causa, sin prueba, sin testigos, muestran un mal social. Cuando hay personas que para “elevarse” necesitan de promesas de abstenciones y de esa manera se apartan de la sociedad, los líderes deben ver qué sucede.

La parashá nos dice qué hacer en el caso de la mujer celada por su marido que cree que le fue infiel: “Entonces el cohen (sacerdote) escribirá estas maldiciones en un rollo, y las lavará en el agua de amargura. Después hará que la mujer beba el agua de amargura que trae maldición, para que el agua que trae maldición entre a ella para causar amargura” (Bemidbar 5:23-24).

¿Cuál es el valor de este rollo en el que se escriben maldiciones? Hay una frase que se suele decir – “el papel aguanta todo” – y ese enunciado sigue el espíritu de las Escrituras que no consideran lo que está escrito en los documentos como válido si no viene acompañado por formas prescritas. Ello es válido en el papel en el cual se anotan préstamos o las cuentas de las ventas. Sin la forma legal, los documentos no tienen más valor que el que cuesta el papel y la tinta usados.

Para comprender el papel desempeñado por las maldiciones escritas en el ritual de la mujer Sotá, citaremos algunos versículos que pueden ilustrarnos. La decisión de Moshé después del pecado del becerro de oro en Shemot 32:19-20: “Tan pronto como Moshé se acercó al campamento, vio el becerro y las danzas. Se encendió la ira de Moshé, arrojó las tablas de sus manos, y les hizo pedazos al pie del monte. Y tomando el becerro que habían hecho, lo quemó en el fuego, lo molió hasta reducirlo a polvo y lo esparció sobre el agua, e hizo que los la bebieran los hijos de Israel”. Aquí vemos claramente que la bebida decidida por culpa del pecado del becerro tiene un significado simbólico análogo. En el líquido hay polvo del becerro, después de la ruptura de la piedra La fuerza de la palabra escrita en nuestras Escrituras aparece también en la Meguilá (Ester 8:8). “El decreto que se ha escrito en el nombre del rey… no puede ser revocado”. Lo que se escribió no se cambió tampoco en Persia. Y, si queremos seguir esa línea de pensamiento encontraremos que Ezra (Nejemia 8:5), también, transfirió el peso principal del servicio divino a la lectura de la Torá ante el público tal como se hace con la Meguilá en Purim. En el libro Zejariá (5:1-4) el profeta nos dice: “Alcé de nuevo mis ojos y miré un rollo que volaba. Y el ángel me dijo: “¿Qué ves?” Y respondí: “Veo un rollo que vuela; su longitud es de 20 codos y su anchura de 10 codos”. Entonces me dijo: “Esta es la maldición que sale sobre la superficie de toda la tierra. Ciertamente todo el que roba será destruido según lo escrito en un lado y todo el que jura será destruido según lo escrito en el otro lado. “La haré salir”, declara H’ de los ejércitos, “y entrará en casa del ladrón y en casa del que jura por Mi nombre en falso; y pasará la noche dentro de su casa y la consumirá junto con sus maderas y sus piedras”. Es el rollo en sí independientemente de su contenido el que se presenta como el símbolo, al grado que “la maldición sale sobre la superficie de toda la tierra”.

Los símbolos dentro o fuera de las visiones pertenecen al alma humana que tiene vestigios inculcados con el espíritu divino al que agrega la inacabable energía de la imaginación.

Sin necesidad de llevar a cabo análisis semióticos de los textos ni buscar elevarnos a las alturas del misticismo, rescatamos el gigantesco valor del pergamino, de la escritura, que es aún mayor que el texto que contiene.

El ritual de Sotá, además de su importancia simbólica, expresa el dominio de H’ que es el que permite que “la maldición salga sobre la superficie de toda la tierra”, y que pueda alcanzar también a aquellos que llevan acciones supuestamente secretas, para que sepan de la presencia de H’ en todos los espacios. Incluso los más íntimos.

Además aparte de todo, pese al dolor de la mujer acusada, la palabra y el pergamino, obran para que los celosos queden en ridículo y por el temor a ello no acusen a las mujeres por presuntos delitos que no cometieron o por aquellos que al no dejar pruebas, no pueden acusar.


Cuando la unidad básica de la familia se rompe, se destroza la nación

También por ello, valió la pena, que la Torá interrumpa el relato de las tribus de Israel, para que vean hacia dentro de sus miembros y de sus corazones.

El Mikdash Mordejay, obra escrita por el rav Mordejay Ilán, explica que hay una conexión muy fuerte entre la cuestión de la Sotá, la mujer sospechada de adulterio y las tribus de esta parashá: La Torá destaca una y otra vez, la idea que esta nación y estas tribus están compuestas por unidades familiares.

