Tazria

Pureza ritual

        “La mujer cuando conciba y dé a luz varón, será impura (ritualmente) siete días; conforme a los días de su menstruación será impura. Y al octavo día se circuncidará al niño (Vaikrá 12: 2-3).

A primera vista, parece que la mitzvá de Milá, la circuncisión, no encaja con tumát yoledet, -la impureza de una mujer que ha dado a luz-. Por otra parte, ¿cuál es la naturaleza de la tumát yoledet? Tumá aparece, en términos generales, en relación con la muerte (con la excepción de los ocho de reptiles mencionados en la parashá de la semana pasada, Vaikrá 11: 29-30).

Pero el escenario de la yoledet –parturienta- es lo contrario de la muerte, para que ingrese en estado de tumá cuando da a luz. El versículo compara esta tumá a la de la mujer Nidá (menstruante). Pero la impureza ritual de la Nidá está relacionada con la vida potencial que no se ha realizado, y la emisión de la sangre que contiene el óvulo que podría haber tenido una nueva vida. Una mujer que da a luz acaba realizando plenamente ese potencial. ¿Por qué tiene la misma tumá?

La Torá viene a enseñarnos que todo proceso natural tiene algunos aspectos contradictorios, y los aspectos nocivos (incluso en los actos positivos) no pueden ser ignorados. Algunas personas piensan que todo lo que es natural es bueno. Pero, la Torá se sale de ese camino, en un contexto donde todo es aparentemente bueno, para enfatizar que hay aspectos incompletos y negativos.

Esta es la razón por la que la milá se menciona en este contexto. El Midrash Tanjuma (Tazría 5) cita una famosa disputa entre Rabí Akiva y el malvado procurador romano, Turno Rufo, que le preguntó a Rabí Akiva: “-¿Son acaso más bellas las acciones del Santo, Bendito sea, o las de un hombre de carne y hueso? -Las del hombre de carne y hueso son más bellas. –Sin embargo, el cielo y la tierra que vemos, ¿acaso puede el hombre hacer algo de igual belleza? -No me hables de lo que está más allá de las posibilidades de la criatura, puesto que las criaturas no tienen poder sobre ello. Háblame de las acciones de los hijos de Adán. -¿Por qué practicáis la circuncisión?

-Ya sabía yo que me preguntarías sobre esto, y por eso te tomé la delantera y te dije que las acciones del hombre son más bellas que las del Santo, bendito sea. Rabí Akiva trajo entonces espigas y algunos panecillos y le dijo: -Aquí está la obra del Santo, Bendito sea, y he aquí la obra del hombre. -Ciertamente, estos panes son más bonitos que las espigas. Turno Rufo volvió a preguntar: Si Dios desea la circuncisión, ¿por qué el niño no sale circunciso de las entrañas de su madre? A lo cual contestó Rabí Akiva: “¿Y por qué sale el cordón umbilical del niño fijo a su vientre, y su madre debe cortarlo? Si los niños no nacen circuncisos es porque el Santo, Bendito sea, ha dado a Israel prescripciones, mitzvot, para que se purifique por medio de ellas.” (Tanjuma, Parashá Tazría 5).

Rabí Akiva está tratando de comunicarle a Turno Rufo que los estados naturales creados por Dios no son necesariamente los mejores, y que el judaísmo cree que estamos destinados a tener los materiales que Dios nos dio y desarrollarlos, como el rabino Akiva ejemplifica en la analogía con el trigo y la  torta. El hombre no debe comer el trigo tal cual crece desde el suelo, sino que lo procesa y convierte en un producto completo. La más humilde obra humana completa a la más excelsa Obra Divina.

La Torá yuxtapone tumát yoledet a la mitzvá de milá para hacer hincapié en esta idea: hay imperfecciones en el mundo, y tenemos que corregirlas. La “imperfección” de la tumá deriva del proceso de nacimiento necesariamente doloroso. Prácticamente, todos los varones del mundo nacen con prepucio, y es la eliminación del mismo la primera y más básica señal del hombre judío. Al darse cuenta de este propósito dado por Dios, cumplimos con los mandamientos de la Torá y el deseo divino de que completemos la creación con nuestras propias manos.

Casi la totalidad de la parashá que leemos esta semana y la lectura de parashat Metzorá están dedicadas a las leyes de tumá y tahará – impureza y pureza rituales. Realmente no hay equivalente en español para estos términos, ya que estos conceptos de tumá y tahará no forman parte de la vida occidental.


Tumá es un estado metafísico

Quizás por ello, este tema no se ha estudiado suficientemente. Estas dos parashiot que muchas veces se leen sucesivamente en el mismo Shabat, nos da la oportunidad para intentar comprenderlo, dado que la mayoría de las discusiones sobre el judaísmo no se extienden mucho -si es que lo hacen- sobre tumá y tahará.

Hay varios casos enumerados en nuestras parshiot que engendran tumá. La primera es una mujer que da a luz. La segunda, a la que se dedica el resto de la parashá, es una condición de la piel llamada “tzaraat“, que generalmente se traduce como lepra, aunque los síntomas descritos por la Torá no coinciden con la enfermedad conocida como lepra en la actualidad. Al final de Metzorá encontramos tumá en el contexto de la menstruación. Aparte de estos casos, hay tumá también para alguien que toca un cadáver, y, lo más importante, para quien entra en contacto con un cadáver.

¿Cuáles son las leyes que pertenecen a alguien que es “tamé” (uno que ha contraído tumá)? Estas diferencias dependen de la gravedad de la tumá.

El “héroe” de nuestra parashá, que ha entrado en contacto con tzaraat, lleva las consecuencias más severas de todos – “Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada”. (Vaikrá 13:46) Pero todos los que son “tamé” tienen cierto grado de EXCLUSIÓN.

