VAYAKHEL

La influencia de otras arquitecturas

Cuando visitamos sinagogas majestuosas en muchos países, no dejamos de plantearnos cuál es el lugar del arte sacro en los templos de oración, como no podemos evitar buscar diferencias entre lo que aparece en Shemot y lo que luego las Escrituras describirían como pertenecientes al Primer Templo.

Cuando en estas semanas del año embolismal llegamos nuevamente a la culminación de Shemot, seguimos leyendo detalles de la ornamentación del tabernáculo. Los capítulos paralelos que aparecen en nuestra parashá y en Divrei Hayamim referidas al mishcán y al Bet Hamikdash de Shlomó, tienen similitudes.

Sin embargo, hay diferencias. Moshé recibió instrucciones directas y específicas de .A. para la construcción del Mishcán, y la Torá destaca que todo debía hacerse precisamente como .A. le mostró (Shemot 25: 9).

Jaza”l enseñaron que .A. le mostró a Moshé “imágenes de fuego” para todo lo que iría a ser creado (Menajot 29a). Betzalel y Aholiav fueron convocados por expresa disposición de .A. para dirigir las obras. Eran artistas y artífices inspirados en la fe. Pero Shlomó eligió materiales y artesanos recomendados por su amigo Hiram, el rey de la ciudad fenicia de Tiro. Entre los artesanos, arribó un judío también llamado Hiram, que era hijo de una viuda de la tribu de Naftalí y de un nativo de Tiro, experto en trabajar el bronce. Hiram era muy hábil e inteligente, y conocía la técnica así que se presentó ante el rey Shlomó y realizó todos sus trabajos. La diferencia entre Hiram y Betzalel y Aholiav es que el primero aprendió su profesión de arquitecto en las academias fenicias y fue influido cultural y desde el punto de vista artístico por la sociedad adoradora de ídolos. Su ingreso a Israel trajo tras de sí, a princesas fenicias que se unieron a reyes de Yehudá e Israel.

Muchas veces la búsqueda de la estética desprovista de otros valores, puede causar estragos espirituales al pueblo judío, que finalmente llevaron a la destrucción del propio Bet Hamikdash.

El arte y la estética elevan nuestro espíritu, pero, rendirnos a los artistas, puede no sólo llevarnos al materialismo, sino alejarnos totalmente de lo espiritual. El Mishcán construido por Moshé con la ayuda de Betzalel y Aholiav, temerosos de .A. es un símbolo para las generaciones de la unión de lo artístico y lo espiritual, cuando está libre de influencias espurias. Por lo que no debemos dejarnos impresionar por los edificios propios y ajenos que nos deslumbran. Nunca sabemos que hay detrás de ellos.

Cuando veo esas sinagogas inspiradas en otras culturas planificadas por arquitectos de renombre mundial pero desconocedores de las tradiciones no puedo evitar sentir estremecimiento, escalofrío, repeluzno y dolor.


La relación con Dios es personal

Y dijeron a Moshé: “El pueblo trae más de lo que se necesita para la obra de construcción que .A. nos ha ordenado que se haga.”  Entonces Moshé dio una orden, y se pasó una proclama por todo el campamento y dijo: “Ningún hombre ni mujer haga más trabajo para las contribuciones del santuario”. Así el pueblo dejó de traer más. Porque el material que tenían era abundante, y más que suficiente para hacer toda la obra”. (Shemot 36:5-7)

“Y todo aquel a quien le impulsó su corazón y todo aquel a quien su espíritu le movió a la generosidad trajeron la ofrenda de .A., para la obra del tabernáculo de reunión, para todo su servicio y para las vestiduras sagradas”. (Íb. 35:21)

El principio de la sabiduría es el temor de .A. Buen entendimiento tienen todos los que ponen esto por obra. Su encomio permanece para siempre” (Tehilim 111:10).

Fue la generosidad la que hice posible la construcción del mishcán y no ninguna imposición superior. Así pudo ser compensación por el error del Becerro de Oro. Y, ello no es casualidad. La relación de las personas con Dios no es mágica ni se puede conseguir por órdenes superiores. Es personal. Íntima. Por lo tanto, la construcción del santuario no puede ser llevada a cabo con los dineros obtenidos de gravámenes impuestos arbitrariamente. Sólo se puede hacer con lo que el corazón decide.

Así siguiendo este precedente, a través de las generaciones, nuestro pueblo supo asociarse generosamente y brindar lo mejor de sus bienes, para levantar otros santuarios que sirvieron para suplantar al Templo destruido, hasta la construcción del nuevo y definitivo en Jerusalén reconstruida.

