Y, “¡bendecidme también a mí!” (Shemot 12:32).

Estamos unidos a Mitzraim y a Egipto, su nueva encarnación, desde que nos esclavizaron. Recordamos la sumisión y la libertad en muchas plegarias, en la lectura de la Torá y en el Seder de Pesaj, al grado que no podemos negar esa situación cuando esperamos otra redención. Y a veces, nos quedamos con un sentimiento ambivalente. Nos ordenaron limitar nuestra alegría porque las “obras de Tu mano, se hunden en el mar” y no podemos completar los laudes.

En nuestra parashá, en medio de la noche, Faraón y toda su corte se despiertan con el horror de la décima plaga.

Cada hogar egipcio está de luto.

Bajo el peso de la desventura, el rey, que se imagina a sí mismo un dios, se humilla. Desesperado, cede a las demandas de libertad de Moshé para los esclavos israelitas “¡E hizo llamar a Moshé y a Aharón de noche, y les dijo: Salid de en medio de mi pueblo vosotros y los hijos de Israel, e id, servid a .A., como habéis dicho!” (Shemot 12:31). Pero al final Faraón expresa una sorprendente petición que es también plegaria: “uverajtem gam otí“, grita: “¡y bendecidme también a mí!” (Shemot 12:32).

Sabemos muy bien, que lo que es cada vez más difícil de curar es el deseo (en su mayoría inconsciente) de no curarse. Y en más de un caso, la plegaria, puede ser el principio de cura, cuando se eleva con todo el cuerpo y toda el alma. Pedir una bendición en esas condiciones puede muy bien, ser, la exteriorización de una decisión de cambio.

Los comentaristas interpretan la solicitud de la bendición de Faraón de maneras diferentes. Rashí, el exégeta francés del siglo XI, cree que se trata de un acto cínico práctico. Faraón le pide a Moshé para que él solicite a su Dios que no lo deje morir, porque es un hijo primogénito. Ramban-Najmánides, lee dos siglos después desde España, y argumenta que Faraón está buscando una bendición no solo para sí mismo sino para todo el reino de Egipto. Quizás porque ha comprendido que sus propios dones que su pueblo creía divinos, no sirven para ello.

Pero, la Mejilta de Rabí Shimón Bar Yojay, un midrash halájico de la escuela de rabí Akiva también llamado “Mejilta Ajarita”, nos enseña que la solicitud del faraón indica que había percibido que le faltaba elevar una oración, y que Dios no perdona a alguien hasta que no persuade a su prójimo para que también lo absuelva.

Este pensamiento es muy profundo, ya que nos ilustra cuestiones que generalmente nos pasan por alto.

¿Acaso Faraón hizo teshuvá y se arrepintió de su accionar? ¿Esa es la razón por la cual, pese a todo lo que hizo contra los israelitas, le fue perdonado en la redención del Éxodo? ¿Qué sucedió con ese tirano implacable en esos momentos del gran duelo nacional?

El midrash nos dice citando al profeta: “En aquel tiempo habrá altar para .A. en medio de la tierra de Egipto, y monumento a .A. junto a su frontera. Y será por señal y por testimonio a .A. de los ejércitos en la tierra de Egipto; porque clamarán a .A. a causa de sus opresores, y él les enviará salvador y príncipe que los libre.” (Yeshayahu 19:19-20). La boca que dijo en Shemot: “¿Quién es .A., para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a .A., ni tampoco dejaré ir a Israel?” (5: 2) es [también] la boca que dijo: “He pecado esta vez; .A. es justo, y yo y mi pueblo impíos” (9:27).

¿Qué recompensa recibió por esto?

Que el pueblo de Israel tenga una relación especial en el futuro con los opresores del pasado.

 “No aborrecerás al egipcio, porque forastero fuiste en su tierra. Los hijos que nacieren de ellos, en la tercera generación entrarán en la congregación de .A.” (Devarim 23: 8).

Este pasuk nos deja fascinados, pasmados, sorprendidos.

Pero, continúa el midrash, citando el libro de Shemot: La boca que decía: “Perseguiré, apresaré, repartiré despojos; mi alma se saciará de ellos; sacaré mi espada, los destruirá mi mano” (15: 9) es [también] la boca que dijo: “Huyamos de delante de Israel, porque .A. pelea por ellos contra los egipcios” (14:25).

Vemos aquí que la actitud de Faraón no es solo una rendición de un rey que ha perdido ante un rival más poderoso, sino una especie de teshuvá. De repente, Faraón se da cuenta de su propia distancia espiritual de Dios, y a nosotros que fuimos oprimidos por egipcios hace tantas generaciones, se nos prohíbe aferrarnos al odio, como parte de la teshuvá, quizás una verdadera necesidad del arrepentimiento propio.

Pero el profeta Yeshayahu va mucho más lejos y nos trae imágenes impresionantes. El siguiente versículo explica el significado de la futura lealtad de Egipto a Dios: ” Y será por señal y por testimonio a .A. de los ejércitos en la tierra de Egipto; porque clamarán al Señor a causa de sus opresores, y él les enviará salvador y príncipe que los libre” (Yeshayahu 19:20).