La idea es que Clal Israel en su conjunto no es más fuerte que las familias individuales. Es por eso que se inserta la porción de Sotá aquí. La Torá nos dice que cuando la unidad básica de la familia se rompe, se destroza la nación. El autor explica una interesante controversia que encontramos en el Sifré. Al final de la lectura de la parte de la Sota y el Nazir encontramos la Bendición de los Cohanim que termina con la afirmación “… veyasem leja Shalom” (… y os conceda la paz). R. Janina Sgan Hacohanim dice que esto se dedica a la paz en el hogar (Shalom Bayit). R. Natán dice que esto se refiere a la paz a nivel nacional (Shalom Bet David). A primera instancias parece ser una disputa extraña con opiniones totalmente dispares en cuanto a la naturaleza de la Bendición Sacerdotal. El Mikdash Mordejay reconcilia las dos opiniones y muestra que los dos sabios no están discutiendo. Todo el mundo está de acuerdo en que la preocupación es por la paz nacional – la paz para Clal Israel, pero para tener la paz para todos, son necesarios dos tipos de paz; paz con los enemigos en las fronteras, y la paz a nivel nacional. Con el fin de lograr la paz nacional, es también un deber lograr la paz en el hogar individual.


La bendición

En la lectura de la semana encontramos la orden dada a los cohanim de bendecir al pueblo de Israel: “Entonces el Eterno habló a Moshé, diciendo: “Habla a Aarón y sus hijos, diciendo: ‘De esta manera deben bendecir a los hijos de Israel, diciéndoles: “El Eterno te bendiga y te guarde. El Eterno haga brillar su rostro hacia ti, y te favorezca. El Eterno alce su rostro hacia ti y te asigne paz”’. Y ellos tienen que colocar mi nombre sobre los hijos de Israel, para que yo mismo los bendiga”.

Rabí Shimshón Rafael Hirsch (1808-1888), interpreta que los cohanim deben repetir textualmente el texto que les dictan y no son más que el conducto por el cual se transmite y desciende abundancia y abasto divinos hacia el pueblo. Rabí Jonathan Eybeschutz (1690-1764) dice que la voluntad divina es que los cohanim bendigan al pueblo según sus necesidades. Las quince palabras del texto hebreo de la bendición están dirigidas a satisfacer las necesidades de cada uno de los bendecidos. Sólo el Santo Bendito conoce lo que necesita cada una de sus creaturas.

Cada una de las bendiciones se relaciona escalonadamente a necesidades perfectamente delineadas. Hay un orden, una lógica y una ley en esas necesidades. Las personas que oyen esas bendiciones se identifican con ellas y a su vez las repiten cuando bendicen a sus hijos, como si las mismas sintetizaran todas sus necesidades.

La primera bendición se refiere a los temas materiales, corporales, físicos; esenciales y substanciales. A las insuficiencias fisiológicas y de seguridad. La segunda se ocupa exclusivamente de cuestiones espirituales. Pertenencia, amor, apreciación social. La primera parte de la tercera, habla de una intimidad con Di-os, la necesidad de respeto y valoración.

Isaac ben Moshé Arama (c. 1420–1494), las explica diciendo que las bendiciones se refieren a las necesidades esenciales, elementales, fundamentales, indispensables, y forzosas del ser. La primera a las necesidades de nuestro cuerpo, la economía y los adquieres temporales, la segunda a las necesidades espirituales y culturales, y la tercera a las necesidades que tenemos frente a Di-os, para satisfacer el  ansia, y la apetencia de Su presencia que se puede lograr junto al Shalom –la paz-.

Rabí Shimshón Rafael Hirsch dice que la primera bendición desea éxito en los bienes físicos y materiales y protección de toda influencia dañina. La segunda, en la concesión de habilidades espirituales para… conocer y comprender el rostro divino que se nos revela. La tercera nos lleva a la máxima aspiración que es el acercamiento a D-s. Y esta jerarquización de las necesidades, lo material, luego lo espiritual y por fin el acercamiento a lo divino, ¿no es a su vez otra gran lección de Di-os?

Es interesante ver como el psicólogo C. Alderfer (nacido 1940), en su revisión de la Teoría de las Necesidades de A. Maslow (1908-1970), agrupa a las necesidades humanas también en tres categorías:

Existencia: que agrupa las necesidades más básicas llamadas por A. Maslow fisiológicas y de seguridad. Relación: las necesidades que requieren, para su satisfacción de la interacción con otras personas, comprendiendo la necesidad social y el componente externo de la clasificación de estima. Crecimiento: representado por el desarrollo interno de las personas. Incluyen el componente interno de la clasificación de estima y la de autorrealización.