En este caso, el de nuestra parashá, aprendemos que el pueblo “traía más de lo que se necesitaba”. Pero, no fue todo el pueblo, sino quien lo podía hacer desde su propia decisión y esplendidez.  Tal era el espíritu. Casi todos tomaron parte de la construcción pero, entre todo el pueblo se pudo notar el empeño y la generosidad de las mujeres. La Torá lo destaca especialmente, creando celos en los hombres que siempre pensaron que tenían derechos exclusivos en el Servicio Divino. “Todas las mujeres hábiles hilaron con sus manos, y trajeron lo que habían hilado, de tela azul, púrpura, escarlata y lino fino. Y todas las mujeres cuyo corazón las llenó de habilidad, hilaron pelo de cabra” (Íb 35:25).

El texto hebreo original del versículo ha dado lugar a distintos comentarios de nuestros sabios que no desarrollaremos aquí, pero de ellos se desprende también que fueron las mujeres las que tomaron la iniciativa ofreciendo sus joyas y luego los hombres siguieron ese gesto o que los hombres llevaron las ofrendas a pedido de sus mujeres. Fue una demostración del infinito amor que tenían las mujeres por la santidad. Amor que se expresa particularmente en el versículo que nos relata que: “Hizo también la fuente de bronce con su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión” (38:8).

Esas mujeres que donaron sus espejos, eran personas, “sabias de corazón” que ya no necesitaban de la vanidad de mirarse en los espejos para arreglarse, aburridas porque no tenían actividades en las que invertir sus tiempos. Ahora, podían prescindir de ese adminículo tan valioso, porque iban al tabernáculo de reunión para orar y estudiar. Habían encontrado la razón de sus vidas. Su objetivo. Su destino trascendente. Ya no más coquetería vana, ahora, hay sentido.

Esa participación femenina con toda su capacidad y su sabiduría, formó parte de un proyecto nacional que moldeó a todo el pueblo de Israel en su ruta desde el Éxodo hasta su ingreso a la Tierra Prometida. Los principales actores del mishcán fueron los descendientes de Miriam, y no los de Aharón, que había fracasado en la empresa de liderar al pueblo durante el becerro de oro, ni de Moshé que inexplicablemente quedaron apartado. 

Así, es el midrash quien nos trae a Hur, el abuelo de Betzalel ben Orí. Fue el hijo de Hur quien se lanzó a luchar contra los pecadores del becerro de oro. Así nos volvemos a encontrar con Miriam, la que entonaba el cántico frente al mar, la que se encontraba entremezclada con el pueblo, la que cantaba y bailaba con las mujeres, la que insinúa un nuevo modelo de liderazgo, no visto hasta esos instantes. El mismo Moshé, según el midrash Tanjumá, sólo se integra al trabajo de levantar el mishcán cuando es llamado expresamente. Hasta ese momento, como que había quedado marginado. La creación y construcción del mishcán, como habíamos visto ya en comentarios anteriores, logra la reparación de los errores del liderazgo que fallara permitiendo o quizás contribuyendo al Becerro de Oro, cuando por su medio, se canaliza el entusiasmo de la masa para un ideal correcto y positivo. Para ello fue necesario el aporte de la sabiduría de Miriam y el acompañamiento que tuvo de las mujeres.  “El principio de la sabiduría es el temor de .A. su encomio permanece para siempre” (Tehilim 111:10), parece que es el secreto.

La gran obra no fue producto de los sacerdotes ni de los políticos sino de una parte del pueblo, que es la que guarda en sí la sabiduría capaz de conducirlo sana y creativamente.

Pero, quienes contribuyeron con sus medios según la generosidad de sus corazones, también fueron quienes luego se integraron al Servicio. Fueron los elegidos. No la turba de “col haam” que se fue al culto pagano. Según Pirké derabi Eliezer, esas mujeres se habían negado ser parte de la ola de contribuyentes al culto pagano, y por ello fueron compensadas con las normas de descanso especial de los novilunios – el rosh jodesh-, después de todo el día de la gran alegría fue el primero de nisán. Eran aquellas a las que les cantamos en la mesa del kabalat shabat que “Extienden sus manos a la rueca, y sus manos toman el huso”, sin importarles lastimarlas. Incluso las más ricas, aquellas que tienen más de un sirviente en su casa fueron personalmente a hacer el trabajo.  Contribuir con el trabajo manual y personal tiene más mérito que firmar el cheque.

Quizás este acento de la parashá sobre la sabiduría y entrega de las mujeres, se proponga darnos una lección: “El principio de la sabiduría es el temor de .A.”, también sirve para la construcción del mishcán que es nuestro hogar. Y, no menos importante, que debemos aprovechar su fuerza, su energía y su dedicación y permitirles tomar parte en la reconstrucción del mishcán más grande, el del templo de nuestros días para que nos conduzcan en la restauración del Gran Templo que ojalá y se produzca también frente a nuestros ojos.