En otras palabras, el Midrash citando al profeta, nos enseña que un día, Dios liberará al pueblo de Faraón de algún tirano que le acosa, así como, en el pasado Dios liberó a los esclavos israelitas de Faraón. Y lo que es más, esta inversión de roles culminará en que los adversarios se conviertan en aliados, y cada nación compartirá la beneficencia de Dios. Yeshayahu profetizó: “En aquel tiempo Israel será tercero con Egipto y con Asiria para bendición en medio de la tierra; porque el Señor de los ejércitos los bendecirá diciendo: Bendito el pueblo mío Egipto, y el asirio obra de mis manos, e Israel mi heredad” (Yeshayahu 19:24).

Al fin y al cabo, destino común.

Para llegar a él es todavía necesario convertir el odio y el resentimiento en misericordia, y unirnos al pedido de Faraón: ¡bendecidme también a mí! Particularmente en estos días en los que los sucesos nos desbordan.

La Oscuridad

Encontramos en esta parashá un elemento común entre varias plagas que asolaron a Mitzraim, algunas de ellas a los hijos de Israel y todas a los súbditos de Faraón. Aprendemos ello de la plaga de los tábanos, ante la cual la Torá nos enseña que

“haré distinta en aquel día la tierra de Goshén sobre la cual está situado mi pueblo, para que no exista allí tábano alguno; a fin de que sepas que yo soy .A. en medio de la tierra.  Y   fijaré una demarcación entre mi pueblo y tu pueblo” y es la oscuridad.

En la plaga de la langosta:

“Y fueron cubriendo la superficie visible de todo el país y el país se oscureció; y siguieron comiéndose toda la vegetación del país y todo el fruto de los árboles que el granizo había dejado; y no quedó nada verde en los árboles ni en la vegetación del campo en toda la tierra de Mitzraim…” (Shemot 10:15)

“Entonces .A. dijo a Moshé: “Extiende tu mano hacia los cielos, para que ocurra oscuridad sobre la tierra de Mitzraim, y la oscuridad pueda palparse”.  Inmediatamente extendió Moshé su mano hacia los cielos, y empezó a acaecer una oscuridad tenebrosa en toda la tierra de Mitzraim por tres días” (Shemot 10: 21-22).

“Y la morada de los hijos de Israel, que habían morado en Mitzraim, fue de cuatrocientos treinta años.  Y aconteció al cabo de los cuatrocientos treinta años, sí, aconteció en este mismo día, que todos los ejércitos de .A. salieron de la tierra de Mitzraim.   Es noche de observancia con respecto a .A. por haberlos sacado de la tierra de Mitzraim. Con respecto a .A., esta noche es una de observancia de parte de todos los hijos de Israel durante todas sus generaciones”. (Shemot 12: 40-42)

Parashat Bó nos lleva al corazón de la oscuridad. Se abre el enjambre de langostas que oscurecieron la tierra. Entonces Mitzraim se ve envuelto en el joshej afelá, una “densa oscuridad” (Shemot 10:15) tan palpable que hace que los egipcios sean incapaces de moverse durante tres días. Todo este terror oscuro se acumula hasta la plaga final cuando, a la medianoche, .A. ataca al primogénito en cada hogar egipcio. Por fin, como todo Mitzraim gime en la oscuridad, Faraón en seguida   llamó a Moshé y Aharón de noche y dijo: “Levántense, salgan de en medio de mi pueblo, tanto ustedes como los hijos de Israel, y vayan, sirvan a .A., tal como han declarado'” (Shemot 12:31).

La oscuridad de Bó es inseparable de la devastación y la muerte. Es, por lo tanto, una fuente de trepidación intensa, no solo para los egipcios, sino también para nuestros antepasados israelitas, y para nosotros. 

Cuando, nos encontramos arrojados a lugares oscuros, tendemos a alcanzar desesperadamente la luz. El descenso de la oscuridad rompe nuestras ilusiones de control y nos recuerda nuestra propia mortalidad.

Parashat Bó nos recuerda que la oscuridad también es la incubadora de la esperanza, el lugar donde nace la redención.

En Mitzraim, el pueblo judío se convierte en una nación. Somos concebidos en la oscuridad de la esclavitud y entregados en medio de la eterna noche de vigilia de Dios.

Es natural temer a la oscuridad. El anochecer es aterrador. Sin embargo, si nosotros, como nuestros antepasados, deseamos crecer a partir de nuestras experiencias, debemos aprender a abrazar el poder liberador de la oscuridad.

En la medianoche egipcia, nuestros aterrorizados antepasados vieron por primera vez la libertad. En nuestras propias madrugadas, nosotros también comenzamos a ver, pero sólo si encontramos la fe para mantenernos firmes a pesar de nuestro miedo, esperar pacientemente en las sombras en lugar de correr prematuramente en busca de la luz.