Esto se basa en un versículo que aparece más adelante en la Torá: “Manda a los hijos de Israel que echen del campamento a todo leproso, y a todos los que padecen flujo de semen, y a todo contaminado con muerto” (Bemidbar 5:2). El “campo” de este versículo es interpretado de manera variable por la ley oral, ya que hay tres “campamentos” en el campamento desierto del pueblo judío, el “campamento de la Presencia” (el tabernáculo o su futuro, el Templo) , El “campamento de los levitas” (alrededor del tabernáculo – el paralelo futuro es el Monte del Templo, los patios que rodean el Templo, que es hoy el área dentro del Muro Occidental), y el “campamento de Israel” Morada de los judíos alrededor del tabernáculo, equivalente a la ciudad de Jerusalén). El Metzorá (el que tiene tzaraat) es el único que es expulsado del “campamento de Israel”. Los otros que son ‘tamé’ en nuestra parashá derivan de una condición interna del ‘tamé’ (parto, menstruación, descarga seminal) y están excluidos del “campamento de los levitas”. Las formas más ligeras de ‘tumá’ se excluyen sólo del Templo propiamente dicho. Pero lo que es común a todos es una medida de exclusión, de alienación, de capacidad de relacionarse con la esfera de la santidad.

¿Existe un factor común que subyace a todas las formas de tumá?

Creo que podemos concluir que todos los que son tamé han entrado en contacto, en un grado u otro, con la muerte. La muerte es el factor común de todas las formas de tumá. Obviamente esto es cierto para una forma común de tumá, la que es relevante incluso hoy en día para el cohanim – el contacto con un cadáver. De hecho, un cuerpo muerto es llamado por los Sabios el “abot hatumá“. Pero un momento de reflexión revela que otras formas de tumá también están relacionadas con la muerte. Un cuerpo de animal muerto transmite tumá. Las formas de condición interna de tumá de nuestra parashá están relacionadas con la muerte, o más bien con la pérdida de la vida. La sangre menstrual representa la disolución de las condiciones para sostener una nueva vida. Las descargas venéreas enumeradas al final de parashat Metzorá son también contraindicaciones para la reproducción. “¡Ah!”, Dirás, “¿qué pasa con el parto, todo lo contrario?” Obviamente, el parto es el epítome de producir la vida. Pero, desde el punto de vista del cuerpo de la madre, el parto es una separación de la vida, ya que antes había una multiplicidad de vida, ahora sólo hay una. Una madre que nace, en el momento de producir vida, también está experimentando una medida de muerte. La experiencia de la muerte, en cualquier forma, engendra tumá.

Tumá en la Torá es claramente un verdadero estado metafísico. Es inútil tratar de traducirlo a estados más familiares para nosotros. Pero al comprender su causa, podemos categorizarla en relación con nuestra experiencia. Y al relacionar esa causa con las consecuencias, entendemos cómo opera. Lo que hemos visto es que la muerte, la experiencia de la muerte o el contacto con la muerte, excluye al hombre de una relación plena con Dios y, a veces, incluso con otras personas.

Tzaraat, la condición descrita extensamente en nuestra parashá, también es vista por la Torá como un estado de muerte. La razón por la que es el más severo de todos los estados de tumá es porque no es simplemente contacto con la muerte, o la experiencia de una oportunidad perdida para la vida, sino una experiencia real de la muerte misma. La carne de la Metzorá es descrita por la Torá como muerto. Cuando Miriam, hermana de Moshé, es golpeada con tzaraat, Aharón, su hermano, le dice a Moshé: “Y dijo Aharón a Moshé! Ah! señor mío, no pongas ahora sobre nosotros este pecado; porque locamente hemos actuado, y hemos pecado. No quede ella ahora como el que nace muerto, que al salir del vientre de su madre, tiene ya medio consumida su carne.” (Bemidbar 12:12). ). Los Sabios lo resumen: “Una Metzorá es considerada muerta”.

Con esto en mente, podemos examinar la ceremonia de purificación dictada para una Metzorá.

“Esta será la ley para el leproso cuando se limpiare: Será traído al sacerdote, y éste saldrá fuera del campamento y lo examinará; y si ve que está sana la plaga de la lepra del leproso, el sacerdote mandará luego que se tomen para el que se purifica dos avecillas vivas, limpias, y madera de cedro, grana e hisopo. Y mandará el sacerdote matar una avecilla en un vaso de barro sobre aguas corrientes. Después tomará la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo, y los mojará con la avecilla viva en la sangre de la avecilla muerta sobre las aguas corrientes; y rociará siete veces sobre el que se purifica de la lepra, y le declarará limpio; y soltará la avecilla viva en el campo. Y el que se purifica lavará sus vestidos, y raerá todo su pelo, y se lavará con agua, y será limpio; y después entrará en el campamento, y morará fuera de su tienda siete días. Y el séptimo día raerá todo el pelo de su cabeza, su barba y las cejas de sus ojos y todo su pelo, y lavará sus vestidos, y lavará su cuerpo en agua, y será limpio. El día octavo tomará dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres décimas de efa de flor de harina para ofrenda amasada con aceite, y un log de aceite. Y el sacerdote que le purifica presentará delante de… A. al que se ha de limpiar, con aquellas cosas, a la puerta del tabernáculo de reunión; y tomará el sacerdote un cordero y lo ofrecerá por la culpa, con el log de aceite, y lo mecerá como ofrenda mecida delante de .A. Y degollará el cordero en el lugar donde se degüella el sacrificio por el pecado y el holocausto, en el lugar del santuario; porque como la víctima por el pecado, así también la víctima por la culpa es del sacerdote; es cosa muy sagrada. Y el sacerdote tomará de la sangre de la víctima por la culpa, y la pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho. Asimismo el sacerdote tomará del log de aceite, y lo echará sobre la palma de su mano izquierda, y mojará su dedo derecho en el aceite que tiene en su mano izquierda, y esparcirá del aceite con su dedo siete veces delante de .A. Y de lo que quedare del aceite que tiene en su mano, pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho, encima de la sangre del sacrificio por la culpa. Y lo que quedare del aceite que tiene en su mano, lo pondrá sobre la cabeza del que se purifica; y hará el sacerdote expiación por él delante de .A. Ofrecerá luego el sacerdote el sacrificio por el pecado, y hará expiación por el que se ha de purificar de su inmundicia; y después degollará el holocausto, y hará subir el sacerdote el holocausto y la ofrenda sobre el altar. Así hará el sacerdote expiación por él, y será limpio. (Vaikrá 14: 2 – 20).