Los mandamientos crean unión

Los sabios del Talmud enseñaron, que después de la destrucción del Templo, las ofrendas de estudio y oración tomarán el lugar de los antiguos sacrificios, y la sinagoga ocupará el espacio comunal que una vez estuvo en el Tabernáculo en el desierto y el Templo en Jerusalén. Pero Rav Yeevi, un discípulo del Baal Shem Tov (el fundador del jasidismo) del siglo XVIII y más tarde el Maguid de Mezritch, (El rabino Dov Ber ben Avraham nació en 1704, y falleció el 15 de diciembre de 1772, fue discípulo del rabino Israel ben Eliezer, el fundador del judaísmo jasídico, y fue elegido como su sucesor para liderar el movimiento jasídico en sus inicios. Dov Ber es considerado como uno de los fundadores de la filosofía mística judía, y como un fiel seguidor de las enseñanzas del Baal Shem Tov. El Maguid fue un arquitecto del movimiento jasídico, Dov Ber estableció su base de operaciones en la villa de Mezhirichi, en Volinia). ofrecen una bella interpretación del primer pasuk de la lectura de la segunda parashá de este shabat que hace que estas leyes no sean relevantes solo comunal sino fundamentalmente en lo personal: “’Estos son los preceptos (pekudei) del Tabernáculo, Tabernáculo del Testimonio’ (Shemot 38:21), que podemos traducir también “las siguientes son las cosas contadas en el inventario del tabernáculo, el tabernáculo del Testimonio”, -los mandamientos son las visitas (pikudim) los comandos, directivas, directrices, dominios de Dios. Cada mitzvá es una oportunidad y una invitación para una experiencia de lo Divino. Al realizar estas acciones sagradas, transformas tu vida en un lugar de habitación, o tabernáculo (mishcán) para la Presencia divina (Shejiná – inspiración, influjo)”. (Estas dos últimas palabras hebreas comparten una raíz hebrea, que significa “morar”). ¡Cuando vives cada día con este objetivo en mente, dice Rav Yeevi, un discípulo del siglo XVIII de Baal Shem Tov (el fundador del jasidismo) y luego del gran Maguid de Mezritch, “tus acciones se unen para establecer un hogar para Dios. Se combinan para formar una estructura viva, encarnada de hechos que dan testimonio de la presencia de Dios en el mundo”. Este es el “tabernáculo del testimonio”, una vida humana llena de devoción y atención plena. El rabino Shneur Zalman de Liady, (18 de Elul de 5505- septiembre 4, 1745 – diciembre 15, 1812), también conocido como “el Alter Rebe,” “Baal Hatania” y “el Rav”, pregunta: ¿Por qué debemos continuar estudiando el Talmud después de tantos códigos de la ley judía que ya se han escrito? ¿No nos dicen acaso qué hacer? Esta pregunta se vuelve aún más señalada en la era de los sitios web de acceso abierto que distribuyen información sobre los pormenores de la práctica judía a todos los que la buscan y desean aprenderla siguiendo la voz de centenares de estudiosos. El Talmud, responde rabí Shneur Zalman, es la cantera de la materia prima, el universo conceptual a partir del cual podemos construir una serie casi infinita de nuevas ideas. Él describe estas nuevas estructuras como una verdadera sucá, una morada protegida que nos aísla de las fuerzas de la osificación espiritual, la adoración de memoria y la miopía intelectual. Esta es su interpretación del versículo: “Y en tu boca he puesto mis palabras, y con la sombra de mi mano te cubrí, extendiendo los cielos y echando los cimientos de la tierra, y diciendo a Sion: Pueblo mío eres tú.” (Yeshayahu 51:16) -el gran mar de la Torá, que continúa desarrollándose a través de las generaciones es la mano protectora de lo Divino. Los maestros jasídicos nos dicen una y otra vez que la palabra mitzvá (“mandamiento”) debe interpretarse como Tzavta, – “vínculo” o “conexión”. Los mandamientos deben ser oportunidades a través de las cuales podamos trascender nuestra conciencia ordinaria. Este enfoque de las mitzvot da forma a nuestra comprensión del proyecto completo de la ley y la observancia judías; Su objetivo final debe ser guiarnos hacia una experiencia de una cercanía radical con lo Divino. La Halajá nunca debe estancarse; es flexible, cambia y evoluciona constantemente. Sin embargo, la halajá también hace afirmaciones muy reales sobre nosotros; hay momentos de creatividad e innovación, pero también hay momentos de sumisión y reverencia. Traducir halajá como “ley” puede ser más engañoso de lo que es útil, así como la mitzvá como “mandamiento” oscurece su otra connotación de una acción que forja una conexión íntima entre los reinos humano y divino. Halajá es, literalmente, el “camino” o “pasaje” sagrado por medio del cual somos llamados a construir el tabernáculo de nuestras vidas, construyendo un lugar de descanso para Dios en el mundo. En el último capítulo de Shemot (40: 34-38), Moshé finalmente completa el trabajo del tabernáculo, que luego estará lleno de gloria divina. Varios comentaristas señalan que, incluso más que los eventos del Monte Sinaí, este momento evocador representa el cumplimiento final del Shemot de Egipto. Es a través del Tabernáculo y las leyes de los sacrificios que finalmente nos convertimos en siervos de Dios. Volviendo una vez más a nuestra imagen, una vida de devoción, nacida del mandamiento, no es algo que sucede arbitrariamente. Debe ser cultivado, y debe ser construido. Construimos una vida de fe y esperamos que se llene con la presencia de Dios. La Torá nos dice que la Nube de Gloria protegió y acompañó a los israelitas en sus viajes, guiándolos y tutelándoles, y sirviendo como un faro iluminado por la noche. Podríamos decir que esto también es cierto en nuestras vidas: en momentos de oscuridad y duda, la estructura sagrada creada por nuestros propios actos, iluminada con luz divina, nos guía y nos protege y da testimonio de la relación de Dios con la humanidad.  