El término arameo para la ceguera es sagui naor, literalmente, “demasiada luz”. Así, el lenguaje de nuestro Talmud revela una verdad fundamental: para crecer, necesitamos la oscuridad no menos que la luz del día. El profeta Yeshayahu elogió a Dios como Yotzer Or, “Creador de la Luz” y como Hacedor de la Oscuridad”. Y nuestra tradición siempre ha reconocido que así como nuestros meses comienzan en las noches más oscuras, en la Neomenia, rosh jodesh que celebramos bajo la luna nueva, cuando únicamente aparece un leve destello, también nuestras almas pueden encontrar sustento en las sombras, si tan solo podemos reunir el valor para detenernos allí.

Tres meses después del Éxodo descrito en Parashat Bó, los israelitas llegan al Monte Sinaí. Allí, también, se encuentran con una espesa oscuridad, en forma de arafel, la “nube densa” que cae sobre la montaña (Shemot 19:16). La Torá nos dice que aquí es precisamente donde se encuentra Dios. Moshé entra dos veces valientemente en esa oscuridad divina. Él vuelve portando las tablas.

Mientras Moshé y Aharón luchan por convencer a Faraón de que libere a los israelitas, las plagas aumentan en severidad y se oscurecen más y más. La plaga de la oscuridad trae “una oscuridad que se puede tocar”, una “oscuridad espesa”, de modo que “la gente no se podía ver, y durante tres días nadie podía moverse” (Shemot 10: 21-23). Y, por supuesto, la más oscura de todas es la plaga final, la muerte del primogénito, que ocurre “en el medio de la noche” (Shemot 12:29) y trae oscuridad total a cada hogar en Mitzraim.

Vayehi bajazti halaila, “En el medio de la noche”, todo Mitzraim fue despertado a la hora del tiempo de los sueños o las pesadillas, (Shemot 12:29). Incluso Faraón se levantó de su cama real. Vatehi tzaaká guedolá beMitzrayim, ki ein bayit asher ein-sham met, “Hubo un fuerte clamor en Mitzraim, porque no había casa donde no hubiera alguien muerto” (Shemot 12:30). Sí, esta fue la plaga más oscura de todas, afectando a todas las familias, a todos los hogares, ricos y pobres, altos y bajos, culpables e inocentes. Toda familia estaba conmovida por la muerte, unida en la hermandad de la conmoción y la tristeza. En su comentario sobre Shemot, el profesor Umberto Cassuto escribió: “Y Faraón llamó a Moshé y Aharón de noche, a pesar de su orgullo y advertencia a Moshé para que nunca más volviera a ver su rostro, ahora se ve obligado a humillarse y convocar a su palacio a los mismos que hace un momento lo desterró de allí. Y todo esto en la oscuridad de la noche, porque el tiempo es apremiante y no se atreve a esperar hasta la mañana. En tres versículos consecutivos, la primera cláusula termina con la palabra noche, como un triple eco que subraya el terror de ese momento de maravilla… Cuando ellos (Moshé y Aharón) aparecieron ante él, Faraón les habló lacónicamente y de manera irregular, en palabras [que tenemos en el texto hebreo] de una o dos sílabas solamente, como uno agarrado por un terrible temor, que no puede hablar con calma”. (U. Cassuto, Un comentario sobre el Libro del Shemot [Jerusalén: The Magnes Press, 1967], p. 145)

El mismo lenguaje refleja el drama de la historia, tanto en la repetición de la palabra laila, “noche” (en Shemot 12:29, 30 y 31), como en el lenguaje staccato, con una serie de notas muy breves articuladas por separado, del faraón traumatizado. El texto de la Torá quiere transmitir ese drama y traernos a la historia. Sentimos el dolor de aquellos cuyos muertos yacen ante ellos, incluso nuestros enemigos, los opresores.

Una cosa que todos los seres humanos tienen en común es la mortalidad. Sabemos que todos deben morir, sin embargo, seguimos lamentando y llorando cuando la muerte se lleva a quienes amamos. Eso es universal, una verdad de la que no podemos escapar. Vatei tzaaká guedolá beMitzrayim, ki ein bayit asher ein-sham met, “hubo un gran clamor en Mitzraim, porque no había casa donde no hubiera alguien muerto”. Leemos estas palabras y reconocemos ese llanto.

Nuestro texto de la Torá nos da presenta la oscuridad soportada por los egipcios como resultado de la terquedad de Faraón, y también de la oscuridad que nuestro pueblo soportó en su camino hacia la liberación. Pero también vemos la luz de esperanza para aquellos cuyos años de esclavitud estaban llegando a su fin, cuando comenzaron a avanzar hacia la libertad.

2 comentarios

  1. Es difíficil ver la luz de la esperanza en la oscuridad y tu comentario mi Rav, me inspira a empujarme en cualquier momento oscuro de mi vida y repensarlo como una oportunidad de liberación para estar más cerca de .A. y abandonar malos hábitos anteriores que probablemente han sido semilla de dicha oscuridad.

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  2. Muy importante entender la redención como la planteas mi Rav y nuestra capacidad de empatizar con aquel que nos esclavizó. Una gran tarea humana. La oscuridad la sentí, la muerte me impactó, el ser capaces de enfrentarla con esperanza, asimilar la luz, encubar la luz de alguna manera en nuestras búsquedas. No tenerle miedo a la oscuridad, a los procesos y vivirlos en empatía.

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