Janucá – Fiesta de luces y de la continuidad judía

Janucá –   pese a los helenizantes de dentro y de fuera
Rabino Yerahmiel Barylka (Jerusalén)

En el año 175 antes de la era común, subió al poder Antíoco IV Epifanio, quien intentó unir a todos los pueblos bajo su dominio  a la cultura helénica. En el Templo de Jerusalén, fue elegido un nuevo sumo sacerdote quien prometió al rey la divulgación de esa cultura. Jerusalén fue declarada polis, con autonomía que le permitía dirigir los asuntos municipales e incluso sus relaciones exteriores. Su gobierno era democrático y civil, y la autoridad de los sabios y escribas fue eliminada y ya no podían decretar normas a la comunidad.
Ello provocó la satisfacción de los núcleos de la aristocracia de Judea, y de las familias relacionadas con el poder, que obtenían pingües ganancias de su cercanía al gobierno. Rápidamente se integraron a la cultura imperante.  En el año 167 Antíoco prohibió el ejercicio de las normas religiosas de los judíos, ordenándoles vivir como helénicos. Sus decretos abarcaban tanto la vida privada como la nacional de los judíos. Y así leemos en I Macabeos,   1: 41 y siguientes, que “El rey publicó un edicto en todo su reino, ordenando que todos formaran un único pueblo y abandonara cada uno sus peculiares costumbres. Los gentiles acataron el edicto real y muchos israelitas aceptaron su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado.
El rey hizo llegar, por medio de mensajeros, el edicto que ordenaba seguir costumbres extrañas al país también a Jerusalén y a las ciudades de Judea. Debían suprimir en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones; profanar sábados y fiestas; mancillar el santuario y lo santo; levantar altares, recintos sagrados y templos idolátricos; sacrificar puercos y animales impuros; dejar a sus hijos incircuncisos; volver abominables sus almas con toda clase de impurezas y profanaciones, de modo que olvidasen la Ley y cambiasen todas sus costumbres” . Pero, “Muchos en Israel se mantuvieron firmes y se resistieron a comer cosa impura. Prefirieron morir antes que contaminarse con aquella comida y profanar la alianza santa; y murieron”.
Incontables historiadores se preguntaron por qué se decretaron estas normas contra el judaísmo, si los helenistas creían en la multiplicidad de divinidades y credos y hasta entonces habían permitido que los judíos siguieran sus tradiciones. La pregunta tiene más valor cuando vemos que Antíoco Epifanio no aplicó esos decretos en otras naciones bajo su dominio. Hay algunos quienes creen que fueron los mismos judíos de esa aristocracia cercana al poder y a los grupos económicos dominantes, que aspiraban el dominio de su propio pueblo,   los inspiradores de la polis, con la intención de lograr reformar el judaísmo y adaptarlo a las costumbres que ellos habían adoptado en la vida práctica. En el año 164 muchos judíos que no cumplieron con las normas fueron asesinados.
Uno de los episodios más conocidos es el de Janá y sus siete hijos que fueron inmolados al oponerse a comer carne de puerco.  Cuando los funcionarios del rey llegaron a Modín, y erigieron allí un altar pagano, exigieron que Matitiahu el hasmoneo presente una ofrenda pero, según I Macabeos 2: 19 “Matitiahu contestó con fuerte voz: «Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, mis hijos, mis hermanos y yo, nos mantendremos en la alianza de nuestros padres. El Cielo nos guarde de abandonar la Ley y los preceptos. No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda.» y eliminó a un judío que se había acercado a cumplir las órdenes del soberano y al funcionario gubernamental. El resto de la historia es más que conocido: El pueblo siguió a Matitiahau y a sus cinco hijos en la revuelta contra el régimen. Fue Iehudá quien condujo al pueblo y después de derrotar a los comandantes enviados para acabar con la rebelión, consiguió que los decretos fueran anulados.