          Hay mucho aquí que es misterioso, y muy inusual, a nuestros oídos hoy. Los comentaristas ofrecen algunas sugerencias como hipótesis. Por ejemplo, el uso de aves, especialmente donde se deja libre en lugar de sacrificado, atrajo mucha atención. Rashí escribe: “Tzaraat es causado por la maldición, que es la acción de parloteo, por lo tanto su purificación requiere pájaros, que charlan incesantemente en voz alta”. Esto se basa en una declaración de los Sabios (Talmud Julin 140), que afirman que tzaraat es el castigo por calumnia. Podemos recordar que cuando Moshé fue enviado por Dios para sacar a los judíos de Egipto, él se opuso, alegando que los judíos no le creerían. Dios le dio una serie de signos milagrosos para realizar, uno de los cuales era colocar su brazo en su ropa y sacarlo – y sería cubierto por tzaraat blanco como la nieve (Shemot 4:6). Como una señal, esto sería definitivamente eficaz, pero los sabios se sorprendieron por el hecho de que parece ser una experiencia bastante desagradable en lo que respecta a Moshé. Ellos sacan la conclusión de que Dios está insinuando a la crítica de Moshé por haber calumniado a los judíos al dudar de su nivel de fe – y tzaraat es el castigo por calumnias. Del mismo modo, Miriam fue golpeada con tzaraat después de hablar contra Moshé por casarse con una mujer Cusita (Bemidbar 12). Continuando con esta simbólica vena moralista, Rashí explica los otros objetos de esta parte de la purificación:

Madera de cedro: Para tzaraat se produce por el espíritu de curso (orgullo). Un hilo escarlata (el color escarlata se produce de un gusano, “tolaat“): ¿Cuál es el remedio y la cura (para el orgullo)? Debería humillarse de su orgullo como un gusano y un hisopo.

En otras palabras, la purificación depende del contraste del poderoso cedro – el árbol más majestuoso del Oriente Medio – y el humilde hisopo, una simple maleza y el gusano.

Se podría intentar seguir así con el resto del ritual de purificación, aunque la explicación simbólica es necesariamente especulativa. Me gustaría complementar este método con un análisis comparativo de las diferentes etapas de purificación de la Metzorá. Este método no necesariamente explicará los detalles, sino que, con suerte, descubrirá el significado de cada etapa y, como resultado, nos dará también una comprensión del significado de tumá.

Los cuatro elementos del ritual de purificación son:

1. Afeitado; 2. Bañarse en agua (inmersión en un “Mikve”, un depósito de agua dulce); 3. Aspersión; 4. Colocación de sangre en la oreja derecha, y los dedos.

Cada uno de estos elementos del ritual de purificación se encuentra en al menos otro lugar en la Torá. Al examinar el otro contexto, podemos entender el propósito en el caso de Metzorá, incluso, sin una explicación detallada de los símbolos particulares de cada uno.

1. Afeitado

Los miembros de la tribu de Leví fueron santificados para servir a Dios en el Mishcán (tabernáculo del desierto) y en el Templo. La ceremonia de inauguración de los levitas en descrito en parashat Behaalotjá: “Toma a los levitas de entre los hijos de Israel, y purificaos. Esto es lo que haréis con ellos para purificarlos: rociarles agua de purificación (discutiremos esta parte más abajo, en el punto 3), Y DEJARÁN QUE RASGAN TODA SU CARNE, y enjuaguen sus ropas y se purifiquen. Llevad a los levitas a la tienda de reunión… y los hijos de Israel pondrán sus manos sobre los levitas. Y Aharón ofrecerá a los levitas como ofrenda delante de .A. de los hijos de Israel, y serán dedicados a servir al Señor” (Bemidbar 8:6-11).

El versículo conecta claramente el afeitado con la purificación. La dedicación positiva de los levitas tiene lugar en la Carpa de la reunión más tarde. El afeitado entonces no tiene un significado positivo, pero es una purificación preliminar antes de que la santificación pueda tener lugar. Especulando sobre el significado simbólico del procedimiento, parece justo concluir que el afeitado de todo el pelo del cuerpo es una forma de desprenderse de todos los elementos extraños de la vida anterior. El cabello, que está conectado al cuerpo pero no parte de la vida del cuerpo, simboliza los enredos externos que deben ser desentrañados y expulsados antes de que la dedicación total al servicio de Dios pueda tener lugar.

2. Baño (Mikve)

Todas las formas de tumá requieren inmersión en un Mikve; En todas las formas menores, la inmersión sola es suficiente. La inmersión entonces es igual a la purificación. Comparándolo con el preliminar del afeitado, podemos sugerir que carece de la idea de quitar partes extrañas de la existencia anterior, simbolizando la pureza misma. Basándose en una explicación simbólica ampliamente aceptada de Mikve, sugeriría que las aguas del Mikve simbolizan las aguas de la creación primordial (“… y el espíritu de Dios flotó sobre las aguas” – Génesis 1,2), o Alternativamente, las aguas de la matriz. En otras palabras, la inmersión en un Mikve es equivalente al renacimiento, a un regreso al estado primordial (puro) del principio; En otras palabras, la renovación. 

Es importante recordar que hay una diferencia básica entre el concepto de pureza (tahará) y el de santidad (kedushá). El estado natural de todas las cosas es la pureza; Tumá es una calidad añadida (negativa). La santidad es un estado elevado no-natural; El estado natural de todas las cosas es mundano. Una vuelta al nacimiento es un retorno a la pureza.

3. Aspersión

La aspersión se encuentra en el ritual de purificación de alguien que se ha convertido en tamé por contacto con un cadáver (Bemidbar 19, ver versículos 12-13). La comparación se ve reforzada por la presencia allí también de la madera de cedro, el hisopo y el hilo rojo. Como vimos arriba, la ceremonia inaugural de los levitas también incluyó este elemento. Estos dos casos son diferentes de los de la Metzorá con respecto a los ingredientes del medio de aspersión. En los otros dos casos, el agua mezclada con las cenizas de una novilla roja es rociada, a diferencia de la Metzorá, que es rociada con la sangre del ave sacrificada. El uso de las cenizas sugeriría una simbolización de la limpieza, un lavado de los elementos negativos; Y, de hecho, la Torá usa el verbo “lijatei” en este contexto, que parece significar “limpiar” (revise sus traducciones – Bemidbar 19:11; 19, donde generalmente se traduce simplemente como “purificar”, evitando El problema de una palabra hebrea difícil). El caso de contacto con un cadáver es, como hemos visto, el caso paradigmático de tumá, el contacto más directo con la causa de todo tumá. En tal caso, el renacimiento en las aguas de Mikve no es suficiente; La tumá debe ser purificada, es decir, la personalidad debe ser purificada. Os dejo a vosotros especular sobre la diferencia entre el uso de la sangre o las cenizas, mencionando sólo que tanto la sangre como las cenizas están directamente conectadas con la vida y la muerte, y que la metzorá es entendida por los Sabios como involucrados en el pecado Vimos arriba, calumnia u orgullo), mientras que tumá por contacto con la muerte puede haber sido inocente o incluso meritorio.