Como que ambos autores hubieran tenido frente a sí las bendiciones de nuestra parashá… ¿acaso no es Dios el Gran Psicólogo?


Cuando el ladrón se arrepiente

La Torá en Parashat Nasó aborda el caso de un ladrón que se arrepiente y desea devolverle lo que robó a la víctima.

Bajo ciertas condiciones, se le requiere que agregue una penalidad de un quinto al valor de lo que robó, y también que traiga un sacrificio de expiación especial.

La Torá aquí agrega que si la víctima murió y no dejó herederos a quienes se les pueda devolver el dinero, el ladrón debe pagar el dinero, con la multa del 20%, a los cohanim que prestan servicio en ese momento en el Bet Hamikdash. Jaza”l, como lo cita Rashí (5: 8), explica que la Torá se refiere aquí a un converso, que pierde sus relaciones familiares al convertirse de forma halájica. A menos que un converso tenga hijos después de su conversión, no tiene parientes halájicos y, por lo tanto, no tiene herederos. En tal caso, el ladrón debe dar el dinero a los cohanim.

            Al formular este mandato, la Torá escribe que si la víctima no tiene herederos, “ha-asham hamushav leHashem lacohen”: el dinero de la culpa “que se devuelve al Señor se le da al cohen”. Como explica Sforno, el dinero se debe fundamentalmente a Dios mismo, porque Él es el “maestro”, por así decirlo, de la víctima. Si la víctima está muerta y no deja herederos, entonces el dinero se le debe legalmente al maestro de la víctima, así como todo lo que se debe a un sirviente de facto pertenece a su amo. Pero como, por supuesto, es imposible dar dinero a Dios, la Torá requiere que se le dé el dinero al “representante” de Dios, el cohen que sirve en el Bet Hamikdash.

            Esta ley de guezel haguer, que devuelve dinero o propiedad robada a un converso que murió sin herederos, transmite un mensaje importante con respecto a la forma en que debemos ver y tratar a todos los demás miembros de la nación.

Si un converso moría sin dejar herederos halájicos, lo más probable es que se haya convertido a una edad avanzada, cuando ya no podía tener hijos. El caso de guezel haguer, entonces, involucra el robo de una persona mayor sin familia para apoyar, y que probablemente no haya tenido la oportunidad de trabajar en la   comunidad. Quien roba a un individuo así, incluso si posteriormente lamenta el crimen, puede no experimentar inmediatamente graves problemas de conciencia, o sentir la necesidad de corregir su delito, ya que las consecuencias del robo parecen mínimas. Sin embargo, la Torá enseña que incluso una persona sin familia o amigos cercanos es un amado siervo de Dios, y esto es cierto incluso después de su vida para alguien que se unió a Am Israel. Causar daño a cualquiera constituye una afrenta directa a Dios mismo, quien ama y aprecia a todos sus siervos, y por lo tanto, incluso si la víctima ya no está viva y no deja a ningún miembro de la familia, el autor debe compensar al Todopoderoso, por así decirlo.

            Esta comprensión de guezel haguer nos recuerda la historia contada más adelante en Sefer Bemidbar (12: 1-16) sobre el castigo de Miriam por hablar despectivamente de su hermano, Moshé.

Después de hablar de los comentarios inapropiados de Miriam, la Torá menciona que Moshé era una persona extremadamente humilde (12:3), y varios comentaristas explicaron que este punto se hizo para enfatizar que Moshé no experimentó ningún daño como resultado de los comentarios de Miriam. En su humildad, no fue molestado en absoluto por los insultos de la gente. Sin embargo, Miriam fue severamente castigada porque, como Dios les dijo a ella y a Aharón, “¿Por qué no temiste hablar contra Mi siervo, Moshé?” (12: 8). Incluso si confiaban en que sus comentarios ofensivos no le harían ningún daño a Moshé, tal discurso, sin embargo, estaba prohibido, ya que era el sirviente de Dios. La falta de respeto a Moshé es similar a la falta de respeto a Dios, y por eso Miriam y Aharón fueron reprendidos a pesar del hecho de que las palabras que pronunciaron no tuvieron efecto en Moshé.

La ley de guezel haguer nos enseña que lo mismo se aplica no solo a Moshé Rabenu, sino a todos los miembros de la nación, incluidos los de los círculos sociales más externos. Todo judío merece respeto si no por otra razón que no sea su estatus como el amado servidor del Todopoderoso. Incluso si la persona no sufre daño, o incluso si la víctima ha fallecido y no queda nadie que sufra las consecuencias de la ofensa, sin embargo, “ha-asham hamushav leHashem”, debemos buscar la expiación del Maestro, a cuyo querido servidor hemos hecho daño.

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