Janucá, Helenizantes de antaño y del presente

Janucá prueba que los negadores de la identidad fracasaron
Rabino Yerahmiel Barylka
Incontables historiadores se preguntaron por qué Antíoco Epifanes decretó sus normas contra el judaísmo, si los helenistas creían en la multiplicidad de divinidades y credos y hasta entonces, habían permitido que los judíos siguieran sus tradiciones. También se preguntan por qué Antíoco Epifanio, que no aplicó ese tipo de decretos contra otras naciones bajo su dominio, sí lo hiciera contra el pueblo judío. Hay algunos que creen que los inspiradores de la polis y los nuevos decretos, fueron los mismos judíos de la aristocracia cercana al poder y a los grupos económicos dominantes, que aspiraban someter a su propio pueblo. Ellos tenían la intención de lograr transformar el judaísmo y adaptarlo a las costumbres que habían adoptado, de facto, en su vida personal. Se habían enamorado de la posibilidad de ser como el Otro, de ser aceptados por el poder dominante, de integrarse a la corriente de moda. Ello les ayudaba a dominar a las instituciones y a lucrar. Según esos historiadores, la iniciativa del gobernante, no había venido de afuera sino desde dentro de las filas de nuestro pueblo. A mí me resultaba difícil aceptar esa opinión. 
Recordemos que cuando Antíoco IV subió al poder, intentó adherir a los judíos al pensamiento helénico y a su culto. En el Templo de Jerusalén, fue elegido un nuevo sumo sacerdote quien prometió la divulgación de esa cultura. Jerusalén fue declarada polis con autonomía, que le permitía dirigir los asuntos municipales e incluso sus relaciones exteriores. La autoridad de los sabios y escribas fue eliminada, anulándose su poder de decretar normas que rijan para la comunidad. La aristocracia de Judea, y las familias relacionadas con el poder, estaban felices. Obtenían pingües ganancias de su cercanía al gobierno y se integraron a la corriente imperante. Antíoco prohibió el ejercicio de las normas religiosas judías, ordenándoles vivir como helénicos. Sus decretos abarcaban tanto la vida privada como la nacional de los judíos. Y así leemos en I Macabeos, 1: 41 y siguientes, que “El rey publicó un edicto en todo su reino, ordenando que todos formaran un único pueblo y que cada uno abandonara sus peculiares costumbres. Los gentiles acataron el edicto real y muchos israelitas aceptaron su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el Shabat… Debían suprimir en el Santuario holocaustos, sacrificios y libaciones; profanar sábados y fiestas; mancillar el santuario y lo santo; levantar altares, recintos sagrados y templos idolátricos; sacrificar puercos y animales impuros; dejar a sus hijos incircuncisos; volver abominables sus almas con toda clase de impurezas y profanaciones, de modo que olvidasen la Ley y cambiasen todas sus costumbres” . Pero, “muchos en Israel se mantuvieron firmes y se resistieron a comer cosa impura. Prefirieron morir antes que contaminarse con aquella comida y profanar la alianza santa; y murieron”. Muchos judíos que no cumplieron con las nuevas disposiciones fueron asesinados. Cuando los funcionarios del rey llegaron a Modín, y erigieron allí un altar pagano, exigieron que Matitiahu el hasmoneo presente una ofrenda pero, según I Macabeos 2: 19 “Matitiahu contestó con fuerte voz: «Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, mis hijos, mis hermanos y yo, nos mantendremos en la alianza de nuestros padres.
El Cielo nos guarde de abandonar la Ley y los preceptos. No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda”. El resto de la historia es más que conocido: El pueblo siguió a Matitiahau y a sus cinco hijos en la revuelta contra el régimen. Fue Iehudá quien condujo al pueblo y después de derrotar a los comandantes enviados para acabar con la rebelión, consiguió que los decretos fueran anulados. Pero, el Templo siguió dominado por los helénicos y permaneció impuro, por lo que no tuvo más remedio que sitiar a Jerusalén y después de dominarla, se dirigió al Monte del Templo para renovar el servicio de las ofrendas que se acostumbraba. A los tres años de los decretos: “…ofrecieron sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían construido un sacrificio conforme a la Ley y fue inaugurado el altar, con cánticos, cítaras, liras y címbalos, en el mismo tiempo y el mismo día en que los gentiles la habían profanado…. Durante ocho días celebraron la dedicación del altar y ofrecieron con alegría holocaustos y el sacrificio de comunión y acción de gracias… Hubo grandísima alegría en el pueblo, y el ultraje inferido por los gentiles quedó borrado. Iehudá, de acuerdo con sus hermanos y con toda la asamblea de Israel, decidió que cada año, a su debido tiempo y durante ocho días a contar del veinticinco del mes de Kislev, se celebrara con alborozo y regocijo el aniversario de la dedicación del altar.” (I Macabeos 4: 52-59).