4. Colocación de la sangre

Encontramos esta extraña ceremonia en la inauguración de los sacerdotes originales, Aharón y sus hijos, que leímos hace cuatro semanas:

“Toma a Aharón y a sus hijos con él, y las vestiduras, el aceite de la unción, el becerro de la expiación, los dos carneros, y el canastillo de los panes sin levadura; y reúne toda la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión. Hizo, pues, Moshé como… A. le mandó, y se reunió la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión. Y dijo Moshé a la congregación: Esto es lo que .A. ha mandado hacer. Entonces Moshé hizo acercarse a Aharón y a sus hijos, y los lavó con agua. Y puso sobre él la túnica, y le ciñó con el cinto; le vistió después el manto, y puso sobre él el efod, y lo ciñó con el cinto del efod, y lo ajustó con él. Luego le puso encima el pectoral, y puso dentro del mismo los Urim y Tumim. Después puso la mitra sobre su cabeza, y sobre la mitra, en frente, puso la lámina de oro, la diadema santa, como… A. había mandado a Moshé. Y tomó Moshé el aceite de la unción y ungió el tabernáculo y todas las cosas que estaban en él, y las santificó. Y roció de él sobre el altar siete veces, y ungió el altar y todos sus utensilios, y la fuente y su base, para santificarlos. Y derramó del aceite de la unción sobre la cabeza de Aharón, y lo ungió para santificarlo. Después Moshé hizo acercarse los hijos de Aharón, y les vistió las túnicas, les ciñó con cintos, y les ajustó las tiaras, como… A. lo había mandado a Moshé. Luego hizo traer el becerro de la expiación, y Aharón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del becerro de la expiación, y lo degolló; y Moshé tomó la sangre, y puso con su dedo sobre los cuernos del altar alrededor, y purificó el altar; y echó la demás sangre al pie del altar, y lo santificó para reconciliar sobre él. Después tomó toda la grosura que estaba sobre los intestinos, y la grosura del hígado, y los dos riñones, y la grosura de ellos, y lo hizo arder Moshé sobre el altar. Mas el becerro, su piel, su carne y su estiércol, lo quemó al fuego fuera del campamento, como .A. lo había mandado a Moshé. Después hizo que trajeran el carnero del holocausto, y Aharón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero; y lo degolló; y roció Moshé la sangre sobre el altar alrededor, y cortó el carnero en trozos; y Moshé hizo arder la cabeza, y los trozos, y la grosura. Lavó luego con agua los intestinos y las piernas, y quemó Moshé todo el carnero sobre el altar; holocausto de olor grato, ofrenda encendida para… A., como… A. lo había mandado a Moshé. Después hizo que trajeran el otro carnero, el carnero de las consagraciones, y Aharón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero. Y lo degolló; y tomó Moshé de la sangre, y la puso sobre el lóbulo de la oreja derecha de Aharón, sobre el dedo pulgar de su mano derecha, y sobre el dedo pulgar de su pie derecho”. (Vaikrá 8, 2-23).

El contexto aquí es claro: se trata de una ceremonia de inauguración. Note que se realiza después de que los sacerdotes ya están vestidos con las prendas especiales que marcan su estatus especial (la ropa, como se dice, hace al hombre). Involucrarse en otro episodio de especulación, que será finalmente bien fundamentado en este caso, el “oído, la mano y el pie” parece sugerir que sus acciones (mano y pie) están dedicadas a Dios, pero sólo bajo la supervisión del oído dedicado a oír los mandamientos de Dios. Aquí tenemos un estado positivo que se confiere, en lugar de un negativo que se elimina. Aquí no se habla de purificación, sino de santificación.

Volver a Metzorá

La suma de las cuatro ceremonias para la metzorá, tomada después de la exclusión de la metzorá de toda vida religiosa y comunal, indica lo siguiente: Tumá, contacto con la muerte de una manera u otra, despoja al hombre del estado espiritual necesario para relacionarse a Dios, actuar como uno creado en “la imagen de Dios”. Para volver a funcionar como un ser espiritual, tiene que someterse, al menos en las formas más severas del tumá, a cuatro procesos: Excitar los elementos muertos, la renovación, la limpieza y la inauguración. Esto indica cuán profundamente la muerte contradice el significado de la vida y la actividad espiritual. El último proceso en particular, aunque sólo se encuentra en el caso de la metzorá, indica que incluso ser normal, simplemente puro y listo para actuar como persona regular, requiere inauguración, dedicación y medida de santificación, análoga a la inauguración De los sacerdotes de Dios. En la mayoría de los casos, simplemente regresar al estado natural de nacimiento lo logra, pero en la experiencia más profunda de la muerte, donde la muerte se ha apoderado de sí mismo en la forma del tzaraat, no sólo hay que renacer sino rededicarse también, Después de eliminar todos los rastros de la vida anterior y su contaminación.

 Aunque tumá nos pareciera un estado arcano y esotérico, eliminado de nuestras experiencias de hoy, este análisis nos muestra que el estado subyacente de la personalidad humana reflejado en tumá y tahará, pureza e impureza, encapsula una visión profundamente significativa de la relación del hombre con su libertad, su vida y con Dios.

