Fría crónica de un viaje a la Patagonia

Fría crónica de un viaje a la Patagonia
Rabino Yerahmiel Barylka
Me apuro en escribir estas líneas hoy, a pocas horas de haber regresado, después de una noche de un clima terrible en la que casi no pegué ojo por los calores, temeroso de perder con el tiempo el sabor de la experiencia del viaje al sur.
Para quien estuvo toda su vida encerrado entre salones de clase, como alumno, o como maestro, y oficinas con y sin aire acondicionado, salir al aire libre es casi milagroso.
En Israel, el Keren Kayemet, me fue conduciendo a caminar por la tierra entre árboles, subir a ver los grandes reservorios de agua y maravillarme con la flora y fauna rescatadas en mi tierra y de mi historia personal, casi mi propia biografía novelada. Allí pude apreciar el milagro que no por conocido deja de serlo: el renacimiento de la vida en Israel y sus colores y sus luchas, entre las que se cuentan la lucha contra la desertización. Allí camino y camino, cuando puedo, y veo reflejada mi propia historia, esa que también hago cotidianamente, y a la que contribuyen mis hijos y nietos.
Pero, las maravillas por las que hay que bendecir se encuentran donde se las quiera ver.
Y, donde se las puede, todavía apreciar.
Y hay que bendecir el haber llegado a ese momento. A cada instante. Ya que ninguno se repetirá. Y la visión y la sensación de segundas oportunidades, si las hubiere, dejarían otros resplandores e impresiones.
Después de estar en cubículos sin ventana casi un año en la húmeda Buenos Aires, sin domingos, como si estuviera en Israel, y sin viernes, elegido por los jefes para reuniones casi lindantes con Shabat, contra las que en más de una oportunidad tuve que emerger protestando, pude salir a provincia a conocer aeropuertos, rutas entre las terminales y los hoteles y entre estos y los edificios comunitarios, muchas veces, sólo en taxis o en los automóviles de los amigos que nos acompañaban durante toda la jornada.
Tampoco esos viajes de trabajo, tan fructuosos para nosotros y para los abandonados provincianos, fueron realizados sin luchas, pero, cumplieron el objetivo laboral. Fueron viajes de cemento, y poco pasto, de climas diferentes, pero, del mismo aire acondicionado, cuando funcionaba. Su riqueza mayor fue compartir con los provincianos, esa creación tan distinta al porteño. Después de todo, la tierra hace al hombre de la misma manera en que éste hace a la heredad.
Argentina despoblada en su mayor parte del territorio tiene suficiente cemento y pavimento para alejar el pie del contacto vivificante con la naturaleza, hasta que uno se decide a descubrir que todavía los materiales no llegaron a cubrir su infinita belleza bien resguardada. Por ahora.
Fue hasta que escapamos a vacacionar en el norte que descubrimos la magnificencia de las montañas y las quebradas, con sus colores infinitos moldeados por la paleta del Gran Pintor y Escultor. Fue en estas vacaciones en el sur, donde respiramos bosques, lagos y montañas, en una vastedad increíble, con colores inimaginables, en arco iris que se extiende también a los peces como reflejando el que crean las aguas y los vapores.
Allí, el silencio pacífico se hace ruido y música que para ser oídos se necesita de un esfuerzo y una sensibilidad especial. Silencio maravilloso que permite escuchar la música de la naturaleza, el agua discurriendo, el viento agitando ramas y hojas, el canto de los pájaros, y el silencio de estar con uno mismo. Y si hay que bendecir, habría que diseñar una fórmula de agradecimiento por la posibilidad de oír el silencio de la naturaleza, tal como existe una para decir al probar por primera vez los frutos del casís, los distintos tipos de frambuesas, arándano, grosellas, moras, guindas y cerezas que como frutos del bosque, junto a las frutillas, y las por todos conocidas hicieron la delicia del paladar, puros o acompañados.
Las jornadas comenzaban muy temprano y finalizaban muy tarde cuando, en el sur, a las 9 de la noche casi se podían alcanzar los rayos del sol lejos en el firmamento.
Decidimos como sedientos y ansiosos a recorrer todos los lagos y todas las montañas y rompernos los dientes intentando pronunciar los nombres mapuches sin equivocarnos demasiado. Residimos en San Martín de los Andes, y desde allí con el Lago Lacar como centro, subimos y bajamos por Huechulafquen, Epulafquen y Paimún, por el volcán Lanín, casi siempre esquivo, ocultando sus pudores por las nubes para no dejarse fotografiar hasta que logramos plasmarlo en celuloide desde todos los prismas, un día que el viento decidió castigar tanta modestia, y mostrarse con la claridad adornada de su glaciar personal para deleitarnos. Pero, no nos conformamos. Fuimos al lago Hermoso, al Parque Nahuel Huapi, la Cascada de Vulligñanco, los Lagos Falkner y Villarino.
Bosques selváticos con coihues y cañas colihues nos recibieron, en el Escondido, pintado de verde esmeralda, hasta la fuga a Pichi Traful.
Subíamos y bajamos por el ripio, y los guías en cada subida cambiaban la edad de los glaciares que no vimos en decenas de miles de años, y las explicaciones sobre los primeros pobladores, que no tuvieron segundos. Los nombres de los lagos se sucedían días tras día: Correntoso, Meliquina, Ruca Malen, Espejo Chico, Lolog, Curruhue… A cada lago otro color, otro matiz, otras nubes, otras montañas, otro cielo y todo en una sola vez. Y entre ellos ríos que aún en época de sequía corrían torrentosos esquivando rocas, manteniendo la limpidez pese a los intentos del hombre.
También ciudades, como Villa La Angostura, Villa Traful, en manos de especuladores del turismo, como las gigantescas haciendas mayores quizás que todo el Neguev o la Galilea en manos de las mismas familias, amparados por leyes que ellas mismas se dictaron. Miles de cabezas de ganado, autóctono y traído, se unen a la explotación casi indiscriminada de la madera de tantos tipos, más barata entonces que la alfalfa que da de comer a la animalada. Y playas que parecen de mar como Catritre, o Quila Quina.
Miradores y miradores, desde el Chapelco y Arrayán, permitieron que tome fotografías que serán después de reveladas un recuerdo mas. Mas de cuatrocientos, fueron esta vez.
Lo que no pude fotografiar fueron las almas de las personas de los lugares, ni a los pájaros, ni a los turistas, sorprendidos por nuestros atuendos, incapaces de descifrar mi sitio de nacimiento por la tonada que en la mezcla entre el porteño argentino y el mexicano, me ha convertido en peruano. Si en peruano. Como yo mismo les decía a quienes tenía ganas de darles explicaciones: Es el tono del medio del camino entre tierras gauchas y aztecas. Sólo una línea para Rodolfito, mi ídolo en el viaje. Bajo de altura, con una musculosa y pantaloncitos cortos había para Rodolfito un solo tema, y es el de la fotografía y sus composiciones. Rodolfito, de edad indefinida entre los 80 y 90 corría por las tierras escarpadas buscando incansablemente una mejor posición para sus fotos, protestando a los guías ávidos por terminar sus jornadas para exigirles se detengan y le dejen gozar de su máquina. De su máquina-vida, a través de la cual ve todo. Todo enfocado por sus lentes en los que puso gran parte de sus ahorros. Y en su lente, Rodolfito, ve reflejado su propio amor a la vida, recorriendo la tierra y los paisajes por los que hay que bendecir.
Rab. Yerahmiel Barylka

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