Toldot

Parashat Toldot y el conflicto entre hermanos

Esta parashá nos presenta un nuevo conflicto entre hermanos en la familia de nuestros patriarcas. Esta vez, preanunciado por los movimientos de los mellizos Esav y Iaacov, en la matriz materna, que se expresa posteriormente en la competencia por la primogenitura hasta su venta, y las maniobras por las bendiciones que el padre concede a sus hijos. La respuesta a la inquisitoria de la madre preocupada «Dos naciones hay en tu seno; dos pueblos se dividen desde tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor.» (25:23), sigue vigente aun en nuestros días y su expresión, más que simbólica, excede el marco familiar para presentarse, al igual que entre Itzjak e Ismael, en el ámbito universal.
La parashá nos trae la obra y vida de la única pareja monogámica de los patriarcas: Rivka e Itzjak. La única que no abandonó ni por un instante la Tierra de Israel, por lo que no fue a Egipto como Abraham y Iaacov, matrimonio que tuvo sólo dos hijos y una buena situación económica. Itzjak sembró en aquella región, y ese año cosechó al ciento por uno, porque H’ lo había bendecido. Así Itzjak fue acumulando riquezas, hasta que llegó a ser muy rico” (Bereshit 26:12-13). Itzjak, Iaacov y Iosef nacen de madres que tuvieron que superar la esterilidad.

La diferencia entre esta pareja y la de Abraham y Sara ya aparece en el momento del encuentro. Abraham tomó a Sara. ¿Quién era Sara? ¿De dónde había salido? ¿Cómo se acercaron? – La Torá nada nos dice sobre ello, excepto en las genealogías. Sin embargo, nos presenta el momento del encuentro entre Rivka e Itzjak acerca del cual comentáramos la semana pasada. La Torá nos relata de qué manera, Rivka fue consultada antes de seguir al criado de Abraham a su locación. Así seguía el principio de la virilocalidad, fijar la residencia de los recién casados, en el lugar en que moraba el marido antes del matrimonio. “—Llamemos a la joven, a ver qué piensa ella —respondieron. Así que llamaron a Rivka y le preguntaron: — ¿Quieres irte con este hombre? —Sí —respondió ella. Entonces dejaron ir a su hermana Rivka y a su nodriza con el criado de Abraham y sus acompañantes. Y bendijeron a Rivka con estas palabras: «Hermana nuestra: ¡que seas madre de millares! ¡Que dominen tus descendientes las ciudades de sus enemigos!» Luego Rivka y sus criadas se prepararon, montaron en los camellos y siguieron al criado de Abraham. Así fue como él tomó a Rivka y se marchó de allí” (Bereshit 24:57-58).
Sin embargo, esa pareja casi ideal, tuvo que enfrentarse respecto a sus hijos que ya se habían enfrentado no sólo en el seno materno sino en las transacciones respecto a la primogenitura frente a la ultimogenitura (el privilegio concedido al nacido en último lugar entre un grupo de hermanos)[1] pese a los caminos entreverados que recorren los hijos en búsqueda de mayores derechos antes sus padres. En esta nueva familia, el “bueno” para el padre, no lo fue para la madre, ni el “malo” de Itzjak fue otra cosa que el bueno de Rivka.
Hubiera sido lógico que Itzjak no se equivocara con respecto a su hijo. Después de todo, Iaacov “era un hombre entero, sentado en las tiendas”, alumno de Shem y Ever, los maestros de la época, y Esav era “hombre que sabe cazar, hombre del campo”. Pero, Iaacov nunca le reveló a su padre que había adquirido su primogenitura, quizás por vergüenza por el precio que pagó. Pero, Esav, siguió presumiendo de ese título. Itzjak que después de todo había gozado de su ultimogenitura y elegido por Abraham su padre, no debía discriminar entre el primogénito y su segundo –pero lo hace-.
Rivka es la hija de Betuel, el arameo, palabra que en hebreo, si se le cambia el orden de las letras de aramí se convierte en ramaí, el embaucador, y nieta de Najor el hermano de Abraham que se había quedado junto a su padre y el resto de la familia aferrado a los bienes materiales, a su fe idólatra sin animarse a ingresar a Israel, pese a que le faltaban pocos pasos, y una decisión. La mujer debe luchar para poder cortar el cordón umbilical que la liga genéticamente con prototipos, que si bien forman parte de la familia patriarcal, no representan sus mejores virtudes. No en vano, el midrash la describe como una rosa entre espinas, parafraseando el Cantar de los Cantares. Ya en su primera aparición en las Escrituras se la ve, con personalidad definida y con una maravillosa predisposición para las buenas acciones, casi similares a las de su futuro suegro, la de poder recibir a los anfitriones y hacerles sentir bienvenidos y bien atendidos. Da de beber a los camellos y ofrece albergue a un desconocido. Rivka alcanza abandonar el hogar paterno a muy joven edad para poder desarrollarse en otro medio con otros valores. Su descubrimiento de las diferencias entre los dos hijos, le permite salvar la vida de Iaacov cuando logra convencer a Itzjak de enviarlo lejos del alcance de su hermano, después que hiciera todo para que Iaacov reciba las bendiciones destinadas a su hermano, que frustrado, deseaba matarlo. Actúa sin demora y sin revelar sus motivaciones a su esposo, que no puede o no quiere ver la realidad. No tiene problema de aceptar recibir el fruto del ofuscamiento de su marido contra su hijo preferido cuando le contesta antes sus protestas: “—Hijo mío, ¡que esa maldición caiga sobre mí! — le contestó su madre —” (27:12). Una vez salvada la vida de Iaacov refugiado en la casa de su familia, Rivka desaparece prácticamente de la escena bíblica, como que había cumplido con su disposición de crear continuidad en la sucesión familiar que luego se convertiría en un nuevo pueblo. Ni hay mención a su muerte, en las Escrituras, y nuevamente el midrash es quien intenta llenar el hueco, recordándonos que si bien Itzjak aún estaba en vida, era muy anciano, ciego y encerrado en el hogar, mientras Iaacov seguía en Padan Aram, para evitar que sea Esav quien la sepulte “sacaron sus restos en la noche (en secreto)- para que nadie maldiga la memoria de quien lo había amamantado”.
El punto común en la historia de la saga familiar de nuestros patriarcas pareciera estar ubicado en que el elegido para continuar la bendición de H’, en casi todos los casos, logra convertirse en ese papel después de haber pasado por infinitas pruebas, y lo logra muchas veces contra la voluntad del padre biológico[2]. Plantear el tema de esta manera y dejarlo abierto, nos permite renunciar a nuestra omnipotencia cuando pensamos que todo nos es comprensible.
Sin duda, las elecciones no tienen que ver con las convenciones humanas, sino con los méritos propios. El elegido es quien opta ser preferido por sus méritos. No es un tema familiar. David descendió de una mujer que se integró al judaísmo cuando los hombres de su propio pueblo no debían formar parte del judaísmo por mandato divino. De aquí deberíamos aprender que los caminos de H’ son totalmente indescifrables por nuestra limitada inteligencia. Por lo menos hasta que se cumpla la profecía de Ieshaiahu (11:1 in fine): “Del tronco de Ishaí brotará un retoño; un vástago nacerá de sus raíces. El espíritu de H’ reposará sobre él: espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor a H’. Él se deleitará en el temor de H’ no juzgará según las apariencias, ni decidirá por lo que oiga decir, sino que juzgará con justicia a los desvalidos, y dará un fallo justo en favor de los pobres de la tierra…”

