Janucá: Fiesta de alegría, para celebración de lo nuestro

Janucá 
Rabino Yerahmiel Barylka
Puede ser triste ver un hogar judío en el que se colocan juntos la “janukiá” – candelabro de ocho velas – y un árbol de Navidad. Por otro lado, puede ser conmovedor que el director de una escuela no judía decida hacer lo propio en el patio de recreos, para manifestar pluralismo y tolerancia. En ambos casos, sin embargo, se trata de un error educativo, y de una pérdida.
En muchos países la cercanía de Janucá se percibe simultáneamente con los anuncios y las pegajosas canciones comerciales de la Navidad. En algunas naciones, incluso, hogares judíos se engalanan con el arbolito típico colocado relativamente cerca del candelabro festivo.
En tiempos de globalización y de pérdida de los límites nacionales y culturales no debe llamar la atención la búsqueda de sincretismo que consciente o inconscientemente motiva a los publicistas a acercar dos fechas que entre sí no tienen nada que ver y dos tradiciones que no poseen la misma fuente ni se relacionan entre síen ningún elemento.
Es comprensible que quieran aprovechar el mercado comercial potencializando sinérgicamente conmemoraciones distintas. Seguramente así mejoran sus ventas y sus adornos, tan desgastados, pueden servir por el mismo precio para dos mercados que son uno: el de los avizorados consumidores de bienes perecederos o imperecederos que aun en épocas de mucha depresión consiguen aprisionar más productos cerca de fechas cúspide. También entre los más desaventajados y desposeídos.
No es nuestra intención hablar hoy de compras ni de ventas, de mercados ni de publicidad, sino exclusivamente de la contradicción que se produce al mezclar los símbolos de dos festividades antes nombradas que pertenecen a dos filosofías diferentes y de los peligros educativos inherentes de ese modelo de actitud. Podría agregar el ridículo que hacen judíos al levantar las copas de sidra o comer 12 uvas coincidentemente con el inicio de la acción del año nuevo gregoriano, pero, cuando de cuestiones gastronómicas o de bebidas se trata, ¿quién puede ser el valiente en salir contra la corriente?
En aquellas escuelas donde la población es minoritariamente judía, las autoridades pueden creer que la colocaciףn de un candelabro junto al árbol de Navidad es un acto digno que subraya el pluralismo y la igualdad de credos, pero, ello es un error. Janucá es el arquetipo festivo del anti-sincretismo, es el resultado de una lucha denodada contra todos los elementos de influencia pertenecientes a otras culturas, para disolver las peculiaridades de la fe y del cumplimiento de los preceptos estrictamente judíos.
Los macabeos no sólo lucharon contra Antíoco Epifaneo sino también contra sus propios hermanos “encantados” por los avances estéticos y prácticos de la cultura helenizante.
Ellos pedían libertad para ser judíos y no ventajas económicas, luchaban por la independencia también en el plano cultural.
Durante la historia, paradojalmente, la manera elegida para la conmemoración de la gesta macabea igualó en importancia al hecho histórico que la motivara. No se resaltan los triunfos militares sino el “milagro del aceite”, es decir, la memoria histórica hacia el fenómeno espiritual y cultural, aquel que nos permitió que sigamos existiendo como pueblo en todas las condiciones. Si algún mensaje quiso traernos la forma como recordamos Janucá, es la necesidad de repudiar todo sincretismo con culturas dominantes.
Hoy el mundo cristiano se ha convertido en gigantesca mayoría numérica en todos o casi todos los países en los que hay población judía y su fuerza cultural invade todos los espacios, provocando una mayor necesidad por obtener distinción y posibilidades de pensar en forma distinta. Nadie obliga a pensar no judíamente a los judíos, pero, la masiva injerencia de un mensaje cultural apabullante anula las posibilidades de distinción. En circunstancias como estas es menester no agregar elementos sincréticos que destiñan los límites, porque las minorías no pueden darse el lujo de ser absorbidos por las mayorías. A todos les cabe el mismo derecho de individualidad y distinción.
Janucá es fiesta alegre, bendecimos las luminarias y las exponemos, se juega con los niños, se les agasaja con regalos, se les enseña a ser independientes y libres. Se los educa. La misma palabra Janucá significa consagración al mismo tiempo que educación. En la educación se debe renovar y adecuar. Se debe acercar a las raíces. Se debe alimentar de la propia savia.
Cuando el Talmud en Shabat 21B dice que “la luz de Janucá debe ser colocada de lado exterior de la puerta del hogar, pero en caso de peligro es suficiente sobre la mesa”, nos invita a evaluar en qué época vivimos. Cuando hay peligro de pérdidas culturales, se debe reforzar la mesa, la casa, el hogar, y no pretender salir a iluminar a otros. En ese caso, también, se debe dejar sobre la mesa sólo el candelabro, otras luces y otros adornos, evitan la educación, impiden la consagración.
Han pasado los peligros físicos de la noche de San Silvestre que tantas veces, con la ayuda de la bebida, provocaron daños y muerte en los hogares judíos. No han pasado los peligros espirituales.
El 25 de kislev es día que inicia otros 8 de reforzamiento de la propia identidad. En Janucá cada año debemos reaprender que nuestra subsistencia depende únicamente de la adherencia a nuestro propio estilo de vida, a nuestra fe, a nuestro idioma, a nuestras costumbres, a nuestro pensamiento.

Rab. Yerahmiel Barylka
13/12/2006

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