La lectura de nuestra semana comienza a referirse al ser humano, de la misma manera que el relato de la Creación, después de haber recorrido en la parashá anterior, las normas referidas a los animales en 47 versículos del capítulo 11 de Sheminí, recorriendo por gran parte de la escala zoológica. Así lo subraya Rashí en su comentario. El humano del final de la Creación es el último también en cuanto a las normas de la pureza ritual. “Detrás y delante me rodeaste”, leeremos en el versículo 5 del salmo que citamos a continuación, – detrás de todas las obras, delante de los castigos-, fuiste creado. Si no fuiste humano completo, dice el midrash, te recordarán que hasta el mosquito fue creado antes que tú.

Y, casi en el mismo principio, después de la fecundación y del nacimiento, nos indica que en el octavo día, se debe circuncidar la carne del prepucio del varón.

¿Qué novedad nos trae el mandamiento del brit milá de nuestra parashá, si ya Dios lo había ordenado a Abraham? Los grandes pensadores nos enseñaron que la orden a Abraham fue personal e individual, por lo que no puede obligar a todo el pueblo de Israel. La prescripción que nosotros obedecemos surge de parashat Tazría. Ya Maimónides nos enseñó en forma más que contundente que cada mitzvá aparece claramente como mandamiento. Sin esta parashá, la experiencia de Abraham no hubiera sido obligatoria para las generaciones que siguieron tras él. Así aprendemos que la vigencia de los mandamientos está condicionada a la revelación de Sinaí. Nuestras mitzvot no son producto del folklore, de la imitación de lo que hicieron o no hicieron nuestros antepasados, no son tradición, no son costumbres. Son mandamientos divinos. Tienen esa especial calidad.

Algunos de los temas que trata la parashá suelen ser omitidos por los maestros y quienes enseñan parashat hashavúa. A veces con el pretexto que coincide con muchos otros temas muy interesantes. Pero, la razón tampoco es porque los de Tazría son verdaderamente difíciles. Hay una especie de creencia generalizada todavía hoy, que hay tramas que no son elegantes, que no son convenientes para los menores. Esas actitudes provocan que los temas omitidos “sean estudiados debajo de la mesa”, como lo sabe todo adolescente, como lo comprueba muchos años después cualquier docente olvidadizo. Pero, esos temas deben ser enseñados, deben ser estudiados. No deben omitirse ni siquiera cuando se trata de alumnos jóvenes.

Después de todo, aún las mitzvot de pureza e impureza que no podemos cumplir desde la destrucción del Templo, fueron dadas a los humanos concretos, reales, biológicos, y deben ser cumplidas con el cuerpo, no siempre limpio, no siempre puro. También debemos estudiar aquellas que por el momento no pueden ser observadas, porque forman parte de una totalidad indivisible.

En estas parashiot, encontramos material suficiente para que varios tomos del Talmud se dediquen a analizarlo, ya que forman el compendio de los preceptos de la pureza que nos debe guiar en las normas del judaísmo. Ya habíamos comentado en parashat Sheminí, que nuestra santidad deriva exclusivamente de la posibilidad de refinamiento que obtengamos con la autodisciplina que nos brinda el cumplimiento de las mitzvot. Esa idea nos debe seguir guiando también en la lectura de este sábado y en la del siguiente.

Pero, para poder estudiar el cumplimiento de las mitzvot que se refieren a las funciones biológicas del cuerpo, éstas se deben estudiar frontalmente. No hay tema tratado en la Torá que no pueda ser discutido y aprendido en la mesa, en el salón de clases o en el templo.

Sólo hay que encontrar el lenguaje apropiado y la manera.

El capítulo 139 de Tehilim, cuya belleza es indescriptible, y cuya profundidad, es asequible por todos, nos da una muestra de la manera en la que se pueden tocar incluso los actos más íntimos. Es tan bello que no puedo evitar transcribirlo en su mayor parte: “…Salmo de David. H’, Tú me has escudriñado y conocido. Tú conoces mi sentarme y mi levantarme; Desde lejos comprendes mis pensamientos. Tú escudriñas mi senda y mi descanso, y conoces bien todos mis caminos. Aun antes de que haya palabra en mi boca, Oh SEÑOR, Tú ya la sabes toda. Por detrás y por delante me has cercado, y Tu mano pusiste sobre mí. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Es muy elevado, no lo puedo alcanzar. ¿Adónde me iré de Tu Espíritu o adónde huiré de Tu presencia? Si subo a los cielos, allí estás Tú; Si en el Sheol preparo mi lecho, allí estás Tú. Si tomo las alas del alba, y si habito en lo más remoto del mar, aun allí me guiará Tu mano, Y me tomará Tu diestra. Si digo: “Ciertamente las tinieblas me envolverán, y la luz a mi alrededor será noche;” Ni aun las tinieblas son oscuras para Ti y la noche brilla como el día. Las tinieblas y la luz son iguales para Ti. Porque Tú formaste mis entrañas; Me hiciste en el seno de mi madre. Te daré gracias, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; Maravillosas son Tus obras, y mi alma lo sabe muy bien. No estaba oculto de Ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra. Tus ojos vieron mi embrión, y en Tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados cuando no existía ni uno solo de ellos. ¡Cuán preciosos también son para mí, oh Dios, Tus pensamientos! ¡Cuán inmensa es la suma de ellos! Si los contara, serían más que la arena; Al despertar aún estoy contigo. ¡Oh Dios, si Tú hicieras morir al impío! …. Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno”.

Y, si ya hablamos de la maravillosa creación literaria de nuestros antepasados, recordemos el relato de Masejet Nidá, 31a y Kidushin 30b: “Tres son los socios que tienen las personas. El padre, la madre y el Santo Bendito”. Principio que podemos comprobar casi todos los días. Y, la guemará allí nos desarrolla una serie de observaciones anatómicas del bebé que son recibidas de cada uno de los socios. Además de una verdad irrebatible, un recordatorio de nuestras limitaciones, encontramos en esa expresión una plataforma filosófica, ya que el “descubrimiento” de los sabios del Talmud es que somos producto por igual de la Madre y del Padre y no como se pensaba en las escuelas más avanzadas de aquella época. El Santo Bendito aporta, en definitiva, la vida. Él la concede y él la quita sin que los otros socios puedan protestar. Pero, aquí queda claro que los socios son madre y padre igualitariamente. Es la respuesta judía al pensamiento helénico de la época que había excluido a la mujer-madre de todo rol en la función familiar excepto el de la crianza. Es el aporte de los sabios del Talmud que aún en nuestros días sigue teniendo validez y merece ser recordado.

