Numerología, acrósticos, acrónimos

Palabras que se forman con letras equidistantes y criptogramas en las Escrituras Sagradas
Rabino Yerahmiel Barylka (Israel)

Nuestros sabios desarrollaron distintas maneras interpretativas de las Escrituras, y el Talmud las califica y de alguna manera las limita, quizás preocupado por los intentos que no faltaron en nuestra historia de hacer decir al Texto, conceptos contrarios al mismo. Las midot, o sistemas exegéticos son sistemas totalmente lógicos. Con el tiempo otros, se fueron agregando los acrósticos que permiten que a partir de la primera o última letra de cada versículo o frase, se forme una palabra o una frase, los acrónimos, que son siglas que se leen como una palabra, al grado que muchos hayan olvidado su composición y su significado (“teiku” es un ejemplo más que bueno) o un vocablo formado al unir parte de dos palabras, que funden dos elementos léxicos tomando, casi siempre, del primer elemento el inicio y del segundo el final (“ed” –testigo que formamos con la ain de Shemá y la daled de Ejad).
No es lejano el tiempo desde que otros vieran criptogramas, mensajes que aparecen como si fueran escritos en códigos secretos que son revelados solamente a los iniciados, como las palabras que se forman con letras equidistantes y las guematrias (que me suenan a geometrías), que son los equivalentes numéricos de las palabras que permiten sacar conclusiones matemáticas o encontrar palabras o frases cuyo equivalente es similar y concluir un principio de identidad entre ellas. Así aparecieron combinaciones, permutaciones matemáticas y combinaciones de las letras que son usados para encontrar significados a los textos bíblicos.
Fue R. Bahya Ben Asher Halavah zt”l de Zaragoza, España, que compuso su obra en el año 5051, hace cerca de 620 años, demostrando los juegos de las letras. Ben Asher, había nacido alrededor de dos siglos después que R. Bahya Ibn Pekuda, pero, muchas personas los confunden. Otro gran sabio, también cabalista que intentó revelar los misterios de las escrituras por esos métodos, no fue otro que R. Moshé ben Iaacov Cordovero, conocido como el Ramak, y que fuera el autor de Pardes Rimonimel Jardín de las Granadasque viviera en el siglo XVI en Tzfat y cuya familia probablemente fuera originaria de Córdoba, España y que fuera cuñado de R. Shlomó Alcabetz, el autor del Lejá Dodí. El “Baal Haturim”, R. Iaacov ben Harosh, escribió su comentario a la Torá por pedido de su familia y que viviera a principios del siglo XIV se incorporó a muchos de los libros de la Torá que se usan en nuestros días.
Confieso que gozo con esas combinaciones que por medio de las asociaciones de esos sabios gigantes y exegetas sin par hacen de cada palabra, tal como muchos otros que los siguieron.
Fue el maestro R. Bahya quien ya en su comentario a Bereshit encontrara que si se contaran 42 letras desde la letra Bet con la que se inicia la Torá y siguiéramos con esa sucesión, descubriríamos el primer molad, ese concepto matemático y astronómico que nos muestra con total perfección los nacimientos de los meses que proclamamos en los templos en el shabat anterior al novilunio. Y él explicaba que la sucesión 42 se debe a que el universo fue creado con el Nombre equivalente a ese número. Había logrado una perfecta combinación entre dos cálculos matemáticos, y todo ello sin tener a su mano ni siquiera una pequeña calculadora del tipo que hoy ya ni se usan.
En nuestra época es fácil programar las cuentas de letras equidistantes en la computadora y lograr resultados que parecen imposibles. Incluso hay programas que nos dan los equivalentes numéricos de palabras y con las cifras podemos encontrar versículos completos.
Cuando era todavía un adolescente enamorado de las guimatriot e intentaba presumir de mi velocidad para lograr las combinaciones más interesantes, cuando en realidad, las estudiaba de memoria, copiándolas de las fuentes que estaban a mi alcance en esos lejanos tiempos, una alumna brillante que seguía esa enseñanza, me mostró su propio descubrimiento. Había escrito la palabra kelev=perro, y su resultado fue 52, junto a la primera columna, escribió ben=hijo, y la cuenta también le dio 52. No era necesario conocer el Principio de Identidad para entender que algo había mal en ese sistema que hasta ese momento me parecía lo más interesante y divertido, si era utilizado mal.
