Januca sin Sincretismos

Festividades judías: Janucá

Rabino Yerahmiel Barylka

En estos días de globalización, de materialismo mundial y uniforme, de terrorismo, pánico y muertes también globalizados, la luz de Janucá, la Fiesta de las Luminarias, nos invita a la reflexión acerca de cómo mantener lo nuestro con autenticidad y cómo elevar su mensaje espiritual. 

El judaísmo ha realizado grandes esfuerzos durante su existencia para evitar, en lo posible, la incursión en su seno de pensamientos ajenos y más aún de actitudes religiosas reñidas con su espíritu.

Los judíos no siempre siguieron esos principios. Por su ignorancia o por su pasividad fueron más de una vez débiles en defender la autenticidad de lo propio.

Hay credos que basaron su expansión en el sincretismo que lograron entre las doctrinas y los cultos de quienes quisieron dominar y el “nuevo”, es decir, el suyo propio, el que consideraban único y excluyente, pese a incluir en él las del otro.

Finalmente impusieron su lealtad por la fuerza de las espadas y, cuándo no, a un precio humano muy alto. Los habitantes originales de todo el continente americano pueden dar fe de los métodos que usaron los conquistadores para llevarlos a su convicción y su ritual. Muchas son las iglesias construidas sobre pirámides a las que concurren fervorosos feligreses en días festivos sin saber todavía, varios siglos después de la dominación, a qué divinidad sirven.

En el período de la mundialización globalizadora, el sincretismo tiene otras características. Más sofisticadas. Más disimuladas. Igualmente violentas, pero de una intensidad distinta. Es un sincretismo cultural, que sucede al comercial, del cual Janucá-Navidad-Año Nuevo es un ejemplo especial. No es necesario ser fundamentalista para rechazar los intentos hegemónicos de los que gozan de otra superioridad: la que les permite el uso inagotable de sus bienes económicos para dispersar sus mensajes abiertos o encubiertos. Es suficiente saber identificarse con uno mismo y conocer lo propio, tanto en esencia como en presentación, para no confundirse frente a manifestaciones del otro. Hace falta un poco de firmeza para cerrar las puertas a la invasión publicitaria que para vender los productos de fin de temporada, los disfraza como regalos de Navidad o de Janucá con los mismos estribillos y casi la misma simbología. Las ventas estimulan el sincretismo al convertirse en la nueva religión de nuestro tiempo.

Este año, Janucá finalizará antes del inicio de Navidad. Eso permite un recreo que probablemente entorpezca en algo la difícil convivencia del árbol con la janukiá, que de cohabitar dulcemente en los ahora desiertos aeropuertos de las grandes ciudades de los Estados Unidos, ocuparon juntos las mesas de más de un hogar y de alguna que otra escuela con alumnos de diversos credos.

EL DESATINO TOTAL

¿Queda claro que unir los elementos de dos festividades que conmemoran acciones distintas generadas por experiencias distintas para grupos distintos es un desatino? Sí. Es un desatino total y, además, una contradicción absoluta.

En el devenir de la historia humana compiten dos fuerzas: la material y la espiritual. Su enfrentamiento dinámico y dialéctico creó la historia. Las guerras, la economía, la invasión de naciones, la agresión y el poder son algunas de las aristas de la fuerza material. La espiritual se encuentra en la cultura, el arte, la ciencia, la fe.

El judaísmo apostó a la victoria de las fuerzas del espíritu que en definitiva, pese a retrocesos dolorosos, terminan triunfando.

Israel renunció ser imperio e imperialista, y nunca se propuso la conquista de otras naciones. Eso no significa que hayamos intentado ser una nación de penitentes, ni de abstemios.

En casi todas las festividades encontramos el dualismo espiritual y material, terrenal y celestial. Pesaj es fiesta de primavera y de libertad, en ella festejamos el milagroso éxodo. Shavuot es fiesta de la cosecha, pero recordamos prioritariamente la entrega de la Ley. Sucot es la de la recolección, y en ella rememoramos nuestra residencia en frágiles cabañas de nubes al dirigirnos a nuestra tierra. Y en Janucá, conmemoramos el triunfo militar sobre los paganos y el milagro del jarrito del aceite. Los elementos terrenales, sin duda muy importantes, no hubieran bastado por sí mismos para garantizar la continuidad de nuestro pueblo, después de haber perdido la soberanía sobre su tierra, la Tierra de Israel.

Si pudimos reconquistar nuestra soberanía, fue casualmente por habernos aferrado a la pequeña e insignificante jarrita de aceite, símbolo de la espiritualidad, de nuestra ética, de nuestros principios. Su pequeña luz, tan tenue y débil, tan humilde y frágil, no pudo ser extinguida en las hogueras de la Edad Media, porque no sólo recordaba una gesta militar, sino mucho más que ello.

La gesta de los macabeos tampoco hubiera sido triunfante si no hubiera ido de la mano de la luz de la moral, de los principios, de los valores, de nuestra ley y de la adopción de una conducta basada en sus normas. El triunfo fue de la justicia de una causa, de la verdad de una convicción, y del sentimiento de probidad. En esos elementos se obtuvo la fibra para derrotar a más numerosos y fuertes. Cuando pensamos que “ellos con sus espadas y con sus cabalgaduras y nosotros en el Nombre de D’s”, tomamos ventaja, porque tenemos como aliada la fuerza de la fe.

La pequeña flama del jarrito de aceite, nos transporta a creer, en la “nueva luz que iluminará a Sión, para que pronto podamos gozar de su esplendor”. Es nuestra esperanza. Aun en días y jornadas aciagas de lucha y derramamiento de sangre. Particularmente, cuando nuevos modelos de oscurantismo hacen todo lo imaginable y lo inimaginable para retrotraernos a la oscuridad de las cavernas, en estos momentos es cuando debemos encender la luz de la janukiá, y quitar de su alrededor todo lo que pueda hacerle sombra.

Rab. Yerahmiel Barylka

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