De nuestra parashá, en la que se analiza la relación del hombre y la mujer después de la larga lista de los animales, entendemos la diferencia. En la escala animal la reproducción es casi un fenómeno únicamente técnico, en los humanos la posibilidad de elevar la inspiración espiritual hasta la misma presencia de la Shejiná. Es lograr la santificación a través de la relación humana. En las bendiciones debajo del palio nupcial proclamamos “bendito eres .A. que santificas a tu pueblo Israel por medio de la jupá y los kidushin”. Es la única vez que proclamamos la santificación del pueblo de Israel y ello se logra a través de la mujer, que después de fecundada hará nacer a su hijo. Simplemente lo que nos dice el primer versículo de nuestra lectura.

Sobre el versículo de parashat Metzorá, (15:31), “Así ustedes mantendrán a los hijos de Israel separados de sus impurezas, para que no mueran en sus impurezas por haber contaminado Mi tabernáculo que está entre ellos.” nos dice el  Netziv: “se trata del mishcán que está dentro de la pareja” (y no del tabernáculo que se construyó), dentro de los espíritus de los judíos que eligieron vivir con santidad. Vigilantes pueden evitar que introduzcamos impurezas en los templos, pero, cada uno de nosotros es el responsable por convertirnos en un mishcán puro. Nuestra vida espiritual depende de la capacidad que tengamos de separar las impurezas.

En otras palabras, depende de la decisión que tomemos de vivir con pureza.


La circuncisión

Parashat Tazría comienza presentando varias leyes que se aplican después de que una mujer da a luz a un niño, incluida la mitzvá de brit milá: “Al octavo día, la carne de su prepucio será removida” (12: 3).

            La guemará en Masejet Shabat (130a) cita en referencia a la mitzvá de brit milá el verso en Tehilim (119:162), “Sas anoji al imrateja ke-motze shalal rav” – “Exulté sobre tus lugares, como el que viene sobre una vasta cantidad de despojos”. El rey David dijo que este verso, los comentarios de la Guemará, expresaba la alegría especial que experimentaba al contemplar la mitzvá de brit milá, la señal del pacto con Dios permanentemente impresa en su cuerpo.

            Rav Yitzjak Pinjas Goldwasser, en su Mei Zahav, señala el significado de la comparación que hace Guemará entre la circuncisión y “shalal”, un término que se usa principalmente para referirse al botín de guerra. Un ejército triunfante disfruta de las riquezas conquistadas por sus oponentes derrotados solo después de una larga y agotadora batalla y, a menudo, después de sufrir lesiones y traumas. “Shalal” no es algo que alguien pueda probar sin esfuerzo y sin sacrificio; se gana solo después de soportar un período difícil de dificultades. Y este muy bien podría ser el mensaje simbólico de la circuncisión. Nuestro pacto con Dios se establece formalmente con una experiencia de dolor y sacrificio, para indicar que los grandes beneficios de esta relación especial a menudo requieren un grado de dificultad y devoción desinteresada. Por supuesto, el dolor y el sufrimiento no son vistos como un ideal. Sin embargo, la experiencia de la circuncisión indica que no podemos esperar que nuestro estado como la nación atesorada de Dios sea siempre simple y sin complicaciones. Requiere trabajo duro y sacrificio.

            El rey David proclamó con entusiasmo: “Sas anoji al imrateja ke-motze shalal rav”. Se regocijó por los mandamientos de Dios incluso cuando reconoció que son “shalal”, que a menudo implican difíciles “batallas”, luchas y sacrificios. No podemos esperar que las mitzvot sean siempre fáciles, y no debemos permitir que las complejidades y los desafíos de la vida de la Torá disminuyan de nuestra alegría y sentido de satisfacción sobre el privilegio que tenemos para vivir una vida así.


La decoloración de la piel

La Torá en Parashat Tazría presenta las leyes de tzaraat, la decoloración de la piel que podría, dependiendo de numerosas condiciones, hacer que una persona sea ritualmente impura. De la presentación de la Torá se desprende claramente que la determinación del estatus de esa persona solo la realiza un cohen. Una persona no se convierte en metzorá a menos que el cohen realice una declaración a este efecto después de realizar una inspección de la decoloración.

            La Mishná en Masejet Moed Katán (7a) cita un debate entre los tanaítas sobre si una persona con una descoloración sospechosa se inspecciona durante un reguel (en Pesaj, Shavuot o Sucot). El rabino Meir sostiene que a un cohen se le permite inspeccionar una posible tzaraat en la infección de la piel solo “lehakel”, es decir, con el propósito de proclamarla pura. Esto significa que si el Cohen determina que la decoloración de hecho califica como tzaraat, debe permanecer en silencio y no declarar formalmente a la persona metzorá, ya que esto interferiría con la celebración de Yom Tov de esa persona. La opinión mayoritaria, que Guemará atribuye a Rabí Yosi, dictamina que no se realizan inspecciones en absoluto en Yom Tov.

           La Guemará cita a Rava para aclarar las circunstancias precisas que abordan el rabino Meir y el rabino Yosi. Es decir, hablan de una situación de “hesguer shení”, el segundo “período de espera” prescrito por la Torá. Como leemos en Parashat Tazría, una persona con una infección tzaraat es asignada primero a un estado de “vacilación”, un período de una semana durante el cual se encuentra en cuarentena en su hogar para determinar si La infección se extenderá. Si no se propaga, se declara un segundo período de “titubeo”. Rava explica que el rabino Meir y el rabino Yosi abordan el caso de una persona cuyo segundo período de “vacilación” concluye durante un festival. Según el rabino Meir, el cohen debe examinar al individuo, porque si ve que la infección ha comenzado a sanar, entonces declara que el individuo es puro, de modo que pueda abandonar su hogar y disfrutar del Yom Tov. Y si el Cohen ve que la infección se ha extendido, permanece en silencio, ya que declarar a la persona que la metzorá le causaría angustia, lo que no es apropiado para Yom Tov. El rabino Yosi, sin embargo, no está de acuerdo, y mantiene que el Cohen no inspecciona a la persona en Yom Tov en tal caso. Rava explica que, según el rabino Yosi, un cohen no tiene la opción de permanecer en silencio después de examinar una posible infección por tzaraat. Él debe emitir un fallo de una manera u otra. En tal caso, por lo tanto, el cohen no debe inspeccionar al individuo porque se vería obligado a declararlo metzorá si ve que la infección se ha extendido.