El Talmud en Shabat 21b, nos relata el milagro del aceite que simboliza hasta nuestros días esta gesta histórica y que nos permite darle el colorido tan especial a la festividad de Janucá. El milagro de la vasija del aceite que alcanzó para arder el tiempo suficiente hasta que se pudo preparar aceite nuevo, da sentido a la lucha contra el invasor, que se realizó para hacer un espacio a la espiritualidad. La conmemoración a través del encendido de las velas, nos recuerda que la batalla no fue un objetivo en sí. Fue un medio para salvar la continuidad de la vida judía, amenazada por propios y por ajenos, unidos en su objetivo de dominación ideológica y económica. 
Hace apenas pocas semanas atrás, en una visita que hiciera a algunas ciudades latinoamericanas, comencé a creer que la hipótesis manejada acerca de la predisposición activa para incorporar elementos ajenos a la cultura propia, llegando incluso a preparar el terreno para que extraños lo hagan por la fuerza, no era tan imposible como me pareciera en un principio. 
Hasta hace poco, me parecía imposible concebir que fueran los judíos o algunos de sus líderes civiles o religiosos, quienes se apuren a renunciar a los principios clásicos del judaísmo, así sea esbozando racionalizaciones intelectuales del tipo que fuera. 
Pero en una de las ciudades que visitara recientemente, una señora muy involucrada en su comunidad, que durante 33 años condujo una de sus actividades educativas centrales, me preguntó si comía casher. Ante mi sorpresa por la pregunta que nunca antes me habían hecho, ni siquiera personas, que como ella, me veían por vez primera, dado que la respuesta sería más que obvia, me comentó que en su medio, sólo algunos de los líderes religiosos representativos, comen exclusivamente comida casher. La mujer me dijo que sus discípulos entienden que el judaísmo, permite comer en cualquier lugar, cualquier alimento. Le resultaba difícil explicarles, que los judíos tenían prohibido ingerir carne de cerdo. La mayoría de su comunidad no conocía la norma. No fue educada en ella. No veía ejemplos de su aplicación. De pronto me acordé que, hace unos años un líder espiritual de otra ciudad, me había dicho en forma categórica que en su comunidad, todas las normas del judaísmo que se oponen a la “modernidad” habían sido abolidas por él y carecían de toda validez. Ya no era necesario, me dijo, recurrir al Shulján Aruj ni a la Responsa para resolver los problemas jurídico-religiosos de sus seguidores. Eso era antes – dijo- ahora, cada regla pasaba por el cedazo de la modernidad y de las normas aceptadas por el mundo circundante. En su comunidad no había más mamzerim, no eran necesarios los divorcios religiosos, no existía la institución del levirato, las conversiones se realizaban según la voluntad de los candidatos sin muchos trámites, no se respetaban las normas de la pureza familiar, y no se pedía siquiera a las novias que se sumerjan en las aguas rituales.
En nombre de helenizaciones menos sofisticadas y sin ninguna base filosófica, se borraban de un plumazo varias de las medidas que en la época de los macabeos habían justificado salir a luchar y a dar la vida por una forma de vida judía. 
Algo raro existe en nuestro pueblo, que Janucá intenta corregir, al recordarse su epopeya. 
Si recorriéramos cuidadosamente la historia de los macabeos, podríamos renovar el mensaje, tan simple, que nos dice que tengamos cuidado y no nos entreguemos a los vientos de las culturas de los pueblos que nos rodean perdiendo nuestra personalidad. Ello significa nuestro fin. 
Las luces de Janucá parecieran ser un alerta para detenerles en su camino de auto-negación. Janucá nos invita a reforzar aquellos elementos de la identidad que ya hace más de dos mil años quisieron borrar los asimilacionistas de adentro y de afuera.
Quisiera seguir creyendo que Antíoco Epifanio encontró inspiración para destruir la continuidad judía en otra parte y no en las filas de nuestro propio pueblo.
Janucá nos dice que los negadores de nuestra identidad fracasaron antes, si bien hubo que pagar un precio muy alto por ese fracaso. Fracasarán también ahora. Las velas que encenderemos son una garantía de nuestra continuidad. 
Jag haurim sameaj.
Rab. Yerahmiel Barylka

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