Sin embargo, lo seguí y buscaba asociaciones. Incluso con el equivalente numérico de los nombres de mis amigos, frustrándome, más de una vez, con la aparición de versículos cuyos números eran semejantes y estaban totalmente desconectados de todo contexto visible con el nombre buscado.
Con el tiempo, aprendí también a formar palabras tomando un número cualquiera como por ejemplo 3, 5 ó 7 y buscar las palabras que se pueden formar con esas sucesiones en los textos. La verdad es que también en eso hubo quienes me ganaron de mano y “descubrieron” esas sucesiones, pero, en lugar de divertirse con ellas, las usaron para aprender pases mágicos escondidos en los versículos y sacar conclusiones que excedían el marco del pasatiempo o de las asociaciones interpretativas. Hasta que, hace relativamente pocos años atrás nos vimos inundados por quienes contando con los elementos de la técnica intentaron hacer decir a los textos, lo que los mismos evidentemente no decían y lo peor, usaron y continúan usando esas arbitrariedades lógicas para intentar demostrar lo indemostrable. El juego, peligroso, porque captura incautos, llegó a su clímax con el asesinato de Rabin, apellido, cuyas cuatro letras, aparecían a intervalos regulares en textos de profunda tristeza. Y, cuando se encomienda a los ordenadores que encuentren los textos que se desean para fines no necesariamente contemplados en los sistemas de interpretación, no hay sorpresa cuando teólogos cristianos y misioneros lograron a través de los mismos sistemas encontrar las letras que puedan combinarse para demostrar sus aseveraciones contrarias a la letra y al espíritu de la Torá. Ellos hallaron las gematrías que buscaban en Bereshit y en Ieshayahu 53, y lograron que judíos cándidos caigan en ese juego e incluso abandonen el judaísmo. Investigadores judíos ordenaron a sus computadoras a buscar también a la divinidad del Islam y también la encontraron, tal como hallaron sus equivalentes numéricos coincidentes con lo que deseaban demostrar.
No menos grave es el intento de adivinar el “futuro” que ya sucedió a través de encontrar en las Escrituras referencias encargadas de sucesos pasados para intentar demostrar que habían sido previstos en el texto sagrado.
Esas actitudes que en algún primer instante encandilan a los desprevenidos, al ser usados incorrectamente, causan graves daños en la fe de las personas. Cualquier estudiante de estadística que haya ensayado la teoría de las probabilidades sabe que los resultados de este tipo de búsqueda es un artificio que no hay que tomar en serio. Pero, cuando instrumentos interpretativos son usados incorrectamente, los resultados son de lamentar.
Quiero terminar esta nota, citando la última mishná del capítulo tercero de Avot, que nos entrega Rabí Elazar Jisma, ese tanaíta de Yavne del principio del siglo II, que si bien es breve es de difícil traducción y entendimiento. Rabí Elazar era un sabio que además dominaba la astronomía y la geometría, ciencia esta última que comprendía las matemáticas y nos enseña que en su época en la que ya el Templo estaba destruido por lo que, no se podían elevar ofrendas “kinin” de aves, y particularidades debidas a las normas de pureza familiar, son preceptos esenciales, pero, la geometría y la astronomía son sólo postres y aperitivos. Lo que permite que varios comentaristas piensen que con la palabra gimatriyaot, se refiera a los cálculos que se hacen con los paralelos numéricos de las letras. Pudiendo entonces traducirse la mishná como que la numerología podría comenzar a estudiarse después de haber digerido la comida principal: las normas de la halajá, así sean las que parecen más pequeñas. Es interesante que la palabra usada por el tanaíta es parperaot, que traducimos como postre pero que también suena como otra palabra griega, periferia. Como que la numerología y la astrología son externas al verdadero conocimiento. Son secundarias.
Así pues podemos condenar sin ambigüedades a quienes hacen mal uso de los instrumentos interpretativos y los utilizan para manipular el texto sagrado, para manejar a las personas y causarles daño. Son periféricas a lo esencial, y como tales superficiales y peligrosas.

Rab. Yerahmiel Barylka

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