            Rava señala en este contexto que si una persona nota una descoloración sospechosa en Yom Tov y no ha sido inspeccionada por un cohen, entonces, según todas las opiniones, no debe ser inspeccionada en Yom Tov. Incluso el rabino Meir, quien, como vimos, le permite al cohen guardar silencio después de una inspección y no emitir una resolución, le prohíbe a un cohen hacer una inspección inicial en Yom Tov. Rava no explica las razones de esta decisión del rabino Meir. La explicación más simple, parece, es que no hay ningún valor en la inspección de una persona en este momento. El rabino Meir permite inspeccionar a una persona al final de “hesguer shení” debido a la posibilidad de que el Cohen determine que es puro, lo que le permitirá disfrutar del Yom Tov. Sin embargo, en el caso de una inspección inicial, no se gana nada examinando al individuo en Yom Tov, ya que, en cualquier caso, se lo considera puro, y no deseamos declararlo impuro en Yom Tov. Por lo tanto, incluso el rabino Meir sostiene que la inspección en este caso debería retrasarse hasta después de las festividades.


Lepra espiritual

El Ramban, en su comentario a Parashat Tazría (13:47), establece que la tzaraat descrita por la Torá, que afecta la piel, las prendas o las paredes de las casas, es un fenómeno puramente espiritual y sobrenatural. Ocurriría, explica, solo en los momentos en que Benei Israel vivía en un estado general de grandeza espiritual, de modo que las enfermedades espirituales se manifestaran en forma de tzaraat. En este contexto, el Ramban señala que las leyes de tzaraat se aplican solo en la Tierra de Israel, el lugar donde reside la Shejiná, ya que solo allí podemos alcanzar el estado de perfección casi espiritual en el que puede ocurrir tzaraat.

            Varios escritores han notado que los comentarios del Ramban parecen ser contradichos por un pasaje explícito en Torat Cohanim. Al comentar sobre el verso final de Parashat Tazría (13:59), Torat Cohanim escribe con respecto a tzaraat habegued (la forma de tzaraat que afecta a la ropa), “Así como esta es una mitzvá en la tierra, es igualmente una mitzvá fuera de la tierra”. Torat Cohanim aquí establece claramente que las leyes de tzaraat ha-rogadas se aplican igualmente en Eretz Israel y en otros lugares, aparentemente en contradicción directa con la afirmación del Ramban de que el fenómeno de tzaraat es específicamente relevante en la tierra de Israel, donde está presente la Shejiná. (Cabe señalar que el Ramban hace este comentario a modo de introducción específicamente a la sección que trata de tzaraat habegued).

            Rav Jaim Elazary, en su Darjei Jayim, sugiere una respuesta basada en los comentarios de Jizkuni con respecto a tzaraat habayit, la forma de tzaraat que surge en los hogares de las personas. La Torá escribe explícitamente que esta categoría de tzaraat se aplica solo en Eretz Israel: “Cuando entras en la tierra de Canaán…” (14:34) – y Jizkuni explica que esto significa que, a diferencia de las otras formas de tzaraat, tzaraat habayit no ocurrió en el desierto, antes de que la nación entrara en la Tierra de Israel. Como Shejiná residía entre Benei Israel en el desierto, las leyes de tzaraat se aplicaban, con la excepción de tzaraat habayit, que se aplicaba solo una vez que Benei Israel ingresaba a la tierra y construía casas permanentes. A la luz de esta distinción, el Rav Elazary sugiere que cuando Torat Cohanim habla de tzaraat aplicando incluso “fuera de la tierra”, podría significar en el desierto, durante el período en que Benei Israel vivió fuera de la Tierra de Israel pero todavía tenía el Shejiná. En medio de ellos. Si es así, entonces los comentarios del Ramban se pueden reconciliar fácilmente con los de Torat Cohanim. Probablemente admitiría que las leyes de tzaraat eran relevantes en el desierto, a pesar de estar fuera de Eretz Israel, ya que Shejiná residió entre Benei Israel durante este período y, por lo tanto, se encontraban en un estado espiritual que se prestaba al fenómeno de tzaraat.

            Rav Mordejay Gifter, en Pirké Torá, sugiere una respuesta diferente, señalando que Torat Cohanim tal vez se refiera al caso de una prenda que fue afectada con tzaraat y luego traída fuera de la Tierra de Israel. En tal caso, podríamos haber asumido que ya que la prenda ya no está en Eretz Israel, ya no está sujeta a las leyes de tzaraat. Por lo tanto, Torat Cohanim da instrucciones de que, dado que la decoloración apareció cuando la prenda todavía estaba en la Tierra de Israel, sigue sujeta a las leyes de tzaraat ha-rogada incluso una vez que se la ha llevado fuera de la tierra. Esto de ninguna manera contradice la posición del Ramban, que presumiblemente se refiere solo a situaciones en las que se observó una infección tzaraat fuera de Eretz Israel.


 Los ciclos de la vida

La segunda parte de parashat Shemini, se une a las dos que leemos esta semana, al presentarnos un detallado listado de acciones y productos hacia los que nos debemos relacionar si deseamos alcanzar la categoría de observantes de las mitzvot o, en otras palabras, servidores de D-os que reciben el Yugo Divino y el Yugo de los Preceptos. Esta relación deriva de aspectos del hombre como ser biológico, necesitado de proveer sus necesidades y que para ello desarrolla todas sus habilidades, deseos, y las fuerzas que posea desde la Creación. Sólo que, en el judaísmo, esa satisfacción de necesidades, reales o ficticias, suficientes o sobrantes, tienen límites, descritos casi hasta el cansancio por su meticulosidad. 
 
Ese listado de mitzvot no es fácil de cumplir. Llega al extremo que, por ejemplo, en nuestros días, cuando muchos ya decidieron abstenerse de consumir productos expresamente prohibidos, disfrazan algunos de los permitidos con las formas, olores, sabores, y nombres de los no aptos para nuestro consumo. Creen que así cumplen la mitzvá pero, internamente desean convencerse de su trasgresión. 
 
