En vísperas de Sucot

Sucot
Jerusalén 5754
Rabino Yerahmiel Barylka

Apenas acabamos de armar la sucá en el balcón interior de nuestro hogar en Yerushalaim y como siempre, antes aún de la fiesta, la vemos hermosa, y muy representativa, en nuestro barrio lleno de sucot, con más de una en cada edificio y con muchas más en las calles. Apenas ayer, en nuestro shiur en el bet hakneset estudiamos acerca de dormir en sucot en zonas de peligro de ataques o incendios premeditados. Cuales son los límites del amor por la mitzvá. Y Moshé uno de esos preguntones, planteaba la cuestión de si los mosquitos son un impedimento válido para ir al dormitorio, mientras que Asher, lo miraba y le recordaba que en su servicio militar, hace ya casi cuarenta años, no recordaba haber pensado pedir le regresen a casa, por unos miserables mosquitos. Y Eitán,  decía amargamente, que en las circunstancias en las que vivimos, no se sabe si acaso la sucá no es más segura que la propia casa. Sin querer, había expresado una profunda reflexión filosófica sobre uno de los sentidos superiores de la fiesta: Que la seguridad no depende de las verjas ni de los muros, sino de la fe y el sentimiento.
Y esta mañana soleada en Yerushalaim, me permite pensar en mis amigos de allende los mares y océanos que todavía duermen (por la diferencia horaria) y que quizás sin saberlo, construyeron espacios de seguridad para sus amigos de Israel y para ellos mismos. Lo hago repasando los programas de excursión que planifico para mí y para mi familia frente al mapa. Es que en los días de Jol Hamoed, tanto de Sucot como de Pesaj, salimos a recorrer el país a lo ancho y a lo largo, tal como lo pide el mandato bíblico en Bereshit 13:17: קום התהלך בארץ לארכה ולרחבה כי לך אתננה – “Levántate, pasea por la tierra a su largo y a su ancho que a ti he de dártela”. Son días hermosos, de transiciones entre el verano y el invierno, entre el invierno y el verano. Jornadas en las que todo un país pasea. Donde las familias se unen. Donde nos visitamos y recibimos visitas. Donde acampamos y nos maravillamos con los dones de la tierra.
¿Y por dónde iremos este año? Empezaremos por el sur del país. Por el Neguev, y allí estaremos un día, para regresar a casa. Y otro andaremos, si D’s lo permite, por el centro, y otro más por el norte.
Tenemos una ventaja sobre muchos amigos. Llegaremos sin extraviarnos a los bosques del KKL. Y nos uniremos a los bullangueros niños que al fin se sienten libres y protegidos y corretean y juegan y gozan, mientras sus padres pueden conversar, e intentar hacer asados a la israelí, es decir, con mucho combustible sobre los maderos para que la carne sepa a gasolina… Y otros, leerán y estudiarán, e intentarán hacer juegos de pelota. Los paseos por la tierra a su largo y a su ancho. Nuestros vecinos franceses, los Picard, se encontrarán con su hijo en su base, allí donde no se dice, y le llevarán dulces y viandas, después de todo apenas se enroló. Y se sentarán en las sillas simples pero acogedoras, a la sombra de los árboles y beberán del agua que fue llevada hasta allí por el hombre y se refrescarán. Y, ya sé. Al regresar tocarán el timbre en casa. Los haré pasar a la sucá. Les ofreceré un trago que rechazarán, pero, bendeciremos por un pedazo de pastel y por el agua fresca.  Pero, no les revelaré que estoy escribiendo unas líneas de erev sucot, dedicadas a cada uno de ellos, que aprovechan la fiesta para recorrer la Tierra de Promisión que hicieron propia.

Rab. Yerahmiel Barylka

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