Betzalel Ben Uri

Betzalel ben Uri, el principal arquitecto y artesano del Tabernáculo (mencionado en Shemot 31: 2,   en 35:30, y de nuevo en 38:22) es descrito por la Torá como poseedor de una amplia gama de habilidades.

 Era experto en trabajar artísticamente la madera, una variedad de metales, piedras preciosas y semipreciosas, paños, cueros y pieles, aceites y perfumes.   Una habilidad adicional, con la que fueron bendecidos tanto él como su asistente Oholiav, fue la capacidad de enseñar a los demás cómo llevar a cabo los esfuerzos artísticos asociados con el Mishcán. Hay que reconocer que cuando un artista puede trabajar con pericia en tantos medios y comprender en gran profundidad las propiedades de cada sustancia, tiene que poseer una sensibilidad estética muy desarrollada y capacidades asociadas a la vista, la destreza manual, y la técnica artística.   Ibn Ezra, en Shemot 31: 3 añade que el tipo de conocimiento arquitectónico que implicaba la construcción del Mishcán, hizo necesario que Betzalel esté también muy bien informado en matemáticas, así como en la toma y ejecución de mediciones precisas. 

Además, puesto que el propósito del Tabernáculo era espiritual, en cuanto a que constituye una estructura diseñada para ser ocupada por la inmanencia divina, el diseñador debía estar familiarizado con el conocimiento místico.  Quizás para entender esa personalidad tan compleja, debamos recurrir a la posibilidad de combinar Avodá Begashmiyut- “servir a .A.  a través de nuestra corporeidad, adorándolo en el mundo material, y en situaciones físicas,” combinando el servicio con Torá y Mitzvot, en Avodá Berujaniyut (servicio de naturaleza espiritual).

Este enfoque considera la posibilidad de adorar a .A.  en todas las formas de la actividad humana, siempre y cuando las intenciones sean “leshem Shamaim”, con fines celestiales. Nosotros debemos buscar la excelencia tanto en términos religiosos como seculares, así como encontrar el terreno común donde estos dos mundos puedan complementarse entre sí. Estamos llamados a inspirarnos en personalidades como Betzalel, que logran modelar de manera portentosa su existencia.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Grace dice:

    Esta vez mi Rav me abres muchos espacios de reflexión y desarrollo, el dar siempre más, el papel de la mujer en el mishcán en el desierto, la importancia de dotar a toda estética de espiritualidad’ halajá no como ley, como puente espiritual a lo divino, Betzalel, sus destrezas al servicio divino, nuestra íntima relación con .A., excelencia en lo secular y religioso y tender puentes entre estos aspectos. Es lo que más me saltó de tus textos y vaya que nos dejas tarea de superación. Seguramente iré notando otros aspectos al ir desarrollando mi estudio y práctica, mis equilibrios seculares y religiosos, mi papel como mujer en el rezo y estudio y como artista. Gracias.

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  2. QUERALT MERINO, BERNARDO dice:

    😊😊 Muchas gracias, Yerahmiel.

    Un fuerte abrazo.

    Bernardo

    ________________________________

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