En parashat Tazria y en el contexto de la mitzvá de la circuncisión y también con escuetas y puntuales palabras, la Torá nos presenta la fecundidad del hombre y la mujer, los nueve meses del embarazo y el nacimiento. Tema que es fundamental en nuestra existencia como seres humanos, y en la norma, primordial para poder ser un pueblo.  
 
 Rabí Eliezer nos enseña: ‘Tal como la casa tiene puertas, también la mujer las tiene. Así está escrito (Job 3:10) “Pues no cerró el vientre de mi madre”, Rabí Yehoshúa dice, ‘Tal como la casa tiene llaves, también las tiene la mujer’, pues así está escrito en Bereshit 30, “Y D-os le oyó (a Rajel), y le abrió su matriz”. Dijo Rabí Akiva, ‘Así como la casa tiene pivotes, así los tiene la mujer’, ya que está escrito que cuando la esposa de Pinjás estaba próxima a dar a luz y supo que sido capturado el arca de D-os y le vinieron los dolores del parto, “se le dieron vuelta los pivotes”’ (Ver las palabras hebreas de I Samuel 4:19) (Según Midrash Rabá, Tazria, parashá 14).
 
El midrash citado,  relaciona a la mujer y a la matriz como una casa, el cálido hogar donde los seres humanos se alojan durante los meses del embarazo sin sufrir de hambre ni de sed, de frío ni de calor, acompasados por su compás, movidos por su movimiento, adormilados por su musicalidad y activos con su actividad, para salir a un mundo cruel al que seguramente no deseaban enfrentar. Mundo en el cual rige la ley de la gravedad, en el que no hay líquido amniótico, en el que cruelmente se corta el cordón umbilical. Mundo que necesita nuevamente de los cálidos brazos de la madre, que lo consolarán en su dolor, y le darán parte del calor perdido, que le alimentarán y le llevarán el susurro y el canto de cuna de su identidad. Nuevamente su hogar es la mujer, la continuidad de su cuerpo, y su alma.   Pero, un buen día se cumple el “que el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser” (Bereshit 2:24) y su conducta es regida por el tiempo biológico: menstruación, ovulación, fecundación, embarazo, nacimiento. Tiempo que provoca, según nuestras normas, círculos en espiral de acercamientos y alejamientos que parecen infinitos.

Cuando una mujer conciba y dé a luz un niño, quedará impura durante siete días, como lo es en el tiempo de su menstruación.  Al octavo día, el niño será circuncidado… Si da a luz una niña, la madre quedará impura durante dos semanas”… (Vaikrá 12, 2-5), nos dice la Torá y los sabios se encargaron de interpretar y de reglamentar. 
 
Así son los ciclos de la vida. 
 
Los mismos que permiten que la mujer viva el tiempo siguiéndolos y el hombre aprendiéndolos con el calendario que le traerá señales de las fechas con mitzvot a los que él está obligado y la mujer sólo invitada a guardar. 
 
Ella es el hogar del judaísmo al que los hombres están invitados. 
 
En el inicio de la parashá, casi desapercibida, aparece, como dijimos, la prescripción de llevar a cabo el brit milá. El tema del brit milá fue tratado ya en Bereshit   17: 9, pero   adquiere valor normativo recién en nuestra parashá, y en un texto de tan pocas palabras.
 
La guemará en Nedarim 31 b, nos dice que “la mitzvá de brit milá es tan importante que si no fuera por ella, el universo no se hubiera creado” y en Ein Yaacov sobre el mismo folio leemos que la milá equivale a todas las otras mitzvot, dicho que le brinda una posición de excelencia que comparte con sólo un puñado de mitzvot más. 
 
En el midrash Bereshit Rabá leemos una explicación a la circuncisión colectiva llevada a cabo por Yehoshúa antes de ingresar al pueblo judío a la tierra de Israel, cuando nos dice: ‘Si tus hijos cumplen con la mitzvá, ingresarán a la tierra de Israel y en caso contrario no lo harán’ (B. Rabá 46). Así lo relata Yehoshúa:

En aquel tiempo, H’ le dijo a Yehoshúa: «Prepara cuchillos de pedernal, y vuelve a practicar la circuncisión…»    
 Realizó la ceremonia porque aquellos que estaban en edad militar después de salir de Egipto ya habían muerto en el desierto.  Todos ellos habían sido circuncidados, pero no los que nacieron en el desierto mientras el pueblo peregrinaba después de salir de Egipto.  En el deambular por el desierto durante cuarenta años,   murieron todos los varones en edad militar.  A los hijos de éstos, a quienes D-os puso en lugar de ellos, los circuncidó Yehoshúa, quitándoles de encima el oprobio de Egipto, dice el texto casi con estas palabras. 
 
Los judíos que iban a ingresar con Yehoshúa eran adultos, y dieron su consentimiento porque sabían que si no pasaban por esa prueba no ingresarían al pacto y si no formaran parte del mismo no tendrían derecho de ingresar a Israel. En nuestros días, el consentimiento por el brit milá que un niño que ocho días no puede expresar, se obtiene retroactivamente cuando el padre, cumple con el mandamiento de quitar el prepucio a su hijo. Sólo aquellos que siguiendo ciertas modas se abstienen de hacerlo, expresan su protesta retroactiva por el brit al que los ingresaron y así salen del Pacto. Ya no ingresarán a la Tierra de Israel, ya no desean ser considerados hijos de Abraham, buscarán otras madres, otros cariños, otras protecciones.
 
Para ingresar al Hogar Nacional había que cortar los prepucios de quienes estaban esclavizados a los bienes materiales de Mitzraim, como para ingresar a la vida, hay que cortar el cordón umbilical del dulce hogar y arriesgarse al frío, al hambre y a la sed, para ser recibidos en las cálidas manos de la Madre, en las gigantescas manos de la Shejiná. 
 
Los hijos del Pacto, tienen límites en sus conductas y en sus satisfactores, ese es el precio de pertenecer, pero, esa es también la ventaja que como parte del pueblo, les permitió llegar hasta el día de hoy. 
 
Con esa conducta, garantizan también su futuro, el mismo que construirán con sus propios cuerpos, con sus propios tiempos, con su propia Ley.
 

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