Pero, el Templo siguió dominado por los helénicos y permaneció impuro, por lo que no tuvo más remedio que sitiar a Jerusalén y después de dominarla, se dirigió al Monte del Templo para renovar el servicio de las ofrendas que se acostumbraba.  A los tres años de los decretos: I Macabeos 4 : 52-59       “El día veinticinco del noveno mes, llamado Kislev, del año 148, se levantaron al romper el día y ofrecieron sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían construido un sacrificio conforme a la Ley. Precisamente fue inaugurado el altar, con cánticos, cítaras, liras y címbalos, en el mismo tiempo y el mismo día en que los gentiles la habían profanado. El pueblo entero se postró rostro en tierra, y adoró y bendijo al Cielo que los había conducido al triunfo. Durante ocho días celebraron la dedicación del altar y ofrecieron con alegría holocaustos y el sacrificio de comunión y acción de gracias. Adornaron la fachada del Templo con coronas de oro y pequeños escudos, restauraron las entradas y las salas y les pusieron puertas. Hubo grandísima alegría en el pueblo, y el ultraje inferido por los gentiles quedó borrado. Iehudá, de acuerdo con sus hermanos y con toda la asamblea de Israel, decidió que cada año, a su debido tiempo y durante ocho días a contar del veinticinco del mes de Kislev, se celebrara con alborozo y regocijo el aniversario de la dedicación del altar.”
El Talmud en Shabat 21b, nos relata el milagro del aceite que simboliza hasta nuestros días esta gesta histórica y que nos permite darle el colorido tan especial a la festividad de Janucá. El milagro de la vasija del aceite que alcanzó para arder el tiempo suficiente hasta que se pudo preparar aceite nuevo da sentido a la lucha contra el invasor, que se realizó para hacer un espacio a la espiritualidad. La conmemoración a través del encendido de las velas, nos recuerda que la batalla no fue un objetivo en sí. Fue un medio para salvar la continuidad de la vida judía, amenazada por propios y por ajenos, unidos en su objetivo de dominación ideológica y económica.
Hace apenas pocas semanas atrás, en una visita que hiciera a algunas ciudades latinoamericanas, comencé a creer que la hipótesis manejada acerca de la predisposición activa para incorporar elementos ajenos a la cultura propia, llegando incluso a preparar el terreno para que extraños lo hagan por la fuerza, no era tan imposible como me pareciera en un principio.
En una de las ciudades que visitara, una señora muy involucrada en su comunidad, que durante 33 años condujo una de sus actividades educativas, me comentó que sólo algunos de los líderes religiosos representativos,  que ejercen cargos en su ciudad, comen comida casher, al extremo que sus discípulos entienden que la norma vigente en el judaísmo, es comer en cualquier lugar, cualquier alimento y que le resultaba difícil explicar a sus discípulos, que los judíos no debían ingerir carne de cerdo. De pronto me acordé que hace unos años un líder espiritual de otra ciudad, me había indicado en forma categórica que en su comunidad, todas las normas del judaísmo que se oponen a la modernidad habían sido abolidas por él y carecían de toda validez. Ya no era necesario, me dijo, recurrir al Shulján Aruj ni a la Responsa para resolver los problemas jurídico-religiosos de sus seguidores. Eso era antes – dijo- ahora, cada regla pasaba por el cedazo de la modernidad y de las normas aceptadas por el mundo circundante. En su comunidad no había más mamzerim, no eran necesarios los divorcios religiosos, no existía el levirato, las conversiones se realizaban según la voluntad de los candidatos, no se respetaban las normas de la pureza familiar, los cohanim podían casarse con mujeres divorciadas y no se pedía siquiera a las novias que se sumerjan en las aguas rituales. 
En nombre de otras helenizaciones menos sofisticadas y sin ninguna base filosófica, se borraban de un plumazo varias de las medidas que en la época de los macabeos habían justificado salir a luchar y a dar la vida por una forma de vida judía. Algo raro existe en nuestro pueblo, que Janucá intenta, al recordarse su epopeya, corregir. Si pudiéramos recorrer cuidadosamente la historia de los macabeos y leyéramos los textos en su contexto, podríamos renovar el mensaje tan simple que nos dice que tengamos cuidado y no nos entreguemos a los vientos de las culturas de los pueblos que nos rodean perdiendo nuestra personalidad, porque ello significa nuestro fin. Las autoridades espirituales nombradas en estas líneas, deberían pensar si con sus actitudes tienen derecho de seguir en sus funciones. Las luces de Janucá parecieran ser un alerta para detenerles en su camino de autonegación. Janucá nos invita a reforzar aquellos elementos de la identidad que ya hace más de dos mil años quisieron borrar los asimilacionistas de adentro y de afuera.
Jag haurim sameaj.

Rab. Yerahmiel Barylka

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