Lag Baomer: la fiesta del conocimiento, más allá del dolor

Nuestras festividades: Lag Baomer

Rabino Yerahmiel Barylka
(escrito en el año 2001)

En Lag Baomer conmemoramos tres hechos relacionados con Rabì Shimón Bar Yojai, que vivió y se rebeló contra los romanos en el siglo II: su ordenación, su boda y su muerte. Es el día 33 de la cuenta del omer, que marca también la interrupción del duelo por la muerte de los compañeros de aula de Rabí Shimón. Hace ya muchos años que quienes pueden, se dirigen a Merón, el lugar de la tumba del sabio del Talmud, para festejar con alegría y comida en un evento llamado hilulá. 

Los caprichos de los cierres de edición de las publicaciones hacen que las notas se deban finalizar días o semanas antes de que lleguen a las manos del lector. Cuando se intenta escribir sobre hechos históricos que se conmemoran en fechas fijas muchas veces el momento de escritura queda lejano emocionalmente del de la lectura. Hay quienes pueden escribir en frío, sin embargo, frente a otros, el tablero de la computadora se niega a entregarse a los dedos, si éstos no están conmovidos por la emoción.

A veces esos momentos no tienen significación, otros, hablan y gritan.

Aquí estoy, en Ierushalaim, frente a la pantalla de mi fiel computadora, que tantos textos pintara y cuántos más borrara para siempre, en la noche de Iom Hazicarón, después del minuto de silencio por los soldados caídos por la Independencia de Israel, en un nuevo amago por escribirles sobre Lag Baomer. Ya lo había intentado en estos días varias veces sin éxito. No sé si podré terminar estos renglones hoy, pero, creo que sí. Que esta vez podré llegar hasta el punto final de lo que quiero decirles.

Noche fría la de hoy, aquí. Apenas dos días atrás el jamsín, llamado siroco en español, con su viento, nos llenó de polvo y obscureció el cielo. Hacía calor. Del desierto. Y era joshej, oscuridad, al mediodía. En estos días sin mucha luz, cuando, los intentos del terror de doblegarnos y hacernos renunciar a nuestra heredad se suceden uno tras otro. Y los disparos. Y las manifestaciones. Y los morteros. Y la opinión pública de muchas personas liberales y democráticas que no ven y que no entienden.

Pero, ahora, en la noche, frío. Por lo menos así lo siento. Con mucho viento, el Muro Occidental que quedara de nuestro Templo, calaba hondo moviendo las lágrimas que sin permiso bajaban por las mejillas de los deudos de los caídos. También corrían por las de tantos y tantos otros que con disimulo secaban sus ojos de esa gota salada que no había pedido permiso para deslizarse. No es de buen gusto llorar. Pero, las lágrimas no piden autorización. Bajan solas.

LA ALEGRIA Y EL LUTO

En Lag Baomer conmemoramos tres hechos relacionados con Rabí Shimón Bar Yojai: su ordenación, su boda y su muerte. Es el día 33 de la cuenta del omer, que marca también la interrupción del duelo por la muerte de los compañeros de aula de Rabí Shimón. Hace ya muchos años que quienes pueden, se dirigen a Merón, el lugar de la tumba del sabio del Talmud, para festejar con alegría y comida en un evento llamado hilulá. El sentido de la palabra, entonces, parecería estar relacionado con la muerte y el luto. Y resulta difícil explicar que en el día en el que deberíamos reunirnos para, tristes, adherirnos en el recuerdo de sus acciones, nos alegramos…

Rabí Shimón, que vivió a mediados del siglo II, estudió  13 años en la ieshivá (casa de estudios rabínicos) de Rabí Akiva en Benei Berak y fue uno de sus más distinguidos discípulos. Cuando su maestro fue encarcelado, lo siguió y aprendió de él en la cárcel. Después de la muerte de los 24.000 alumnos de Rabí Akiva, entre Pésaj y Shavuot, fue uno de los pilares del conocimiento. Los decretos de Adriano y el cruel asesinato de su maestro lo inspiraron para su sublevación contra los designios del régimen romano y de su cultura, actitud que le provocó ser condenado a muerte. Escapó y junto a su hijo Eleazar, estuvo aislado del mundo por 13 años. En ese tiempo grabó en él su convicción de que no existe valor más trascendente que el estudio de la Torá. Su conocimiento sin límite de la Ley, su incondicional amor por la Tierra de Israel y su persona plena de carisma, lo convirtieron en una figura central de la mística judía cabalística.

Sin embargo, hilulá, en arameo, significa boda. En el Talmud, en Ketuvot 62 b, leemos acerca de Rabí Janijay que iba a la casa de estudios a la finalización de la boda –la hilulá- de Rabí Shimón. ¿Cuál es la relación? En el lenguaje cabalístico, no hay nupcias más excelsas, que las de la Congregación de Israel con el Santo Bendito Sea, por lo que hilulá es el día de la revelación de los secretos de la Torá.

En el día de la muerte de Rabí Shimón, la luz y el fuego, nos cuenta el Zohar, no dejaron por un instante de verse en su hogar. En el lecho de su deceso gozaba del saber absoluto. Dominaba entonces los secretos del conocimiento. “En este mundo, -nos dice el midrash-, realizamos el compromiso con la Divinidad y en el pasaje al mundo venidero, el justo – tzadik – consuma las nupcias”. Nos es difícil entenderlo, porque seguimos vivos. Nuestra experiencia de la muerte, es únicamente vivida en el otro. En recuerdo de ese fuego, el del conocimiento, se encienden fogatas en Lag Baomer hoy día. No gozamos del saber esotérico, sólo nos conformamos con la ambientación simbólica de lo vivido en el pasado. Rescatamos lo que nos resulta más accesible. Lo que tenemos en la memoria.

La alegría de la hilulá después de tantos años, festeja esa boda mística del grande Rabí Shimón Bar Yojai para que gocemos como si fueran manjares de los mendrugos del conocimiento que podemos conquistar, imitando ese fuego. Así incorporamos algo en nosotros de su esencia. Intentamos conservar aquello cuya muerte padecemos, para darle significado a la vida. Así la hacemos llevadera, ya que de otra manera, no podríamos seguir viviendo.

Por dentro el dolor por la muerte; por fuera, la alegría y el fuego, como elaboración del duelo, uniendo los sentimientos opuestos. Hilulá une así en un solo término, significados opuestos a primera vista: el recuerdo por la muerte, la conmemoración por la boda con la Divinidad, la fiesta del conocimiento.

En Iom Hazicarón, cuando la tierra no ha secado la sangre derramada por nuestra independencia, escribo, mientras ni siquiera el viento frío de la noche de Ierushalaim, puede enjugar la lágrima cuando intentamos incorporar a nosotros la santidad del sacrificio. No hay ni puede haber elaboración del duelo por los 20.906 caídos por nuestra independencia. No puede haber alegría. Sólo dolor. Profundo. Mudo. Desgarrante. Frío. Intimo. Personal. Exclusivo.

Mañana a la noche, en una transición de relámpago, Iom Haatzmaut. Con luces y con fuego. Pero, este año al menos, sin alegría plena.

Rab. Yerahmiel Barylka

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