 
[1] Caín, Ishmael y Esav eran primogénitos pero no fueron elegidos. La humanidad desciende de Shet el hijo menor de Adam. Y Abraham amó a Ishmael: “Por eso le dijo a H’: — ¡Concédele a Ishmael vivir bajo tu bendición!” (Bereshit 17:18) justo cuando D-os le avisa a Sara que será madre, como deseando expresar que ya había cumplido con su paternidad. A lo que H’ contestó: — ¡Pero es Sara, tu esposa, la que te dará un hijo, al que llamarás Itzjak! Yo estableceré mi pacto con él y con sus descendientes, como pacto perpetuo. En cuanto a Ishmael, ya te he escuchado. Yo lo bendeciré, lo haré fecundo y le daré una descendencia numerosa. Él será el padre de doce príncipes. Haré de él una nación muy grande”. Podríamos continuar con la prole de Iaacov, cuyo primogénito fue Reubén, pero, éste no es el espacio para ello. Y es Iaacov, quien bendice a los hijos de Iosef según otro orden, pese a que el mismo Iosef pide continuar con la primogenitura cuando pide la bendición para sus propios hijos que Iaacov invierte.
 
[2] Ver también la historia de Tamar y sus mellizos. Peretz es el que sigue la bendición y de él nacerá David, ungido pese a ser el menor de los hijos de Ishay. David elige como sucesor a Shlomó que tampoco fue su primer nacido.

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