Fisuras en el muro de Jerusalén

El Día de Jerusalén
Rabino Yerahmiel Barylka

“Bajé hasta los cimientos de los montes, la tierra se cerró para siempre sobre mí. Pero tú sacaste mi vida de la tumba, Eterno, D’s mío. Cuando mi aliento desfallecía me acordé de ti Eterno, y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santo Templo.” (Jonás 2:7-8). De aquí aprendemos, leemos en Pirke Rabí Eliezer 10, que Yerushalaim está posada sobre siete montes. 
Pero, también aprendimos en la historia, que cuando se elevan los ojos hacia Yerushalaim, aún cuando uno se encuentre, como el profeta, bajo los cimientos de los montes, en las profundidades del desasosiego, y busca a D’s, lo encuentra en la ciudad, en el espacio del Templo y se reconforta y se recupera. Con fe. Incluso mirar hacia la ciudad desde la lejanía, acerca los corazones y los sentimientos. Durante generaciones nos conformamos con mirarla desde lejos e imaginarnos los siete montes y sus valles, y su sabor. Y aprendimos y reaprendimos su significado. 
Nuestros sabios nos enseñaron, según dice la guemará en Baba Metziá 28 b, que había una piedra de litigios en Yerushalaim, y quien había extraviado algo, se dirigía allí, se detenía y declaraba y daba las señales (de su objeto) y lo recogía de manos de quien lo traía para restituirlo. 
Yerushalaim fue esperanza y punto de unión. Para todos los judíos antes y después del exilio primero y del segundo exilio. Y, fue criticada por los profetas cuando sus habitantes se apartaron de su camino, con las palabras más duras. Pero, es la misma Yerushalaim que los Salmos (122) le cantan: “¡Pisan nuestros pies tus umbrales, Yerushalaim! Yerushalaim, ciudad edificada como una ciudad que fue unida conjuntamente, como una ciudad que está bien unida entre sí… shejubrá la iajdav”. Que logra que sus habitantes se unan para ser Uno, todo en perfecta armonía. Pero, una segunda lectura de la misma afirmación, nos indica que Yerushalaim puede ser ciudad de divisiones. Ya lo fue muchas veces. Que esté unida es una aspiración. Una plegaria. 
Yerushalaim de nuestros días es una ciudad de opuestos y distintos sin fin. Un mosaico de sectas, tribus, religiones, vecinos, estilos, maneras, géneros, en ropa, en arquitectura, en forma de vida, en cada segmento de su gigantesca personalidad. Queda la aspiración de formarla en un conglomerado. De hacerla. De construirla. De vivirla. De gozarla. Del “iajdav”
Yerushalaim es desde el oprobioso año 70 de los romanos, una ciudad de minorías. De grupos encerrados y aislados. Así, estuvieron los judíos que regresaron en el 638 cuando fue conquistada por los árabes. Así, los armenios que desde que llegaron a la ciudad viven en sus propios barrios. Así, los musulmanes del norte de África, los mugrabíes, que llegaron invitados por Salah ad-Din Al-Ayyubi, el legendario Saladino, que la devuelve después de la expulsión de los cruzados a gobierno islámico. Así los cuatro barrios de la vieja ciudad hoy, una vez que el de los mugrabíes, el quinto, se trasladara después de la guerra de los Seis Días. También cuando los judíos salen de la ciudad vieja continúa la división en sectores, cada grupo en su zona, judíos, cristianos, musulmanes. 
Después de la Guerra de la Independencia, queda dividida en dos partes, también políticamente. Una jordana, la otra israelí. Hasta que en el 67’ se puede ve reunida. Y, hoy, más de uno, quiere volver a partirla. 
Ahora festejamos Iom Yerushalaim. Ya no hay división política de la ciudad, pero, otras divisiones continúan. Observantes no conviven con seculares. Seculares dejan la ciudad lenta pero irreversiblemente, ya que no sienten que haya lugar para su forma de vida. Barrios de jasidim y de mitnagdim, de ricos y pobres. Árabes no suelen comprar en zonas israelíes, y éstos, no caminan, excepto por necesidad, en barrios musulmanes, y cuando lo hacen, no saben si saldrán vivos de algunos de ellos. La ciudad se reunificó políticamente pero aún pedimos por la unión en Uno. Pero, Yerushalaim moderna, la de nuestros días, vibra activa y en ella viven centenares de miles de personas que la sienten y la hicieron suya, contando las generaciones de antepasados que residieron en la ciudad o los años que llevan en ella. 
Está Yerushalaim celestial y está la terrenal. Festejaremos la terrenal, pero, para ello, también tenemos que recorrer un camino muy largo. Senda reservada para quienes tenemos el privilegio de residir en Israel. Privilegio que, como toda prerrogativa, viene acompañado por una responsabilidad que se hace histórica. Aquí, en Yom Yerushalaim, nos vestiremos ropas festivas, todos sin excepción, recorreremos la ciudad en este tiempo estival que invita a caminar y buscar sus preciosuras. Nos detendremos ante los edificios boquiabiertos, pero, más que nada podremos pararnos en los rostros de Yerushalaim, ver sus ojos, sus arrugas, sus facciones, su ropa, más recatada que la que lleva los residentes de otras ciudades. Rostros en los que nos encontraremos y en los que hallaremos, como si estuvieran allí desde siempre, aquellos que nos recuerden a nuestros padres y abuelos, como si nunca hubieran salido de la ciudad o como si siempre hubiéramos estado allí. Los que quedaron lejos, también pueden alegrarse. Pero, es otra alegría. Y, deberán esforzarse, para que sus corazones se colmen de regocijo, haciendo uso de la imaginación histórica, volteando sus rostros hacia ella, como todos los días en la plegaria. 
Y, está la Yerushalaim Celestial. La que se festeja todos los días. La que está nombrada centenares de veces en las Escrituras, la que desde lejos y desde cerca se anhela. La que permite unirse en la fe con todo el pueblo esté donde esté, y no menos importante, con uno mismo, con sus ancestros, con su futuro, con su esencia. Con la santidad del Santuario y el anhelo de su reconstrucción y redención. 
Esperamos el día en el que los festejos en las dos Yerushalaim se unan y a ella se adhieran todos los judíos, para que puedan cumplirse las profecías de Zacarías: “Así ha dicho el Señor de los ejércitos: Yo he celado a Sión con grande celo, y con grande ira la celé. Así dice el Señor: Yo he restituido a Sión, y moraré en medio de Yerushalaim: y Yerushalaim se llamará Ciudad de Verdad, y el monte del Señor de los ejércitos, Monte de Santidad. Así ha dicho el Señor de los ejércitos: Aun han de morar viejos y viejas en las plazas de Yerushalaim, y cada cual con bordón en su mano por la multitud de los días. Y las calles de la ciudad serán llenas de muchachos y muchachas, que jugarán en las calles”.

Rab. Yerahmiel Barylka

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